Alan Turing – Mijaíl Kaláshnikov: asimetrías vitales

El día 24 de diciembre, día de Nochebuena, entre el cúmulo de noticias que traían los diarios, dominados por el tarifazo eléctrico, los buenos deseos navideños y el desánimo general del país por una situación en la que, como dice una genial viñeta de El Roto: no estamos en el túnel, sino en el esfínter del sistema, llamaron mi atención dos noticias misteriosamente asimétricas: el perdón de la Reina de Inglaterra a Alan Turing y la muerte de Mijaíl Kaláshnikov. Ambos sucesos ocurrieron el mismo día y tuvieron como protagonistas a dos hombres que participaron de formas diferentes en la Segunda Guerra Mundial y en los acontecimientos posteriores. Alan Turing fue el gran matemático y precursor de los ordenadores, el criptoanalista que logró descifrar el código de la máquina Enigma, que cifraba las órdenes que guiaban los submarinos alemanes que atacaban a los buques que surcaban el Atlántico. Kaláshnikov participó en la guerra como tanquista, sufrió graves heridas de metralla y pasó muchos meses en un hospital. Asignado a una fábrica de armamento, espoleado por las quejas de los soldados rusos sobre sus carabinas, diseñó el fusil de asalto AK-47, utilizado en el ejército ruso y en todas las guerras americanas, asiáticas y africanas posteriores desde hace más de 50 años.

Alan Turing en su juventud (Foto: Blogs de El País)

Turing, que probablemente nunca vistió un uniforme, tuvo desde su pequeña barraca en Bletchley Park una importancia capital en el desarrollo de la guerra. Algunos historiadores opinan que sin su aportación no habría sido posible limitar drásticamente las grandes pérdidas de buques de suministro que llegaban de Estados Unidos y que mantenían las capacidades militares y garantizaban la supervivencia de los países europeos invadidos por la Alemania nazi. Otros, aunque reconocen la importancia de sus aportaciones, minimizan el valor de la figura de Turing. Aunque hubo mucho más factores que terminaron decidiendo la guerra a favor de los aliados, durante los años más difíciles del conflicto, mientras la Alemania nazi ocupaba la mayor parte de Europa continental, la guerra submarina que Turing contribuyó a ganar, resultó decisiva.

Mijaíl Kasláshnikov (Foto: Antena 3)

Por su parte, Kaláshnikov ha sido el responsable con su invento de la muerte de más personas que ninguna otra arma en todo el siglo XX (250.000 de media durante 60 años que suman en total unos 15 millones). Muchas más que la bomba atómica o los misiles y bombas aéreas. Una responsabilidad indirecta, es cierto, pero en ningún modo desdeñable. La responsabilidad de la persona que sabe que la creación que ha dado al mundo es un instrumento de muerte. Es cierto que Kaláshnikov siempre ha sostenido que su intención al diseñarla fue defender a Rusia de la invasión nazi y que su invento había caído en malas manos. Las armas, en tanto que cosas, son éticamente indiferentes: son los hombres que las utilizan los que determinan la moralidad de su uso, pero un arma es una herramienta bélica, un medio que implica una renuncia implícita al diálogo para resolver los conflictos.

Blechtley Park (Foto: Blogs de El País)

Turing, el fino cerebro, el educado gentleman inglés, murió en extrañas circunstancias (suicidio o inexplicable accidente), después de haber sido apartado de todos los programas de seguridad militar y condenado por homosexual. La imagen de Turing mordiendo una manzana envenenada con cianuro evoca de inmediato la historia de Blancanieves filmada por Walt Disney y la malvada reina-bruja. Pero lo más sorprendente es que esa evocación corresponde a la realidad, porque el propio Turing sentía una fascinación especial por esa película con su figura de la manzana que entrega la malvada reina a Blancanieves. Queda en el aire la pregunta de si aquella manzana emponzoñada llegó a las manos de Turing por propia voluntad, por un accidente o incluso, por alguna mano externa.

Kaláshnikov, sin embargo, acaba de morir con todos los honores del Estado ruso, respetado y admirado por sus colegas nacionales y extranjeros, y probablemente recibirá una despedida oficial acorde con la importancia de su invento para la industria militar soviética y después rusa. Turing, sin embargo, sufrió una condena penal, una castración química y la ignominia pública por una condición sexual natural, la de ser homosexual. Siendo héroe de guerra al mismo título y con los mismos méritos, al menos, que Kaláshnikov, sufrió una verdadera purga y su figura se volvió de inmediato incómoda e insegura, por las sospechas de que pudiera revelar información sensible al enemigo, que en aquel entonces era ya la Unión Soviética.

