“Derrumbe” de Ricardo Menéndez Salmón: el horror, el horror…

[ESTE POST FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN MI ANTERIOR BLOG EL 29 DE OCTUBRE DE 2008]

‘Derrumbe’ de Ricardo Menéndez Salmón

Tuve la primera referencia de Ricardo Menéndez Salmón en un artículo de prensa a principios de este año y no conocía su obra hasta hace unos pocos meses. Por acumulación de lecturas pendientes, por simple adormecimiento de mis antenas receptivas, no leí en su día La ofensa, que supuso la consagración de Menéndez Salmón a nivel nacional. Como señala Rafael Conte en su reseña de Derrumbe, los comienzos de RMS, algo confinado en círculos regionales asturianos, fueron laboriosos y no era muy conocido a pesar de haber publicado ya en aquel momento media docena de libros. En junio adquirí su novela Derrumbe y tuve un breve encuentro con él en la Feria del Libro, experiencia que acabo de repetir tras su intervención en el Hay Festival de Segovia el mes pasado. Me interesó su propuesta narrativa y su actividad editorial, además de los aspectos comunes de nuestra formación y cierta preferencia por la cultura centroeuropea, concretamente alemana, lo que no significa, en ninguno de los dos casos, que seamos simplemente “germanófilos”. El verano lleno de lecturas atrasadas y el trabajo en mi propia novela han retrasado hasta ahora que dedique un merecido post a Derrumbe, cosa que hago ahora, una vez leídas ambas novelas. Cumplo con mi promesa con el mayor de los placeres, porque Derrumbe me parece una novela notable, un texto literariamente valioso y una obra de arte con vocación de pervivencia. Ya se han publicado muchas reseñas del libro en todos los suplementos culturales y también en la blogosfera, por lo que no voy a repetir lo que ya se ha comentado acerca del lenguaje cinematográfico del relato, la utilización de escenas breves que proporcionan una serie de instantáneas al lector, el uso de frases cortas y descripciones impactantes, las diferencias entre las tres partes de la novela, etc. Lo que me interesa aquí es, sobre todo, el planteamiento global de la novela, el análisis del tema que nos propone el texto, el modo en que dicho texto lo resuelve y las reflexiones a las que me ha inducido, personalmente como ser humano y también como escritor interesado en algunos temas similares, aunque también en otros bastante diferentes.

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El Mal (y el mal)

Se ha señalado en otras reseñas que el tema del libro es el Mal (en la pág. 34 el propio RMS emplea el término Mal con mayúscula haciendo referencia, en mi opinión, tanto a la categoría moral como a la ontológica. Yo añado que la novela también trata del mal, sin categoría moral sobrevenida, como aquello que está mal hecho, mal constituido, mal conformado). Más tarde analizaré con más detenimiento esta dicotomía. Pero además, la novela, dentro de su brevedad, dentro de su concentración, pretende trazar un inventario de “l’état des choses”, de la situación actual de nuestra sociedad, de nuestra civilización, en la que el Mal (y el mal) es protagonista indiscutible. Al mismo tiempo, otra gran línea temática que recorre la novela sería la investigación dubitativa acerca de la naturaleza humana, tratando de responder a la pregunta de si ese Mal es un elemento constituyente de la misma o no. La novela no emite respuestas definitivas (¿cómo podría?) pero de ella se desprende un estado anímico de profundo pesimismo que sugiere que el Mal es, efectiva y desgraciadamente, un elemento fundamental de la naturaleza humana. Por otro lado, como acabo de señalar, la novela también trata del mal con minúscula, es decir, del mundo, la sociedad, como aquello que está, definitivamente, mal hecho, o contrahecho de modo que sea capaz incluso, probablemente, de deformar lo bueno que existe dentro de los seres humanos (este interesante aspecto no se encuentra de modo evidente en Derrumbe, pero sí me parece central en La ofensa, dadas las reacciones extremas, corporeizadas y somatizadas, y el destino final de Kurt, su protagonista. Como veremos, esta característica apunta a una de las influencias literarias de RMS: Joseph Conrad). Esta investigación sobre el Mal se desarrolla no de un modo general, en forma de gran fresco humano, con muchos personajes, sino en el retrato preciso (los contornos de este retrato me recuerdan a un daguerrotipo en intenso claroscuro en blanco y negro) de unos pocos personajes: Mortenblau, Manila y Mara, de un lado, y Menezes, Valdivia y Vera, del otro. Se trata de dos triángulos complementarios formados por personajes que giran imperceptiblemente alrededor del mismo complejo de preguntas sin posible respuesta, dos hombres y una mujer, en los que los hombres constituyen teóricamente los polos del Mal y del Bien, y la mujer oscila entre ambos. En un caso, nos encontramos ante un personaje de Esposa y en el otro de Hija, lo que introduce un matiz que necesitaría un análisis más profundo. Pero el texto nos proporciona muchos ejemplos de que la asignación del Mal y del Bien puede ser, al menos, mucho menos invariable de lo que pueda parecer, ya que Manila también recibe (pág. 38 y 45), aunque en un principio sólo sea simbólicamente, rasgos malignos que anuncian el contradictorio final de la novela. Para todo ello, RMS utiliza en toda su extensión su estilo, la poderosa herramienta de su escritura, para hacer que todo el contenido temático y filosófico de sus novelas llegue hasta nosotros con toda su fuerza sismológica intacta. Esta conjunción de temática “verdadera” y gran estilo es lo que distingue a un escritor con verdadero talento como RMS.

