La trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl: la felicidad no existe

Trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl

Después de varias semanas de espera, he visto la trilogía Paraíso (amor, fe y esperanza), de Ulrich Seidl, por entregas como una serie televisiva, pero en un cine como reclama una película. Más de 6 horas de cine “inhabitual”, de cine que transcurre a un ritmo que nada tiene que ver con el cine de Hollywood. Un estilo documental, acción casi estrictamente real, entornos cotidianos (si exceptuamos algo la primera entrega de la serie, desde el punto de vista occidental). Estética desnuda, casi feísta. La gran paradoja de la trilogía es la conjunción sorprendente de ese estilo documental, adquirido y pulido en anteriores trabajos como The last real man, y esa estética realista con personajes que ejecutan actos inusuales, delirantes, perversos, desfasados.

“Paraíso: amor” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

En Paraíso: amor, lo inusual es el viaje que la protagonista Teresa realiza a Kenia en busca del amor. Confiada en los relatos de sus amigas austriacas, busca en Kenia el paraíso del amor en los jóvenes nativos que le ofrecen todo tipo de objetos artesanales para poder entrar en contacto con ella y entablar relaciones sexuales a cambio de dinero. Pero Teresa insiste en buscar el amor en un lugar en el que las relaciones entre las dos partes están teñidas de necesidades pecuniarias, desigualdades flagrantes, relaciones de dominación en las que los dos polos se invierten y subvierten constantemente. El paraíso del amor se convierte en el infierno de la decepción, pues Teresa no podrá encontrar allí el amor que dice buscar. Digo “dice”, porque bajo las apariencias de esas intenciones se ocultan frustraciones y necesidades que la protagonista se ha traído de Europa, de la sociedad en la que vive, y que no podrán sino chocar frontalmente con la sociedad en las que se ve compelida a insertarlas.

 

“Paraíso: fe” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

Si en la primera entrega, el final es la decepción, en Paraíso: fe, la que indudablemente me parece estéticamente la mejor de las tres partes: una auténtica obra maestra, Anna Maria, la hermana de Teresa, intenta encontrar en la fe cristiana (católica de la tradición austriaca), la salvación final, el paraíso en la tierra que precisamente parece que no le ha ofrecido el amor terrenal. La ambientación casi exclusiva en interiores permite que Seidl nos muestre una riqueza inusitada de símbolos religiosos que convierten la vivienda de la protagonista en una verdadera catedral católica. Pero esa vivienda que es un bunker católico es profanada de la manera más inesperada por un marido extranjero que se introduce en la vivienda sin avisar y reclama sus derechos maritales. El matrimonio roto con este hombre que se sitúa en las antípodas de su fe es el verdadero tour de force de toda la trilogía: un musulmán, un infiel, un inmigrante “extraño” en la rígida sociedad austriaca, que además está inválido. Anna Maria sustituye las dificultades de su matrimonio separado por una dedicación casi enternecedora a su fe, siguiendo la tradición de las madonnas itinerantes que se entregan en custodia de casa en casa. En sus vacaciones, la técnico sanitario Anna Maria se dedica a intentar evangelizar a personas solas, descarriadas, necesitadas: pobres, alcohólicos, prostitutas. Pero la aparición del marido ausente que reclama sus derechos la introducirá en un combate que es, sobre todo, una lucha contra sí misma, contra su fe y contra su sexualidad. Las escenas de lucha física con su marido y de combate interior contra sus impulsos eróticos (escena del crucifijo y escena de la orgía en el parque), son la cima de toda la trilogía.

 

“Paraíso: esperanza” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tercera entrega, Paraíso: esperanza, me ha parecido la menos inspirada de la saga. Si bien el desarrollo del tema sigue las mismas pautas que las otras dos entregas, la originalidad visual y la intensidad de las escenas me parecen menores, y su final, teniendo en cuenta que se trata del final de toda la trilogía, no me resulta totalmente convincente. Tras la intensidad asfixiante, y todas las problemáticas que se suscitan en Paraíso: fe, la cuestión que se trata de desarrollar en esta tercera parte, teniendo en cuenta las historias reales ocurridas en Austria en los últimos años (la cautividad de Natascha Kampusch y las atrocidades de Josef Fritzl), resulta tremendamente problemática. Creo que Seidl no consigue aquí desarrollar las complejas implicaciones éticas del tema. Pero sí consigue transmitir una conclusión que me parece evidente.