Todas esas circunstancias, además del hecho de que ambos acontecimientos fueran noticia el mismo día, y que ese día no sea una fecha cualquiera, conforman una curiosa asimetría o disimetría. Símbolo de los prejuicios pasados y presentes. En la Gran Bretaña de los años 1950, ser homosexual era perseguido penalmente, además de ser socialmente infamante y lo suficientemente grave para hacer olvidar méritos como los que poseía ese gran matemático y criptoanalista que había salvado miles o millones de vidas en Europa. Curiosamente, si Turing viviera hoy en día en Rusia, sufriría la misma humillación pública y la misma pena. Sin embargo, en Gran Bretaña recibe ahora un perdón oficial que solo rehabilita parcialmente su memoria y que ya no podrá disfrutar en vida. Es sintomático que tras muchos esfuerzos, solo se haya logrado un perdón de la Reina para rehabilitar su figura. Lo realmente justo hubiera sido una anulación de la condena, el reconocimiento de la injusticia social que supuso, la petición de perdón por parte del Estado británico, la rehabilitación total y el reconocimiento como héroe. Incluso a finales de 2013, esta reparación en justicia resulta imposible de conseguir.

¿Qué habría pensado Turing de este perdón real tardío? ¿Qué habría sentido al contemplar su vida en comparación con la de Kaláshnikov? Es imposible saberlo, desde luego, pero me gustaría creer que, más allá de una pequeña amargura, Turing podría levantar ahora la cabeza con orgullo y sonreír con fina ironía británica al recordar el deber cumplido y la satisfacción íntima de la victoria final. Todos le debemos mucho. Al hacer un simple clic, estamos aprovechándonos de sus invenciones. Y se merece el mayor respeto.

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Para leer – Homenajes del año Turing:

Qué habría pasado si Turing no hubiera existido

Alan Turing y Claude Shannon: matemáticas para la informática

 

La catástrofe climática

Hace unos días volví a ver uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción, y del cine a secas: Blade Runner de Ridley Scott. Ver esta película me proporciona un placer especial. Además de disfrutar del guion, de las imágenes, de la simbología, de las referencias a los grandes problemas y a las cuestiones abiertas sobre la existencia humana en un próximo futuro, contemplar Blade Runner con los oídos bien abiertos y ojos inocentes permite realizar un ejercicio que me gusta especialmente: cotejar grandes películas con las obras literarias que las inspiraron. La lista de films excelentes basados en grandes y, en ocasiones, no tan grandes textos literarios, es larga como la historia del siglo XX. Incluso cuando las “adaptaciones” o “recreaciones” son fallidas, el interés del análisis no decae.

En el caso de Blade Runner, la novela adaptada es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?) de Philip K. Dick.

Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

La novela está tan llena de talento como el film que permitió que muchas más personas conocieran esta historia. Merece la pena conocer la vida y obra de este escritor no tan conocido en nuestro país. Muy pocas personas reparan en que el núcleo de la película de Scott está contenido en el texto y que es la imaginación del escritor, y luego guionista, la que fecunda las imágenes del cineasta. Es importante que no lo olvidemos, pero el aspecto que me importa hoy es la visión catastrofista de un planeta Tierra consumido por los propios humanos, cuya naturaleza ha sido prácticamente destruida, en la que la tecnología trata de sustituir penosamente las deficiencias de la acción humana sobre el planeta, que nos ofrecen la novela y la película. Esto es lo que contemplamos en el ambiente distópico del Los Ángeles futurista de Blade Runner (San Francisco en la novela original). Recordamos una ciudad inmensa y caótica, inmersa en la oscuridad y una lluvia permanente que inunda literalmente todas las escenas, como esta del “retiro de Zhora”.