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Pasajes de ‘Derrumbe’

El terror (y el horror)

Otro aspecto, no ya filosófico como los anteriores, sino emocional, humano en un sentido elemental, es la capacidad que posee el Mal para generar miedo, terror. Desde la cita liminar de Dostoievski: “El terror es la maldición del hombre” es obvio que el tema de la novela es, como se ha señalado ya, el Mal en sí, pero también el terror, el Mal como generador de terror, diría yo. Este aspecto tiene su expresión cabal, por ejemplo, en los personajes de Manila y Mara con respecto a Mortenblau, y del mismo Mortenblau con respecto a la figura del “león” fantasmal que le persigue y que sería la personificación del Mal primario, procedente del exterior, casi impuesto también a Mortenblau como categoría ontológica. Así, en la constelación del Mal que genera un terror ineludible en los seres humanos tenemos diferentes niveles que parecen recorrer la novela en líneas de fuerza que parten de ese Mal como un ser independiente. El terror funciona también como una estrategia narrativa en la novela, pues Mortenblau personificará más tarde el miedo que siente Manila de perder a su esposa (pág. 24) y la propia Mara siente miedo del desconocido que terminará por atraerla irresistiblemente (pág. 28 y 53-55). Como una infección, el desarrollo de la novela nos muestra cómo el Mal, con mayúsculas, va extendiéndose como una pandemia por el mundo, acrecentando su imperfección (Valdivia, Menezes y Vera, al igual que entidades que teóricamente deberían estar por encima de él, como la policía, participan así mismo del Mal en diferentes grados, pero ninguno se verá libre de su ataque certero). Es aquí donde se evidencia un punto de vista similar a otras influencias literarias que se han mencionado: Dostoievski, sugerido por el propio autor, y el Conrad de El corazón de las tinieblas (o Corazón de oscuridad, como quizás debería haberse traducido, según señala muy acertadamente Dámaso López García en su edición publicada en Valdemar). En efecto, el corazón humano, parece decirnos RMS, apoyándose en los grandes maestros, es un corazón de oscuridad, de profundas tinieblas. En él reinan, a la vez, el Mal y el horror.