El “mundo Seidl” es un universo encajado con una precisión muy germánica, como unas piezas de relojería perfectamente ajustadas. Cada plano posee un significado preciso y absolutamente eficaz y práctico. Sus películas poseen una teleología determinada y poderosa. Esto se percibe en la ambientación de la trilogía. Si ya era fuerte en Amor, la primera parte de la trilogía, esto se hace evidente en Fe, la segunda, probablemente porque sucede en el país de origen del director y es un terreno mucho más familiar que la Kenia de la primera parte. A pesar de las lagunas de la última parte y de que, en mi opinión, la conclusión que se ofrece es paradójicamente contraria al título (y a lo que el propio Seidl ha afirmado en algunas entrevistas), es decir: no existe una esperanza real tampoco para Melanie, la más joven de las tres mujeres de la familia. La trilogía termina abruptamente, como cada una de las entregas parciales, mostrando a las protagonistas en el momento más bajo de todo el film, abandonadas a la soledad, fracasando estrepitosamente en la consecución de sus objetivos. Las tres protagonistas terminan en un mutis silencioso y desolador. A partir de aquí, se abre para el espectador atento toda una serie de interrogantes complejos acerca de lo que significa vivir en las sociedades occidentales y no occidentales en nuestros días.
A pesar de que la última parte de la trilogía no haya cerrado, en mi opinión, el proyecto de manera completamente satisfactoria, es imprescindible constatar que el cine de Seidl posee una originalidad conceptual (no tanto estética), y suscita unas cuestiones moralmente imprescindibles y de tanta enjundia que representa una obra de arte necesaria que, lamentablemente, solo será vista por una pequeña minoría de espectadores afortunados.

Soñar el sueño: Martin Luther King

El reverendo Martin Luther King

Hace unos días conmemoramos el 50 aniversario del histórico discurso de Martin Luther King en la Marcha sobre Washington. Pocas veces en la historia ha conseguido un texto alcanzar una categoría tal de fecundidad y permanecer en la memoria colectiva como este. Es un discurso bastante breve que no ocupa más de 6 páginas y, sin embargo, se estudia como un modelo en las universidades americanas y de medio mundo. Pero creo que fuera de estas instituciones, pocas personas, por lo menos en España, se han detenido un minuto a leer esas 6 cuartillas en las que están condensados pensamientos básicos. Desde un punto de vista literario, sus metáforas quizás no sean las más originales ni innovadoras, pero un breve análisis revela que giran sobre una sola categoría temática: la naturaleza. Luther King habla del agua, el viento, las corrientes, el cielo y el mar para ofrecer una visión muy concreta y comprensible de los conceptos, también extremadamente simples, que pretende transmitir. Nos dice, en esencia, que está dentro de la naturaleza, la planetaria terráquea y la humana, que todos los hombres son hermanos e iguales. Y por esa simple razón, todas las leyes discriminatorias, todas las resistencias a la igualdad, toda la represión y falta de reconocimiento de los derechos de los negros (sí, porque él utiliza sin eufemismos el término racial más definitorio: “Negro”, en inglés) son antinaturales y van contra los fundamentos mismos de la naturaleza humana. En ese contexto se instala su famoso sueño, el sueño de hermandad e igualdad al que su fe le dirige. Uno podrá o no compartir su fe y su credo religiosos, pero deberá estar de acuerdo, desde la perspectiva kantiana de que todo hombre lleva en su interior el fundamento moral, en que sus palabras se acercan tanto a la verdad objetiva como es posible en este planeta habitado por estos seres humanos que somos. Y su visión de ese sueño es una visión inspiradora, que da calor al alma, que anima a vivir y seguir luchando por esos principios irrenunciables, siempre desde la perspectiva de la no violencia, pues Luther King entronca con la tradición de Ghandi y rechaza responder con violencia a la “brutalidad policial”. Luther King no huye de definiciones directas de la violencia institucional como esta, ni de descripciones de la situación de los negros en los estados del sur donde hay leyes injustas, gobernadores injustos y sociedades injustas y segregacionistas. Ese sueño es el que inspira y alimenta la esperanza.