Muchas de las obras de ciencia-ficción comparten una visión del futuro de la humanidad en la que el planeta Tierra ha sufrido una catástrofe climática o se hayan en peligro. Es el caso de El planeta de los simios, (la novela de Pierre Boulle es de 1963 y la película de Franklin Schaffner es de 1968) y, sobre todo, los films de la saga Matrix. Todas estas obras tienen en común, en mi opinión, un aspecto vital: tratan de comunicarnos una advertencia inminente acerca de la vía que no debemos tomar y por la que, por esa obstinación tan genuinamente humana, ya circulamos desde hace muchas décadas. Algunos alegan que todas estas obras reflejan miedos ancestrales de la especie, pero creo que se trata de miedos que responden a amenazas reales, en absoluto a terrores paranoicos o histéricos. La evolución de nuestro planeta, sobre todo desde los años 70 del siglo pasado, muestra una aceleración sobrecogedora de los peligros medioambientales.

Matrix: el desierto de la realidad

Desde hace ya bastantes años, tenemos datos inequívocos de la realidad del cambio climático. Pero parece que una mayoría de personas, y sobre todo los políticos (españoles y de una mayoría de países no europeos) de casi todo el espectro ideológico, son ciegos a las consecuencias de ese cambio sobre nuestras vidas, las vidas de todos los habitantes de este planeta. Actuamos como si esa amenaza, muy real y concreta, de destrucción y cataclismos venideros, fuera una ilusión de científicos catastrofistas o una imagen sacada de una de las repetidas películas de… catástrofes, por supuesto. Unas recientes columnas de Moisés Naím (La revolución más importante y ¿Abundancia energética, precariedad ambiental?, entre otras muchas voces, por supuesto) llamaban la atención sobre las consecuencias de la nueva revolución energética que ya está en marcha. No se trata de una revolución impulsada por las personas, sino por corporaciones gigantescas. Se trata, por ejemplo, del llamado fracking, método útil para extraer energía de fuentes hasta ahora no explotadas, pero malo por las muy probables consecuencias medioambientales. El resultado final de todos los cambios que ya están empezando a extenderse de manera imparable es la alteración de la tendencia perceptible desde los años 90 del siglo pasado: en vez de privilegiar las energías renovables se van a volver a favorecer las energías fósiles, como el carbón, el gas y el petróleo.

Entretanto, en muchos países que se creían a resguardo de las consecuencias del cambio climático empiezan a producirse catástrofes medioambientales a gran escala. En palabras de Moisés Naím:

“Alemania acaba de sufrir las peores inundaciones en quinientos años. Estados Unidos ha tenido la racha más devastadora de tornados jamás registrada. Brasil, Argentina, Chile y Colombia enfrentan el peor ciclo hidrológico en décadas, lo cual reduce su capacidad de producción hidroeléctrica, aumenta los precios de la electricidad y les obliga a usar combustibles más contaminantes. En muchos países los ciclos de las cosechas están cambiando y con ellos los patrones de producción agrícola. El número de refugiados y personas desplazadas debido a las catástrofes climáticas supera al provocado por guerras y conflictos políticos.”

Una vez más, se cumple el adagio de que “lo urgente no deja ver (ni actuar sobre) lo importante”. La profunda crisis económica actual es “lo urgente”, y todos los políticos y fuerzas económicas determinantes se concentran en superarla sin conceder ni un solo minuto de su tiempo al cambio climático, que es “lo importante” (o por lo menos, lo más importante). Es lo más importante, porque sus consecuencias potenciales son vitales para nuestra supervivencia en el planeta. Es así de sencillo. Un aumento de temperatura de 2 o más grados producirá lluvias torrenciales, sequías devastadoras, huracanes y tornados de potencias desconocidas hasta el presente. Y eso impedirá la vida en amplias regiones del planeta, o incluso en su totalidad. No hablamos de consecuencias normales y razonablemente previsibles, sino de catástrofes inmensas, que en último término pueden provocar desplazamientos generalizados de personas y una destrucción que impedirá en definitiva la actividad económica que se pretende favorecer a corto plazo. Es la ceguera del cortoplacismo. La concentración de la atención política en ganar elecciones contemplando únicamente las consecuencias inminentes de las decisiones gubernamentales. Pero tanto en las iniciativas para salir de la crisis como en las estrategias medioambientales necesitamos políticos que sean capaces del liderazgo necesario para tomar decisiones fundamentales. Los habitantes de la Tierra tenemos la responsabilidad de legar a nuestros hijos un planeta que siga siendo habitable. Esto es lo que nos jugamos en los próximos años.