La trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl: la felicidad no existe

Trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl

Después de varias semanas de espera, he visto la trilogía Paraíso (amor, fe y esperanza), de Ulrich Seidl, por entregas como una serie televisiva, pero en un cine como reclama una película. Más de 6 horas de cine “inhabitual”, de cine que transcurre a un ritmo que nada tiene que ver con el cine de Hollywood. Un estilo documental, acción casi estrictamente real, entornos cotidianos (si exceptuamos algo la primera entrega de la serie, desde el punto de vista occidental). Estética desnuda, casi feísta. La gran paradoja de la trilogía es la conjunción sorprendente de ese estilo documental, adquirido y pulido en anteriores trabajos como The last real man, y esa estética realista con personajes que ejecutan actos inusuales, delirantes, perversos, desfasados.

“Paraíso: amor” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

En Paraíso: amor, lo inusual es el viaje que la protagonista Teresa realiza a Kenia en busca del amor. Confiada en los relatos de sus amigas austriacas, busca en Kenia el paraíso del amor en los jóvenes nativos que le ofrecen todo tipo de objetos artesanales para poder entrar en contacto con ella y entablar relaciones sexuales a cambio de dinero. Pero Teresa insiste en buscar el amor en un lugar en el que las relaciones entre las dos partes están teñidas de necesidades pecuniarias, desigualdades flagrantes, relaciones de dominación en las que los dos polos se invierten y subvierten constantemente. El paraíso del amor se convierte en el infierno de la decepción, pues Teresa no podrá encontrar allí el amor que dice buscar. Digo “dice”, porque bajo las apariencias de esas intenciones se ocultan frustraciones y necesidades que la protagonista se ha traído de Europa, de la sociedad en la que vive, y que no podrán sino chocar frontalmente con la sociedad en las que se ve compelida a insertarlas.

 

“Paraíso: fe” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

Si en la primera entrega, el final es la decepción, en Paraíso: fe, la que indudablemente me parece estéticamente la mejor de las tres partes: una auténtica obra maestra, Anna Maria, la hermana de Teresa, intenta encontrar en la fe cristiana (católica de la tradición austriaca), la salvación final, el paraíso en la tierra que precisamente parece que no le ha ofrecido el amor terrenal. La ambientación casi exclusiva en interiores permite que Seidl nos muestre una riqueza inusitada de símbolos religiosos que convierten la vivienda de la protagonista en una verdadera catedral católica. Pero esa vivienda que es un bunker católico es profanada de la manera más inesperada por un marido extranjero que se introduce en la vivienda sin avisar y reclama sus derechos maritales. El matrimonio roto con este hombre que se sitúa en las antípodas de su fe es el verdadero tour de force de toda la trilogía: un musulmán, un infiel, un inmigrante “extraño” en la rígida sociedad austriaca, que además está inválido. Anna Maria sustituye las dificultades de su matrimonio separado por una dedicación casi enternecedora a su fe, siguiendo la tradición de las madonnas itinerantes que se entregan en custodia de casa en casa. En sus vacaciones, la técnico sanitario Anna Maria se dedica a intentar evangelizar a personas solas, descarriadas, necesitadas: pobres, alcohólicos, prostitutas. Pero la aparición del marido ausente que reclama sus derechos la introducirá en un combate que es, sobre todo, una lucha contra sí misma, contra su fe y contra su sexualidad. Las escenas de lucha física con su marido y de combate interior contra sus impulsos eróticos (escena del crucifijo y escena de la orgía en el parque), son la cima de toda la trilogía.

 

“Paraíso: esperanza” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tercera entrega, Paraíso: esperanza, me ha parecido la menos inspirada de la saga. Si bien el desarrollo del tema sigue las mismas pautas que las otras dos entregas, la originalidad visual y la intensidad de las escenas me parecen menores, y su final, teniendo en cuenta que se trata del final de toda la trilogía, no me resulta totalmente convincente. Tras la intensidad asfixiante, y todas las problemáticas que se suscitan en Paraíso: fe, la cuestión que se trata de desarrollar en esta tercera parte, teniendo en cuenta las historias reales ocurridas en Austria en los últimos años (la cautividad de Natascha Kampusch y las atrocidades de Josef Fritzl), resulta tremendamente problemática. Creo que Seidl no consigue aquí desarrollar las complejas implicaciones éticas del tema. Pero sí consigue transmitir una conclusión que me parece evidente.

