Alan Turing – Mijaíl Kaláshnikov: asimetrías vitales

El día 24 de diciembre, día de Nochebuena, entre el cúmulo de noticias que traían los diarios, dominados por el tarifazo eléctrico, los buenos deseos navideños y el desánimo general del país por una situación en la que, como dice una genial viñeta de El Roto: no estamos en el túnel, sino en el esfínter del sistema, llamaron mi atención dos noticias misteriosamente asimétricas: el perdón de la Reina de Inglaterra a Alan Turing y la muerte de Mijaíl Kaláshnikov. Ambos sucesos ocurrieron el mismo día y tuvieron como protagonistas a dos hombres que participaron de formas diferentes en la Segunda Guerra Mundial y en los acontecimientos posteriores. Alan Turing fue el gran matemático y precursor de los ordenadores, el criptoanalista que logró descifrar el código de la máquina Enigma, que cifraba las órdenes que guiaban los submarinos alemanes que atacaban a los buques que surcaban el Atlántico. Kaláshnikov participó en la guerra como tanquista, sufrió graves heridas de metralla y pasó muchos meses en un hospital. Asignado a una fábrica de armamento, espoleado por las quejas de los soldados rusos sobre sus carabinas, diseñó el fusil de asalto AK-47, utilizado en el ejército ruso y en todas las guerras americanas, asiáticas y africanas posteriores desde hace más de 50 años.

Alan Turing en su juventud (Foto: Blogs de El País)

Turing, que probablemente nunca vistió un uniforme, tuvo desde su pequeña barraca en Bletchley Park una importancia capital en el desarrollo de la guerra. Algunos historiadores opinan que sin su aportación no habría sido posible limitar drásticamente las grandes pérdidas de buques de suministro que llegaban de Estados Unidos y que mantenían las capacidades militares y garantizaban la supervivencia de los países europeos invadidos por la Alemania nazi. Otros, aunque reconocen la importancia de sus aportaciones, minimizan el valor de la figura de Turing. Aunque hubo mucho más factores que terminaron decidiendo la guerra a favor de los aliados, durante los años más difíciles del conflicto, mientras la Alemania nazi ocupaba la mayor parte de Europa continental, la guerra submarina que Turing contribuyó a ganar, resultó decisiva.

Mijaíl Kasláshnikov (Foto: Antena 3)

Por su parte, Kaláshnikov ha sido el responsable con su invento de la muerte de más personas que ninguna otra arma en todo el siglo XX (250.000 de media durante 60 años que suman en total unos 15 millones). Muchas más que la bomba atómica o los misiles y bombas aéreas. Una responsabilidad indirecta, es cierto, pero en ningún modo desdeñable. La responsabilidad de la persona que sabe que la creación que ha dado al mundo es un instrumento de muerte. Es cierto que Kaláshnikov siempre ha sostenido que su intención al diseñarla fue defender a Rusia de la invasión nazi y que su invento había caído en malas manos. Las armas, en tanto que cosas, son éticamente indiferentes: son los hombres que las utilizan los que determinan la moralidad de su uso, pero un arma es una herramienta bélica, un medio que implica una renuncia implícita al diálogo para resolver los conflictos.

Blechtley Park (Foto: Blogs de El País)

Turing, el fino cerebro, el educado gentleman inglés, murió en extrañas circunstancias (suicidio o inexplicable accidente), después de haber sido apartado de todos los programas de seguridad militar y condenado por homosexual. La imagen de Turing mordiendo una manzana envenenada con cianuro evoca de inmediato la historia de Blancanieves filmada por Walt Disney y la malvada reina-bruja. Pero lo más sorprendente es que esa evocación corresponde a la realidad, porque el propio Turing sentía una fascinación especial por esa película con su figura de la manzana que entrega la malvada reina a Blancanieves. Queda en el aire la pregunta de si aquella manzana emponzoñada llegó a las manos de Turing por propia voluntad, por un accidente o incluso, por alguna mano externa.

Kaláshnikov, sin embargo, acaba de morir con todos los honores del Estado ruso, respetado y admirado por sus colegas nacionales y extranjeros, y probablemente recibirá una despedida oficial acorde con la importancia de su invento para la industria militar soviética y después rusa. Turing, sin embargo, sufrió una condena penal, una castración química y la ignominia pública por una condición sexual natural, la de ser homosexual. Siendo héroe de guerra al mismo título y con los mismos méritos, al menos, que Kaláshnikov, sufrió una verdadera purga y su figura se volvió de inmediato incómoda e insegura, por las sospechas de que pudiera revelar información sensible al enemigo, que en aquel entonces era ya la Unión Soviética.