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La sociedad nihilista

En Derrumbe se nos describe un mundo en el que el Mal se ha extendido y ha generado una sociedad cada vez más nihilista, en la que los únicos valores seguros son el dinero y el hiperconsumo, que han generado una civilización que ya se ha convertido en un simulacro de sí misma, en la que la realidad ha sido sustituida por un parque temático que, paradójicamente, habría conseguido ahora la categoría prevaleciente que correspondería a la idea según la teoría idealista clásica de Platón. Como ya hemos descrito, el Mal actúa como una idea platónica a la que se le otorga una categoría de realidad mayor que la de los seres y cosas malignos (véase el pasaje de las pág. 72-74 sobre el parque temático, su categoría de simulacro que, paradójicamente, está sustituyendo ya a la propia realidad; más tarde, también encontramos estas ideas en la pág. 170, aunque en su vertiente nominalista, por así decir, enfatizando el problema del lenguaje: “hoy el discurso crea la realidad” y “la realidad es la sombra de la palabra, no a la inversa”). Toda esta constelación apunta a la conclusión de que ya vivimos en el “fin de los tiempos”, envueltos en una melancolía crepuscular que puede engendrar, no obstante, exabruptos de violencia inaudita. Este parece ser el caldo de cultivo en el que surgen los Arrancadores, dirigidos por el liderazgo intelectual de Menezes, mensajero extraño de un nihilismo catastrófico. Este nihilismo, que podríamos llamar postcapitalista, aparece con fuerza en muchas obras de arte actuales. Hace un tiempo, escribí en este mismo blog [me refiería a mi anterior blog; esta entrada no está disponible todavía] que el personaje del último Joker en El caballero oscuro, interpretado por Heath Ledger, “resulta especialmente aterrador por su nihilismo, porque es un villano que avanza un paso más en la falta de sentido, en el absurdo radical, en la tendencia maníaca a la destrucción, o en lenguaje psicoanalítico, hacia la pulsión de muerte, hacia el tánatos”. Una de las formas modernas de esta figura de oscuras pulsiones autodestructivas sería el terrorista suicida, que ha sido ahora adoptado sobre todo por los islamistas. Pero tenemos la misma constelación en los cientos de personas que matan suicidándose o que matan y después se suicidan, como los maltratadores y los autores de las masacres en institutos, universidades o centros de trabajo. En puridad, esto no es nuevo, pues sus precursores son los kamikazes japoneses de la Segunda Guerra Mundial y esta clase de pulsión de muerte sin sentido ha existido siempre, pero lo que a los occidentales opulentos actuales, sobre todo no acostumbrados a ver la muerte de cerca, nos asusta es su extensión y su aparición imprevisible. Este es precisamente el germen del terror o del horror (citando ahora al Kurtz agonizante de Conrad que lanza una mirada alucinada y, al mismo tiempo, omnisciente sobre la humanidad). Aparte de esta inspiración basada en la sociedad real, la novela toma numerosas influencias y se inspira en precursores artísticos mayores. Para mí, uno de los más característicos, y que no se han mencionado, sería el personaje de Alex Delarge, creado por Stanley Kubrick y Anthony Burgess en La naranja mecánica, que anticipa la ultraviolencia gratuita y sin sentido en personajes inteligentes, depravados y cultos, como es precisamente Mortenblau, figura de esteta exquisito dentro de la mente de un asesino. Tenemos ejemplos más modernos que se han citado en otras reseñas (véase la de Vicente Luis Mora en Diario de lecturas), como el Anton Chigurh de No es país para viejos que, de forma característica, fue creado por Cormac McCarthy, uno de los herederos más ilustres de Faulkner, y después llevado al cine por los hermanos Cohen, y también el personaje de Hannibal Lecter de El silencio de los corderos de Jonathan Demme y sus secuelas. No obstante, el modelo de Kubrick me parece el precursor de todos los personajes de filiación nihilista que han surgido más tarde y que tienen poco que ver con los terroristas de inspiración nacionalista o religiosa.