El “mundo Seidl” es un universo encajado con una precisión muy germánica, como unas piezas de relojería perfectamente ajustadas. Cada plano posee un significado preciso y absolutamente eficaz y práctico. Sus películas poseen una teleología determinada y poderosa. Esto se percibe en la ambientación de la trilogía. Si ya era fuerte en Amor, la primera parte de la trilogía, esto se hace evidente en Fe, la segunda, probablemente porque sucede en el país de origen del director y es un terreno mucho más familiar que la Kenia de la primera parte. A pesar de las lagunas de la última parte y de que, en mi opinión, la conclusión que se ofrece es paradójicamente contraria al título (y a lo que el propio Seidl ha afirmado en algunas entrevistas), es decir: no existe una esperanza real tampoco para Melanie, la más joven de las tres mujeres de la familia. La trilogía termina abruptamente, como cada una de las entregas parciales, mostrando a las protagonistas en el momento más bajo de todo el film, abandonadas a la soledad, fracasando estrepitosamente en la consecución de sus objetivos. Las tres protagonistas terminan en un mutis silencioso y desolador. A partir de aquí, se abre para el espectador atento toda una serie de interrogantes complejos acerca de lo que significa vivir en las sociedades occidentales y no occidentales en nuestros días.
A pesar de que la última parte de la trilogía no haya cerrado, en mi opinión, el proyecto de manera completamente satisfactoria, es imprescindible constatar que el cine de Seidl posee una originalidad conceptual (no tanto estética), y suscita unas cuestiones moralmente imprescindibles y de tanta enjundia que representa una obra de arte necesaria que, lamentablemente, solo será vista por una pequeña minoría de espectadores afortunados.

“Intento de escapada” de Miguel Ángel Hernández: huir es imposible

Intento de escapada de Miguel Ángel Hernández

Hacía tiempo que una novela no me cautivaba tanto. No suelo derrochar elogios en mis críticas si no estoy absolutamente convencido de lo que pienso y opino. Soy absolutamente libre en mis opiniones porque no tengo peajes que pagar. A ningún grupo mediático, a ninguna editorial. Dentro del grupo de nuevos narradores españoles, la propuesta de Miguel Ángel Hernández me ha parecido de las más sólidas. Se trata de una primera novela publicada en un sello independiente de calidad con una personalidad muy arraigada y una larga trayectoria que no hace falta glosar aquí: Anagrama. Intento de escapada fue presentada al último Premio Herralde de Novela. No ganó, ni fue finalista, pero el jurado recomendó su publicación. Sin desmerecer a las otras dos obras de Juan Francisco Ferré y Sara Mesa, ganador y finalista respectivamente, la novela de Hernández también hubiera merecido el premio, incluso aunque tenga algunas pequeñas lagunas que, en mi opinión, el autor mismo detecta, o anticipa de algún modo, y describe en el epílogo, aunque teniendo en cuenta los giros de la trama de esta novela, también pueden tomarse como una de las bromas y guiños del autor y quizás esté yo metiendo la pata impunemente.

Es, creo que objetivamente, muy difícil juzgar obras de arte y decidir la prioridad o precedencia de una obra sobre otra. ¿Quién puede afirmar la superioridad absoluta o relativa de Shakespeare sobre Tolstoi? ¿Quién la prioridad de Borges sobre Rulfo, de Proust sobre Joyce? No podemos, hay demasiadas variables no comparables, demasiadas preferencias del gusto no gobernables. Me desvío ligeramente de lo que realmente quería destacar: la novela de Miguel Ángel Hernández es una de las que más me han interpelado personalmente durante este año de 2013. Si no puedo afirmar su precedencia estética sobre otras también buenas que he leído, sí puedo afirmar que a nivel subjetivo su lectura ha tocado fibras muy delicadas de mi sensibilidad literaria. Ha tratado temas que me interesan desde hace mucho tiempo y, por lo tanto, me ha hablado de manera certera e íntima. Y al hacerlo bien, con el tono y la intensidad adecuados, con una estructura y un lenguaje apropiados, me ha dejado una marca indeleble.