En la España de 2013, profundamente deprimida por la crisis económica, social y política que padecemos, quisiera que la lectura del discurso de Martin Luther King nos inspirara también a contagiarnos del entusiasmo que destilaba ese discurso y la multitudinaria marcha en la que se pronunció. Ojalá pudiéramos encontrar en el fondo de nuestra mente y recrear ese estado de animo y esa pasión colectiva para luchar por lo que es justo y necesario, contra una corrupción y un cáncer político que está destruyendo los fundamentos de una democracia posible. Ahora es necesario superar este desánimo permanente que es el mayor enemigo del cambio que debe sobrevenir para que consigamos reconducir la mala tendencia de estos tiempos, que es perder derechos en vez de ganarlos, que es aumentar la opresión en vez de disminuirla, que es intensificar la violencia desde las élites económicas hacia las clases desfavorecidas en vez de reducirla. Porque se ha roto el contrato social que parecía establecido e inamovible en las sociedades occidentales, sobre todo las europeas.

Cuando leo el discurso de Luther King aquí, por ejemplo, me cura de mi marcada tendencia a desconfiar del poder de un texto, literario o no, en el mundo que habitamos. Tras todas las convulsiones del siglo XX, la ironía e incluso el cinismo contemporáneo, el descrédito profundo de las ideologías, el cansancio de y la desconfianza en las revoluciones fallidas o secuestradas, las guerras mundiales, el holocausto y los genocidios repetidos: tras todo esto el texto, cualquier texto, aparece como un inerme bebé perdido en la selva virgen del mundo. Sometido a todos los peligros, el texto parece carecer de la mínima fuerza para afirmarse e incluso sobrevivir en ese mundo, menos aún para lograr ninguna repercusión. Y sin embargo, existen textos que rodeados por algunas circunstancias favorables consiguen no solo sobrevivir, sino adquirir la fuerza de un cataclismo natural. Precisamente como Luther King soñaba.

El Lorraine Motel, donde Martin Luther King fue asesinado

Durante todo el siglo XX, el debate acerca de la fuerza real de la palabra escrita y la literatura ha pasado por muchas vicisitudes. Uno de los más arduos defensores del poder del texto y la necesidad del compromiso social fue Jean-Paul Sartre. En su autobiografía Las palabras escribe sobre su tarea de escritor:

“Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

En un hombre tan combativo como Sartre, estas palabras parecen la constatación de un fracaso, pero el discurso de Luther King nos demuestra justamente lo contrario: incluso tras su temprana muerte a manos de un fanático, sus palabras permanecen y su sueño está a punto de hacerse realidad.

Durante todo el siglo XX, el arte, sobre todo la literatura y el cine estadounidenses, reflejaron la evolución del estatus social y la imagen de los negros americanos. Desde grandes novelas como las de Chester Himes, Harper Lee, Toni Morrison, Alice Walker o Elmore Leonard. Desde films plenamente racistas como The Birth of a Nation, pasando por películas en las que los negros representaban únicamente roles de chachas o jardineros, o los primeros roles de protagonistas afroamericanos como Sidney Poitier, hasta las películas de Blaxploitation o las originales visiones de Spike Lee. He aquí una pequeña selección de algunas obras imprescindibles.

OBRAS SOBRE CUESTIONES RACIALES EN EE.UU.

Sula de Toni Morrison (1973)

Loving Her de Ann Allen Shockley (1974)

Meridian de Alice Walker (1976)

The Birth of a Nation de D.W. Griffith (adaptación de la novela The Clansman de Thomas Dixon)

Hearts in Dixie de Stepin Fetchit

Hallelujah (1929, primer film sonoro con protagonistas afroamericanos)

Gone with the Wind de Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood (basada en la novela de Margaret Mitchell)

Matar un ruiseñor de Robert Mulligan (basada en la novela de Harper Lee):

In the Heat of the Night de Norman Jewison con Sidney Poitier

Cotton Comes to Harlem de Ossie Davis (basado en la novela de Chester Himes)

Blaxploitation http://en.wikipedia.org/wiki/Blaxploitation

Jackie Brown de Quentin Tarantino con Pam Grier (adaptación de la novela Rum Punch de Elmore Leonard)

Do the Right Thing de Spike Lee

Mississippi Burning de Alan Parker

The Hurricane (Huracán Carter) de Norman Jewison

La catástrofe climática

Hace unos días volví a ver uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción, y del cine a secas: Blade Runner de Ridley Scott. Ver esta película me proporciona un placer especial. Además de disfrutar del guion, de las imágenes, de la simbología, de las referencias a los grandes problemas y a las cuestiones abiertas sobre la existencia humana en un próximo futuro, contemplar Blade Runner con los oídos bien abiertos y ojos inocentes permite realizar un ejercicio que me gusta especialmente: cotejar grandes películas con las obras literarias que las inspiraron. La lista de films excelentes basados en grandes y, en ocasiones, no tan grandes textos literarios, es larga como la historia del siglo XX. Incluso cuando las “adaptaciones” o “recreaciones” son fallidas, el interés del análisis no decae.