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La filosofía ante el Mal

Ante este estado de cosas, ¿qué puede hacer la filosofía? En Derrumbe, RMS (de formación filosófica) se plantea este problema desde el principio, siguiendo la estela de sus obras anteriores, y su respuesta no puede ser más desconsoladora: el texto va destilando la certeza de que la filosofía ya no es capaz de proporcionar ningún consuelo al hombre inmerso en las contradicciones de la sociedad hipercapitalista y tecnológica actual. Es más, creo que todo en la obra de RMS parece indicar que tampoco nos ofrece ya ninguna explicación realmente válida de la voluntad humana de hacer el Mal y de la omnipresencia de la violencia y el mal en el mundo. Además, en estrecha relación con esta función de la filosofía, RMS incide poderosamente en otro tema filosófico muy debatido en el oscuro siglo XX: ¿Puede la filosofía, la cultura, es decir la educación, mejorar el espíritu humano y reducir la violencia? Las respuestas y experiencias del siglo XX parecen ir en contra de esta posibilidad: el siglo de dos Guerras Mundiales terribles, con el nazismo, el Holocausto, el Gulag, los genocidios en Ruanda y Bosnia ha desembocado en un principio de siglo XXI sin valores claros ni un objetivo de progreso cierto hacia el que dirigirnos más allá de la pura dialéctica interna de la tecnología (esta línea ideológica parece sugerirla el propio RMS en diversos artículos, como el dedicado a “Vientos amargos” que comenté en mi anterior blog). RMS parece dar la razón en su obra a la visión pesimista de Horkheimer y Adorno en Dialéctica de la ilustración. La razón ilustrada, pervertida por las relaciones de poder y su destrucción de la diferencia creativa ha creado definitivamente su contrario, generando la barbarie paradójica del nazismo. Es característico que aquella teoría surgiera inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, pero también resulta sorprendente que su pesimismo pueda aplicarse sin apenas cambios al principio del nuevo milenio. Erigidos sobre las cenizas y ante las evidencias de que un pueblo tan culto como el alemán había podido generar dentro de sí la barbarie increíble del nazismo, Horkheimer y Adorno no podían sino constatar que los ideales de la Ilustración no se habían cumplido: la educación no bastaba para erradicar el mal, es más, la exquisita educación, la inteligencia superior sólo servían para agravar la barbarie y hacerla más sofisticada hasta extremos hasta entonces desconocidos. RMS nos ofrece abundantes referencias a esta inutilidad de la filosofía y la educación para alejar a los seres humanos del Mal ontológico. Su mención (pág. 77-78) de La condición humana, como lectura emblemática de los Arrancadores, parece apuntar así más a Hannah Arendt y a su teoría acerca de la “banalidad del mal” que tan brillantemente desarrolló en Eichmann en Jerusalén. Mortenblau también ejerce el mal banalmente, enlazándolo sin solución de continuidad con actos tan naturales como comer, fornicar o defecar. Así, el ejemplo vivo de la inutilidad de la filosofía y la cultura para evitar el mal es el mismo Mortenblau, que lee a Montaigne, Huysmans y Kafka (pág. 45-46) sin poder evitar la victoria final de sus impulsos asesinos. En el otro polo, Manila cree, con la misma resignación y reconocimiento de su derrota, en la Ilustración, Kant, Rousseau, Hubble, en los avances tecnológicos (pág. 47-48) y en Hobbes (“El día que vine al mundo, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo”, pág. 43). Ante la inutilidad de la filosofía y la cultura, la conclusión no puede ser más sombría.

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La destrucción de la civilización

Por esta razón, todo apunta al derrumbe que anuncia su título y parece vaticinar la decadencia, la destrucción colosal y estrepitosa de una civilización entera, pero no ya por la inconsistencia o incapacidad de sus instituciones y sistemas políticos o económicos (de rabiosa actualidad en estos momentos y que se demuestra por el desencanto ante la verdadera capacidad de las democracias modernas), sino esencialmente porque el ser humano, de modo intrínseco, es incapaz de construir nada mejor, es malo por naturaleza, tiene el Mal incardinado como un demonio en su carne, de ahí su cita liminar. En la segunda parte, al describir el atentado megalómano de los Arrancadores a Corporama, RMS da rienda suelta a esa visión catastrófica de un fin del mundo posible, provocado por el Mal omnipresente y por su capacidad para haber generado una realidad que es una ilusión, un simulacro de sí misma.

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Arte de la elipsis

Tras este análisis de contenido, no quisiera terminar mi lectura de Derrumbe sin mencionar dos principios narrativos que destacan especialmente en la estructura de la novela. El primer principio es la utilización magistral de la elipsis que se evidencia sobre todo en las últimas páginas de la primera parte (pag. 60-66). Esta estrategia permite que RMS mantenga la tensión narrativa al mismo tiempo que se concentra en los episodios centrales, eliminando todo contenido superfluo y permitiéndole narrar también con lo que no dice. Se trata de un arte que pocos escritores dominan, obsesionados quizás con tratar de decirlo todo, lo que les parece implicar la acumulación de texto. El mérito de RMS se evidencia en que dice todo lo que tiene que decir con el menor número posible de palabras, al mismo tiempo que incrementa el efecto de las palabras que sí dice en el lector. RMS es un autor de aliento clásico en su estilo, pero que utiliza con habilidad el fragmento característico de las narrativas mutantes postmodernas. Creo que no se trata de ninguna contradicción, ya que el uso de fragmentos resulta paradigmático en autores tan clásicos como Borges o Rulfo, por ejemplo, y también es magistral en un autor tan importante, aunque ahora algo más olvidado, como Cortázar. Resulta sorprendente que algunas reseñas pongan esta estrategia narrativa y la fragmentación de los episodios en el debe del autor. En mi opinión, como acabo de explicar, se trata de todo lo contrario y es uno de los aciertos de la primera parte de la novela.