Intento de escapada, página 38

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué? Probablemente, por el modo como Miguel Ángel Hernández reúne y combina los temas del arte contemporáneo “comprometido” y la inmigración y sus consecuencias sociales globales. Aunque el tema de la inmigración me lleva ocupando desde hace años y yo mismo estoy escribiendo sobre él, nunca podría haber escrito una novela desde la perspectiva que lo hace MAH. Sencillamente, porque no soy profesor de Arte Contemporáneo. Está claro que la experiencia académica y docente de MAH le ha proporcionado un escenario que domina para tratar el tema de la inmigración. Mi perspectiva de aproximación es completamente diferente, pero tiene un punto de encuentro sorprendente en el epicentro de la temática. Quizás sea esta coincidencia central que se consigue desde puntos de partida bastante diferentes lo que más me sorprendió y despertó mi interés por leer el libro. Otra coincidencia más de puntos de vista es el acercamiento ético y globalizador al problema de la inmigración.

Intento de escapada, página 203

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[ATENCIÓN: los siguientes párrafos contienen algunos spoilers] A pesar de las apariencias, de la omnipresencia del narrador en primera persona y protagonista Marcos y de los personajes de la profesora Helena y el artista Jacobo Montes, en mi opinión la presencia alrededor de la que gravita toda la novela es la figura de Omar, el inmigrante que se convierte en la obra de arte del artista comprometido Montes. MAH nos proporciona durante la novela bastantes motivos para pensar que el destino de Omar ha sido el más terrible, incluso que ha sido asesinado o sutilmente eliminado (pág. 38: “¿Quién es el culpable de la muerte del animal, el artista o el espectador?”), pero que el o los culpables de esa “desaparición” son muchos, que quizás seamos todos. En congruencia con las teorías de la fuga, la huida o la invisibilidad en el arte contemporáneo, la no presencia de Omar, su desaparición final sin que nunca llegue a resolverse el enigma de su ocultación, posee una lógica aplastante. La figura del inmigrante es la más prescindible de todas, la más frágil y abocada a desaparecer de todos los personajes del libro. Como se dice en un pasaje del texto (pag. 203), un inmigrante ilegal no es nadie: al no tener papeles, no existe siquiera para la policía española en caso de que fuera asesinado o “desapareciera”. El artista “mago” Jacobo Montes puede escamotearlo ante nuestras narices, en una instalación artística sin que nadie vaya a hacer nada por impedirlo. El halo sagrado de la obra de arte, una cuestión lateral de la temática que MAH también toca brevemente en la novela, impide que nadie se atreva a rasgar el velo de la obra para mirar por detrás, para establecer lo que se quiere ocultar de la violencia del arte sobre la vida. Desvelar lo que se vela, revelar lo que hace que el artista siempre se encuentre en ventaja con respecto a la vida. Pero la figura de Omar, una vida humana, desaparece a mitad de la novela y el lector nunca sabrá cuál fue su destino. Se nos dirá que su final es el mismo de todos: es decir, la muerte, pues la muerte es el destino final de todos y, como dice Montes: “Espero que todos muramos pronto y dejemos ya de ensuciar el mundo” (pág. 62), o “Pronto estaremos todos muertos y dejaremos de ensuciar el mundo” (pág. 223).

Intento de escapada, página 223

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es una constatación cierta, dura, acerada, gélida, como muchas de las afirmaciones finales de la novela, que arrojan una mirada impía sobre la vida, pero no deja de ser una afirmación ventajista, porque mientras Omar parece haber sucumbido a su “intento de escapada”, los demás habitantes del primer mundo, por lo menos, seguimos viviendo y medrando, como Jacobo Montes, que llega a vender sus obras por muchos miles de dólares y a exponerlas en los más importantes museos del planeta. O como Helena Román y Marcos, que en una boutade final (la nota que cierra el libro en la pág. 239) vuelven a aparecer unidos en el Centro Georges Pompidou de París: Helena como conservadora del museo, y Marcos como finalmente participante en la exposición de Jacobo Montes en el museo mediante la escritura de su libro. Aquello que se negaba explícitamente en el epílogo, se afirma paradójicamente a continuación: (I would prefer not to en referencia directa a Vila-Matas y, por supuesto, al Bartleby de Herman Melville, frase de todos modos ambigua ya que alude a lo que se preferiría hacer (en positivo o en negativo), pero que como demuestra la nota posterior, quizás no se pueda o no se quiera hacer, debido a las consecuencias que implicaría para el autor que quiere medrar).