En el caso de Blade Runner, la novela adaptada es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?) de Philip K. Dick.

Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

La novela está tan llena de talento como el film que permitió que muchas más personas conocieran esta historia. Merece la pena conocer la vida y obra de este escritor no tan conocido en nuestro país. Muy pocas personas reparan en que el núcleo de la película de Scott está contenido en el texto y que es la imaginación del escritor, y luego guionista, la que fecunda las imágenes del cineasta. Es importante que no lo olvidemos, pero el aspecto que me importa hoy es la visión catastrofista de un planeta Tierra consumido por los propios humanos, cuya naturaleza ha sido prácticamente destruida, en la que la tecnología trata de sustituir penosamente las deficiencias de la acción humana sobre el planeta, que nos ofrecen la novela y la película. Esto es lo que contemplamos en el ambiente distópico del Los Ángeles futurista de Blade Runner (San Francisco en la novela original). Recordamos una ciudad inmensa y caótica, inmersa en la oscuridad y una lluvia permanente que inunda literalmente todas las escenas, como esta del “retiro de Zhora”.

Muchas de las obras de ciencia-ficción comparten una visión del futuro de la humanidad en la que el planeta Tierra ha sufrido una catástrofe climática o se hayan en peligro. Es el caso de El planeta de los simios, (la novela de Pierre Boulle es de 1963 y la película de Franklin Schaffner es de 1968) y, sobre todo, los films de la saga Matrix. Todas estas obras tienen en común, en mi opinión, un aspecto vital: tratan de comunicarnos una advertencia inminente acerca de la vía que no debemos tomar y por la que, por esa obstinación tan genuinamente humana, ya circulamos desde hace muchas décadas. Algunos alegan que todas estas obras reflejan miedos ancestrales de la especie, pero creo que se trata de miedos que responden a amenazas reales, en absoluto a terrores paranoicos o histéricos. La evolución de nuestro planeta, sobre todo desde los años 70 del siglo pasado, muestra una aceleración sobrecogedora de los peligros medioambientales.

Matrix: el desierto de la realidad

Desde hace ya bastantes años, tenemos datos inequívocos de la realidad del cambio climático. Pero parece que una mayoría de personas, y sobre todo los políticos (españoles y de una mayoría de países no europeos) de casi todo el espectro ideológico, son ciegos a las consecuencias de ese cambio sobre nuestras vidas, las vidas de todos los habitantes de este planeta. Actuamos como si esa amenaza, muy real y concreta, de destrucción y cataclismos venideros, fuera una ilusión de científicos catastrofistas o una imagen sacada de una de las repetidas películas de… catástrofes, por supuesto. Unas recientes columnas de Moisés Naím (La revolución más importante y ¿Abundancia energética, precariedad ambiental?, entre otras muchas voces, por supuesto) llamaban la atención sobre las consecuencias de la nueva revolución energética que ya está en marcha. No se trata de una revolución impulsada por las personas, sino por corporaciones gigantescas. Se trata, por ejemplo, del llamado fracking, método útil para extraer energía de fuentes hasta ahora no explotadas, pero malo por las muy probables consecuencias medioambientales. El resultado final de todos los cambios que ya están empezando a extenderse de manera imparable es la alteración de la tendencia perceptible desde los años 90 del siglo pasado: en vez de privilegiar las energías renovables se van a volver a favorecer las energías fósiles, como el carbón, el gas y el petróleo.

Entretanto, en muchos países que se creían a resguardo de las consecuencias del cambio climático empiezan a producirse catástrofes medioambientales a gran escala. En palabras de Moisés Naím:

“Alemania acaba de sufrir las peores inundaciones en quinientos años. Estados Unidos ha tenido la racha más devastadora de tornados jamás registrada. Brasil, Argentina, Chile y Colombia enfrentan el peor ciclo hidrológico en décadas, lo cual reduce su capacidad de producción hidroeléctrica, aumenta los precios de la electricidad y les obliga a usar combustibles más contaminantes. En muchos países los ciclos de las cosechas están cambiando y con ellos los patrones de producción agrícola. El número de refugiados y personas desplazadas debido a las catástrofes climáticas supera al provocado por guerras y conflictos políticos.”