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El final circular

Por último, el segundo rasgo estilítico destacado es el final circular, al que RMS tiene un apego especial, puesto que ya lo ha utilizado en novelas anteriores. Para mí es especialmente significativo que las mismas palabras que se han utilizado para describir el primer asesinato de Mortenblau sirvan al final para relatar su muerte a manos de Manila. Una posible interpretación sería que el Mal está tan omnipresente que el policía, representante teórico de la justicia, también se deja seducir por la violencia en sí misma como respuesta visceral y contradictoria frente al Mal. Yo creo que este sentido está implícito en cierta desesperanza de fondo que deja translucir la novela (la cultura no ofrece consuelo para el magma de pulsiones que desgarran al ser humano y a las que sucumbirá más tarde o más temprano). Pero también existe otro sentido posible que, aunque sea una contradicción en sí mismo por el uso de la violencia para reparar lo irreparable que ha cometido Mortenblau, introduzca la única solución posible a la injusticia, una especie de justicia poética en el mundo: asesinar al asesino, igual que robar al ladrón, siempre tendrá cien años de perdón. Este desenlace no es sólo un final circular que sugiere el reinicio, la circularidad del tiempo, la repetición infinita que alude a Nietzsche, sino que también implica la identificación de los dos protagonistas que cometen su primer asesinato (recordémoslo) del mismo modo y con las mismas palabras. Pero el desenlace remite de nuevo al tema del lenguaje como generador de realidad (las frases ya citadas de la pág. 170), e inversamente, al modo en que las mismas palabras pueden expresar cosas absolutamente distintas, describiendo dos hechos aparentemente idénticos, pero esencialmente diferentes e incluso antagónicos, ya que la única esperanza que parece traslucir la novela es la posibilidad de que esta última muerte sea en cierto modo la restitución del orden correcto del mundo, signo de una especie de última resurrección. Esta lectura parece refrendarla el propio autor en su comentario a la reseña que le dedicó Vicente Luis Mora en su Diario de lecturas. Con este final, RMS consigue mantener al lector preso y fascinado en el círculo de su novela. Enrique Vila-Matas expresa cabalmente la fascinación que genera en los lectores atentos la lectura de Ricardo Menéndez Salmón en un artículo que se refiere a La ofensa y Gritar: el escritor asturiano, señala, está aquejado del mal de los constructores, “el mal de los que quieren decirlo todo, el mal de los que tan alejados están de los falsos escritores.” Lo verdaderamente notable de Menéndez Salmón es que sea capaz de decir todo lo que quiere decir con tal concentración, con tal sentido de lo verdaderamente importante, con tal capacidad de síntesis.

La catástrofe climática

Hace unos días volví a ver uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción, y del cine a secas: Blade Runner de Ridley Scott. Ver esta película me proporciona un placer especial. Además de disfrutar del guion, de las imágenes, de la simbología, de las referencias a los grandes problemas y a las cuestiones abiertas sobre la existencia humana en un próximo futuro, contemplar Blade Runner con los oídos bien abiertos y ojos inocentes permite realizar un ejercicio que me gusta especialmente: cotejar grandes películas con las obras literarias que las inspiraron. La lista de films excelentes basados en grandes y, en ocasiones, no tan grandes textos literarios, es larga como la historia del siglo XX. Incluso cuando las “adaptaciones” o “recreaciones” son fallidas, el interés del análisis no decae.

En el caso de Blade Runner, la novela adaptada es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?) de Philip K. Dick.

Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

La novela está tan llena de talento como el film que permitió que muchas más personas conocieran esta historia. Merece la pena conocer la vida y obra de este escritor no tan conocido en nuestro país. Muy pocas personas reparan en que el núcleo de la película de Scott está contenido en el texto y que es la imaginación del escritor, y luego guionista, la que fecunda las imágenes del cineasta. Es importante que no lo olvidemos, pero el aspecto que me importa hoy es la visión catastrofista de un planeta Tierra consumido por los propios humanos, cuya naturaleza ha sido prácticamente destruida, en la que la tecnología trata de sustituir penosamente las deficiencias de la acción humana sobre el planeta, que nos ofrecen la novela y la película. Esto es lo que contemplamos en el ambiente distópico del Los Ángeles futurista de Blade Runner (San Francisco en la novela original). Recordamos una ciudad inmensa y caótica, inmersa en la oscuridad y una lluvia permanente que inunda literalmente todas las escenas, como esta del “retiro de Zhora”.