Intento de escapada, página 239

He entrado bastante profundamente en algunos de los significados de esta novela, pero Intento de escapada no se agota en absoluto en este nivel de interpretación. En mi opinión, esta es la señal de que se trata de una excelente novela, ya que existen varias otras temáticas y ramificaciones que permiten diferentes lecturas e interpretaciones: la descripción del paso de la postadolescencia o primera juventud a la edad adulta; el tema del sexo, el amor y la violencia; la ausencia de sentido general de la vida y de la muerte; la cuestión de la intertextualidad y las referencias metaliterarias, teóricas o metacinematográficas que están omnipresentes en toda la novela. El texto de MAH actúa en ese sentido como un pozo de una sensibilidad exacerbada y, como señala Ricardo Menéndez Salmón, otro de mis autores contemporáneos favoritos, ofrece “ecos narrativos -Blanchot, Beckett, Bernhard- de primerísimo orden.” Baste por ahora con estas breves notas para ofrecer un primer atisbo de un texto que merece que prosigamos un diálogo más profundo con él, cuya segunda o tercera lectura permitirá descubrir aspectos a los que solo he aludido brevemente. Intento de escapada de MAH merece, paradójicamente, que permanezcamos con el texto el tiempo necesario para destilarlo mejor, que no escapemos ni huyamos mientras seguimos evitando la muerte.

 

Soñar el sueño: Martin Luther King

El reverendo Martin Luther King

Hace unos días conmemoramos el 50 aniversario del histórico discurso de Martin Luther King en la Marcha sobre Washington. Pocas veces en la historia ha conseguido un texto alcanzar una categoría tal de fecundidad y permanecer en la memoria colectiva como este. Es un discurso bastante breve que no ocupa más de 6 páginas y, sin embargo, se estudia como un modelo en las universidades americanas y de medio mundo. Pero creo que fuera de estas instituciones, pocas personas, por lo menos en España, se han detenido un minuto a leer esas 6 cuartillas en las que están condensados pensamientos básicos. Desde un punto de vista literario, sus metáforas quizás no sean las más originales ni innovadoras, pero un breve análisis revela que giran sobre una sola categoría temática: la naturaleza. Luther King habla del agua, el viento, las corrientes, el cielo y el mar para ofrecer una visión muy concreta y comprensible de los conceptos, también extremadamente simples, que pretende transmitir. Nos dice, en esencia, que está dentro de la naturaleza, la planetaria terráquea y la humana, que todos los hombres son hermanos e iguales. Y por esa simple razón, todas las leyes discriminatorias, todas las resistencias a la igualdad, toda la represión y falta de reconocimiento de los derechos de los negros (sí, porque él utiliza sin eufemismos el término racial más definitorio: “Negro”, en inglés) son antinaturales y van contra los fundamentos mismos de la naturaleza humana. En ese contexto se instala su famoso sueño, el sueño de hermandad e igualdad al que su fe le dirige. Uno podrá o no compartir su fe y su credo religiosos, pero deberá estar de acuerdo, desde la perspectiva kantiana de que todo hombre lleva en su interior el fundamento moral, en que sus palabras se acercan tanto a la verdad objetiva como es posible en este planeta habitado por estos seres humanos que somos. Y su visión de ese sueño es una visión inspiradora, que da calor al alma, que anima a vivir y seguir luchando por esos principios irrenunciables, siempre desde la perspectiva de la no violencia, pues Luther King entronca con la tradición de Ghandi y rechaza responder con violencia a la “brutalidad policial”. Luther King no huye de definiciones directas de la violencia institucional como esta, ni de descripciones de la situación de los negros en los estados del sur donde hay leyes injustas, gobernadores injustos y sociedades injustas y segregacionistas. Ese sueño es el que inspira y alimenta la esperanza.