Todas esas circunstancias, además del hecho de que ambos acontecimientos fueran noticia el mismo día, y que ese día no sea una fecha cualquiera, conforman una curiosa asimetría o disimetría. Símbolo de los prejuicios pasados y presentes. En la Gran Bretaña de los años 1950, ser homosexual era perseguido penalmente, además de ser socialmente infamante y lo suficientemente grave para hacer olvidar méritos como los que poseía ese gran matemático y criptoanalista que había salvado miles o millones de vidas en Europa. Curiosamente, si Turing viviera hoy en día en Rusia, sufriría la misma humillación pública y la misma pena. Sin embargo, en Gran Bretaña recibe ahora un perdón oficial que solo rehabilita parcialmente su memoria y que ya no podrá disfrutar en vida. Es sintomático que tras muchos esfuerzos, solo se haya logrado un perdón de la Reina para rehabilitar su figura. Lo realmente justo hubiera sido una anulación de la condena, el reconocimiento de la injusticia social que supuso, la petición de perdón por parte del Estado británico, la rehabilitación total y el reconocimiento como héroe. Incluso a finales de 2013, esta reparación en justicia resulta imposible de conseguir.

¿Qué habría pensado Turing de este perdón real tardío? ¿Qué habría sentido al contemplar su vida en comparación con la de Kaláshnikov? Es imposible saberlo, desde luego, pero me gustaría creer que, más allá de una pequeña amargura, Turing podría levantar ahora la cabeza con orgullo y sonreír con fina ironía británica al recordar el deber cumplido y la satisfacción íntima de la victoria final. Todos le debemos mucho. Al hacer un simple clic, estamos aprovechándonos de sus invenciones. Y se merece el mayor respeto.

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Para leer – Homenajes del año Turing:

Qué habría pasado si Turing no hubiera existido

Alan Turing y Claude Shannon: matemáticas para la informática

 

Nelson Mandela: un héroe de nuestro tiempo

Tengo gran cantidad de temas sobre los que escribir, pero en estos momentos se impone dedicar unas pocas palabras a un hombre excepcional.

Nelson Mandela joven (Foto: Correo del Orinoco)

Cuando hace solo un par de días que ha muerto Nelson Mandela a los 95 años de edad (como ya se ha señalado en muchos artículos, una edad absolutamente inusual para un luchador por la libertad), ha habido tantos testimonios sobre su trayectoria y su legado, sobre una trayectoria vital tan amplia y rica (que incluye varios hitos capitales de la historia mundial del siglo XX), que resulta difícil destacar un momento en particular entre todos ellos. Tampoco habría por qué, pero siento cierta necesidad, absolutamente subjetiva, de hacerlo para encontrar una clave que le defina y fije su figura. En mi opinión, quizás el momento en el que quedó reflejada la calidad humana de Mandela de un modo más imborrable fue un instante de tremenda dificultad personal en el que expresó los ideales fundamentales que le inspiraban y señaló el camino a seguir para él mismo y para todos los sudafricanos negros oprimidos por el brutal régimen del apartheid. Ese primer momento estelar en la biografía del gran Madiba fue el alegato que pronunció el 20 de abril de 1964 ante el Tribunal Supremo de Pretoria, justo antes de ser condenado a cadena perpetua, donde explicó su visión de una futura Sudáfrica y por qué recurrió a la violencia (una violencia limitada) para combatir el racismo.

La explicación razonada de por qué el ANC recurrió al sabotaje para combatir el apartheid y su análisis de la sociedad sudafricana bajo la supremacía blanca nos revelan a un estadista en ciernes, un futuro presidente como después sería en realidad. En aquel discurso, Mandela no solo explicaba y defendía su estrategia de lucha, sino que señalaba el camino que debería seguir el país para lograr una convivencia pacífica entre las razas. Mandela recordaba lo evidente a una minoría blanca que era incapaz de ver a la mayoría negra como iguales. Recordaba que los derechos humanos habían declarado la igualdad básica de todos los seres humanos sobre la tierra, que la educación era un pilar básico del desarrollo social y económico del país, que las condiciones de vida de la mayoría negra impedían de facto disfrutar de una vida plenamente humana. Y afirmaba con rotundidad que estaba dispuesto a vivir y morir por ese ideal:

Esto, por tanto, es contra lo que lucha el ANC. Su lucha es una auténtica lucha nacional. Es una lucha de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y su propia experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.