Muchas de las obras de ciencia-ficción comparten una visión del futuro de la humanidad en la que el planeta Tierra ha sufrido una catástrofe climática o se hayan en peligro. Es el caso de El planeta de los simios, (la novela de Pierre Boulle es de 1963 y la película de Franklin Schaffner es de 1968) y, sobre todo, los films de la saga Matrix. Todas estas obras tienen en común, en mi opinión, un aspecto vital: tratan de comunicarnos una advertencia inminente acerca de la vía que no debemos tomar y por la que, por esa obstinación tan genuinamente humana, ya circulamos desde hace muchas décadas. Algunos alegan que todas estas obras reflejan miedos ancestrales de la especie, pero creo que se trata de miedos que responden a amenazas reales, en absoluto a terrores paranoicos o histéricos. La evolución de nuestro planeta, sobre todo desde los años 70 del siglo pasado, muestra una aceleración sobrecogedora de los peligros medioambientales.

Matrix: el desierto de la realidad

Desde hace ya bastantes años, tenemos datos inequívocos de la realidad del cambio climático. Pero parece que una mayoría de personas, y sobre todo los políticos (españoles y de una mayoría de países no europeos) de casi todo el espectro ideológico, son ciegos a las consecuencias de ese cambio sobre nuestras vidas, las vidas de todos los habitantes de este planeta. Actuamos como si esa amenaza, muy real y concreta, de destrucción y cataclismos venideros, fuera una ilusión de científicos catastrofistas o una imagen sacada de una de las repetidas películas de… catástrofes, por supuesto. Unas recientes columnas de Moisés Naím (La revolución más importante y ¿Abundancia energética, precariedad ambiental?, entre otras muchas voces, por supuesto) llamaban la atención sobre las consecuencias de la nueva revolución energética que ya está en marcha. No se trata de una revolución impulsada por las personas, sino por corporaciones gigantescas. Se trata, por ejemplo, del llamado fracking, método útil para extraer energía de fuentes hasta ahora no explotadas, pero malo por las muy probables consecuencias medioambientales. El resultado final de todos los cambios que ya están empezando a extenderse de manera imparable es la alteración de la tendencia perceptible desde los años 90 del siglo pasado: en vez de privilegiar las energías renovables se van a volver a favorecer las energías fósiles, como el carbón, el gas y el petróleo.

Entretanto, en muchos países que se creían a resguardo de las consecuencias del cambio climático empiezan a producirse catástrofes medioambientales a gran escala. En palabras de Moisés Naím:

“Alemania acaba de sufrir las peores inundaciones en quinientos años. Estados Unidos ha tenido la racha más devastadora de tornados jamás registrada. Brasil, Argentina, Chile y Colombia enfrentan el peor ciclo hidrológico en décadas, lo cual reduce su capacidad de producción hidroeléctrica, aumenta los precios de la electricidad y les obliga a usar combustibles más contaminantes. En muchos países los ciclos de las cosechas están cambiando y con ellos los patrones de producción agrícola. El número de refugiados y personas desplazadas debido a las catástrofes climáticas supera al provocado por guerras y conflictos políticos.”

Una vez más, se cumple el adagio de que “lo urgente no deja ver (ni actuar sobre) lo importante”. La profunda crisis económica actual es “lo urgente”, y todos los políticos y fuerzas económicas determinantes se concentran en superarla sin conceder ni un solo minuto de su tiempo al cambio climático, que es “lo importante” (o por lo menos, lo más importante). Es lo más importante, porque sus consecuencias potenciales son vitales para nuestra supervivencia en el planeta. Es así de sencillo. Un aumento de temperatura de 2 o más grados producirá lluvias torrenciales, sequías devastadoras, huracanes y tornados de potencias desconocidas hasta el presente. Y eso impedirá la vida en amplias regiones del planeta, o incluso en su totalidad. No hablamos de consecuencias normales y razonablemente previsibles, sino de catástrofes inmensas, que en último término pueden provocar desplazamientos generalizados de personas y una destrucción que impedirá en definitiva la actividad económica que se pretende favorecer a corto plazo. Es la ceguera del cortoplacismo. La concentración de la atención política en ganar elecciones contemplando únicamente las consecuencias inminentes de las decisiones gubernamentales. Pero tanto en las iniciativas para salir de la crisis como en las estrategias medioambientales necesitamos políticos que sean capaces del liderazgo necesario para tomar decisiones fundamentales. Los habitantes de la Tierra tenemos la responsabilidad de legar a nuestros hijos un planeta que siga siendo habitable. Esto es lo que nos jugamos en los próximos años.