En la España de 2013, profundamente deprimida por la crisis económica, social y política que padecemos, quisiera que la lectura del discurso de Martin Luther King nos inspirara también a contagiarnos del entusiasmo que destilaba ese discurso y la multitudinaria marcha en la que se pronunció. Ojalá pudiéramos encontrar en el fondo de nuestra mente y recrear ese estado de animo y esa pasión colectiva para luchar por lo que es justo y necesario, contra una corrupción y un cáncer político que está destruyendo los fundamentos de una democracia posible. Ahora es necesario superar este desánimo permanente que es el mayor enemigo del cambio que debe sobrevenir para que consigamos reconducir la mala tendencia de estos tiempos, que es perder derechos en vez de ganarlos, que es aumentar la opresión en vez de disminuirla, que es intensificar la violencia desde las élites económicas hacia las clases desfavorecidas en vez de reducirla. Porque se ha roto el contrato social que parecía establecido e inamovible en las sociedades occidentales, sobre todo las europeas.

Cuando leo el discurso de Luther King aquí, por ejemplo, me cura de mi marcada tendencia a desconfiar del poder de un texto, literario o no, en el mundo que habitamos. Tras todas las convulsiones del siglo XX, la ironía e incluso el cinismo contemporáneo, el descrédito profundo de las ideologías, el cansancio de y la desconfianza en las revoluciones fallidas o secuestradas, las guerras mundiales, el holocausto y los genocidios repetidos: tras todo esto el texto, cualquier texto, aparece como un inerme bebé perdido en la selva virgen del mundo. Sometido a todos los peligros, el texto parece carecer de la mínima fuerza para afirmarse e incluso sobrevivir en ese mundo, menos aún para lograr ninguna repercusión. Y sin embargo, existen textos que rodeados por algunas circunstancias favorables consiguen no solo sobrevivir, sino adquirir la fuerza de un cataclismo natural. Precisamente como Luther King soñaba.

El Lorraine Motel, donde Martin Luther King fue asesinado

Durante todo el siglo XX, el debate acerca de la fuerza real de la palabra escrita y la literatura ha pasado por muchas vicisitudes. Uno de los más arduos defensores del poder del texto y la necesidad del compromiso social fue Jean-Paul Sartre. En su autobiografía Las palabras escribe sobre su tarea de escritor:

“Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

En un hombre tan combativo como Sartre, estas palabras parecen la constatación de un fracaso, pero el discurso de Luther King nos demuestra justamente lo contrario: incluso tras su temprana muerte a manos de un fanático, sus palabras permanecen y su sueño está a punto de hacerse realidad.

Durante todo el siglo XX, el arte, sobre todo la literatura y el cine estadounidenses, reflejaron la evolución del estatus social y la imagen de los negros americanos. Desde grandes novelas como las de Chester Himes, Harper Lee, Toni Morrison, Alice Walker o Elmore Leonard. Desde films plenamente racistas como The Birth of a Nation, pasando por películas en las que los negros representaban únicamente roles de chachas o jardineros, o los primeros roles de protagonistas afroamericanos como Sidney Poitier, hasta las películas de Blaxploitation o las originales visiones de Spike Lee. He aquí una pequeña selección de algunas obras imprescindibles.

OBRAS SOBRE CUESTIONES RACIALES EN EE.UU.

Sula de Toni Morrison (1973)

Loving Her de Ann Allen Shockley (1974)

Meridian de Alice Walker (1976)

The Birth of a Nation de D.W. Griffith (adaptación de la novela The Clansman de Thomas Dixon)

Hearts in Dixie de Stepin Fetchit

Hallelujah (1929, primer film sonoro con protagonistas afroamericanos)

Gone with the Wind de Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood (basada en la novela de Margaret Mitchell)

Matar un ruiseñor de Robert Mulligan (basada en la novela de Harper Lee):

In the Heat of the Night de Norman Jewison con Sidney Poitier

Cotton Comes to Harlem de Ossie Davis (basado en la novela de Chester Himes)

Blaxploitation http://en.wikipedia.org/wiki/Blaxploitation

Jackie Brown de Quentin Tarantino con Pam Grier (adaptación de la novela Rum Punch de Elmore Leonard)

Do the Right Thing de Spike Lee

Mississippi Burning de Alan Parker

The Hurricane (Huracán Carter) de Norman Jewison