Una vez más, se cumple el adagio de que “lo urgente no deja ver (ni actuar sobre) lo importante”. La profunda crisis económica actual es “lo urgente”, y todos los políticos y fuerzas económicas determinantes se concentran en superarla sin conceder ni un solo minuto de su tiempo al cambio climático, que es “lo importante” (o por lo menos, lo más importante). Es lo más importante, porque sus consecuencias potenciales son vitales para nuestra supervivencia en el planeta. Es así de sencillo. Un aumento de temperatura de 2 o más grados producirá lluvias torrenciales, sequías devastadoras, huracanes y tornados de potencias desconocidas hasta el presente. Y eso impedirá la vida en amplias regiones del planeta, o incluso en su totalidad. No hablamos de consecuencias normales y razonablemente previsibles, sino de catástrofes inmensas, que en último término pueden provocar desplazamientos generalizados de personas y una destrucción que impedirá en definitiva la actividad económica que se pretende favorecer a corto plazo. Es la ceguera del cortoplacismo. La concentración de la atención política en ganar elecciones contemplando únicamente las consecuencias inminentes de las decisiones gubernamentales. Pero tanto en las iniciativas para salir de la crisis como en las estrategias medioambientales necesitamos políticos que sean capaces del liderazgo necesario para tomar decisiones fundamentales. Los habitantes de la Tierra tenemos la responsabilidad de legar a nuestros hijos un planeta que siga siendo habitable. Esto es lo que nos jugamos en los próximos años.

Un documental exquisito: Searching for Sugar Man

Cartel de Searching for Sugar Man (Jot Down)

 

Searching for Sugar Man es una película muy interesante. Adelanto que se trata de uno de esos documentales de nueva factura que han bebido en fuentes como Bowling for Columbine o Inside Job, entre muchas otras. Viene avalado por numerosos premios, entre los que destacan el de mejor documental en los BAFTA y los Óscar. En este caso, sin embargo, no se trata de un film de denuncia social o política, al menos de forma directa, sino de la historia real de un hombre al que se estuvo buscando durante muchos años y al que, felizmente, se encontró tarde, pero de un modo que supuso una epifanía para el encontrado y, sobre todo, para los buscadores. Su director, Malik Bendjelloul, ha conseguido trenzar una historia con dos líneas de narración opuestas y complementarias que mantienen siempre alto el suspense de la búsqueda del cantante misterioso, del artista perdido. Esta característica es la que le otorgan a este documental una factura algo extraña, a medio camino entre el documental y el film de ficción, lo que no es un aspecto negativo en absoluto.

Searching for Sugar Man es también la historia del éxito y del fracaso, pero más bien del fracaso aparente y del éxito íntimo. El ambiente y el sentimiento que predominan en el film es mostrar la importancia de las propias elecciones y de la fidelidad a ellas por encima de cualquier otra consideración. También es la historia de las inescrutables condiciones del éxito y de lo escurridizo que puede llegar a ser. También es la historia del talento que florece en las circunstancias más difíciles y que, sin embargo, no obtiene ningún reconocimiento o, al menos, no allí donde se espera. Es una reflexión sobre los recovecos del destino o, si no se cree en él, en la inescrutabilidad de la Naturaleza. Sugar Man es Rodríguez, Sixto Rodríguez, un cantautor de Detroit que publicó dos discos a principios de los años setenta que pasaron sin pena ni gloria por las radios de la época. Rodríguez casi no vendió un sólo disco en su país a pesar de que su talento resulta evidente nada más escuchar unas pocas notas y unas pocas palabras de sus letras. Todo en sus canciones aparece redondo, maduro, inusual, tiene el tono perfecto, una voz con carácter, influjo y capacidad para sugerir y evocar por encima de la superficie de cada tema. Y sin embargo, Rodríguez, olvidado en su propio país como un artista menor, o incluso como un proyecto fracasado de artista, alcanzó un gran éxito en otro país muy alejado del suyo en el que se convirtió en un icono de la lucha antiapartheid: Sudáfrica. Pero curiosamente, ese éxito permaneció desconocido para el propio artista durante casi 30 años y a pesar de todas las dificultades económicas y sociales que afrontaba en su propio país para sacar adelante a su familia, Rodríguez nunca recibió el dinero que esas ventas generaron. De manera misteriosa, aunque el film sugiere una velada acusación a uno de los antiguos productores de la mítica Motown. Fue sólo la búsqueda incansable de dos periodistas la que provocó una de esa raras epifanías de la vida real, una de esas raras ocasiones en las que puede hablarse de una realidad que al final resulta fiel a la justicia poética.


Quizás sea ese momento el que convierte a este film en una rara joya de verdad filosófica y de ejemplo vital. Porque el artista desconocido Rodríguez también resulta ser un ejemplo vital de fidelidad a sus principios y sus orígenes por encima de lo esperable en un ser humano. Un monumento al trabajo, a sus orígenes étnicos y sociales como mestizo hijo de mexicano y miembro de la clase obrera. Rodríguez resulta ser un héroe que podría haber sido trágico si no fuera por la breve epifanía de su reconocimiento tardío. Así lo afirmaban todas las historias acerca de su duro suicidio en el mismo escenario, descerrajándose un tiro en directo tras interpretar su ultima canción o prendiéndose fuego a lo bonzo en escena. Ambas muertes alimentaban una leyenda trágica que solo existía en Sudáfrica y podían ostentar el titulo de la mas trágica muerte de la historia del rock. Rodríguez podría haber sido incluso un hombre santo y un sabio de la vida cotidiana, de la vida real de los hombres más sencillos, aquellos que nunca sueñan con alcanzar el éxito. Porque Sugar Man se implicó en movimientos sociales y sindicales e incluso fue candidato a alcalde de Detroit. Durante décadas trabajó muy duramente en los trabajos de construcción más fatigosos para pagar su alquiler y sacar adelante a sus tres hijas, que ofrecen su testimonio en el film. Curiosamente, el documental deja en la oscuridad una serie de datos importantes, como el de quién fue la pareja de Rodríguez con quien tuvo nada menos que tres hijas. El film termina con el relato de la gira sudafricana de Rodríguez 30 años después de la publicación de sus discos, con ese reconocimiento tardío a su talento. En Sudáfrica, Rodríguez llena grandes salas de conciertos y es aclamado como lo que fue para los sudafricanos, sobre todo para los blancos afrikaners: un símbolo de la lucha antiapartheid, una demostración de que era posible pensar de modo diferente, más allá de los reducidísimos límites de la segregación social y la censura estricta que reinaban en la época de Willem Botha. Pero más allá del reconocimiento que merece todo artista genuino, la película termina con la constatación de la humildad de Rodríguez, que tras su gira sudafricana sigue viviendo en su vieja casa de Detroit después de haber repartido sus ganancias entre sus parientes y seguir sin recibir nada de las ventas de sus discos en Sudáfrica.

Como colofón, el documental ha tenido efectos secundarios beneficiosos: hace pocos días Rodríguez dio un concierto ante varios miles de personas en Barcelona. Una nueva y postrera ola de reconocimiento para un artista provocada por un buen film. Una historia redonda. Algunas reseñas del concierto han subrayado su mala afinación, su falta de voz, su actitud titubeante, la brevedad de sus conciertos. No estuve en el concierto, pero debo decir que los asistentes a estos conciertos, 40 años después de la publicación de sus discos, no pueden esperar encontrar al mismo hombre joven en posesión de todas sus facultades ni disfrutar de sus temas como si el tiempo no hubiera limado casi todas las aristas del hombre. Rodríguez ha sido, palmariamente, un hombre duramente castigado por la vida, molido poco a poco por las circunstancias. Actualmente, es un anciano enfermo que debe hacer esfuerzos para caminar hasta el micrófono. En esas condiciones, nadie debería esperar un concierto en plenitud. Otra cosa es que se ofrezca ese concierto como si el tiempo y los ásperos inviernos de Detroit no hubieran realizado su labor. Pero esa responsabilidad recae sobre otras personas.

En cualquier caso, Searching for Sugar Man es uno de los documentales más interesantes que he visto en los últimos tiempos. Buen cine totalmente recomendable y un nombre, el de su director Malik Bendjelloul, a tener en cuenta en el futuro.