Es curioso imaginar que esta afirmación puede confundirse con una forma de fanatismo. Estar dispuesto a condicionar toda nuestra vida y morir por un ideal ha sido una de las marcas del fanatismo del siglo XX. Sin embargo, el ideal de Mandela se nos presenta de modo tan evidente como una cumbre moral a la que todos deberíamos aspirar, que se transforma de inmediato en un imperativo ético.

Nelson Mandela en 1937 (Foto: Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El alegato de Mandela permaneció sin una respuesta acorde con su altura de miras durante mucho tiempo. Durante 27 largos años, Mandela permaneció en su celda de Robben Island reflexionando sin desfallecer para encontrar vías de solución, siendo la inspiración silenciosa de la toma de conciencia de su pueblo para lograr la victoria sobre un gobierno injusto. Tal vez uno de sus mayores logros fue no perder la esperanza de que, en esas circunstancias tan desfavorables, pudiera asistir en vida a la caída del régimen de apartheid. Solo en 1990, el entonces presidente de Sudáfrica, F.W. de Klerk, se atrevió a hacer lo que todos sus antecesores habían evitado por odio o por miedo o por ambos: liberar por fin a Mandela y comenzar negociaciones para derogar el apartheid e instaurar una verdadera democracia en Sudáfrica. Pocos años después, en 1994, Mandela sería elegido presidente y Sudáfrica comenzó una nueva etapa en su historia, una etapa aún llena de problemas y desigualdades, pero infinitamente más justa que la anterior.

Nelson Mandela es “un héroe de nuestro tiempo” en un sentido tan poco lermontoviano que yo no podía sino hacer este juego de palabras para resaltarlo aún más. Mandela fue antirromántico en el sentido original del término, Mandela fue antinihilista, Mandela poseía una esperanza ilimitada en la vida, Mandela tenía un sentimiento profundo de hermandad e identificación con las demás personas. Al contrario que Pechorin y muchos otros héroes literarios nihilistas posteriores, Mandela es un verdadero héroe de nuestro tiempo, con todas las letras, uno de los héroes, de los líderes, que necesitamos.

Para ver, leer y escuchar

Artículo de Nadine Gordimer en The New Yorker

Serie de audios sobre Nelson Mandela en la NPR

La noche temática (RTVE): Nelson Mandela, en nombre de la libertad

Kennedy-Camus: dos hombres en la tormenta

En este mes de noviembre celebramos dos aniversarios contrapuestos: el aniversario del asesinato de John F. Kennedy (el día 22) y el aniversario del nacimiento de Albert Camus (el día 7). Un deceso y un nacimiento de dos hombres que, a simple vista, parecen tener poco en común. Kennedy nació en una familia opulenta, hijo de un banquero y político, el patriarca Joseph Kennedy, que educó a todos sus hijos varones para convertirse en presidentes de los Estados Unidos. Camus, por su parte, nació de una madre analfabeta en la Argelia ocupada, dentro de una familia muy pobre, huérfano de padre casi desde su nacimiento. Mientras John Kennedy creció en una familia amplia con muchos tíos y primos y gran cantidad de relaciones sociales que le permitió acceder a las mejores universidades y viajar por el mundo, Camus tuvo una infancia limitada por la pobreza y la imposibilidad de acceder a estudios superiores. Su escuela fue el fútbol, la militancia política y la amistad con escritores ya famosos. Sin embargo, ambos eran descendientes de emigrantes. Toda la familia Kennedy era de origen irlandés y Camus es hijo de franceses y españoles en la Argelia ocupada. En Francia era un extranjero y en Argelia, en ocasiones, un traidor.

Albert Camus (hoyesarte.com)

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero estos dos hombres atravesaron los acontecimientos más importantes del siglo XX y pertenecieron a la misma generación. Camus nació en 1913, mientras que Kennedy vino al mundo en 1917 y ambos murieron violentamente a la misma edad: 46 años. Otra nueva coincidencia en dos vidas tan aparentemente diferentes. Ambos vivieron durante el mismo periodo crucial de la historia, en el que actuaron desde dos países muy importantes para los acontecimientos de la época, y su talante posee también algunos paralelismos sorprendentes que los acercan. Ambos fueron hombres comprometidos con cierto ideal que podríamos llamar humanismo, por encima de las ideologías dominantes en su tiempo. Odio las mitificaciones y las adoraciones gratuitas, pero tanto Kennedy como Camus poseen características de visión intelectual y personalidad que los convierten en hombres absolutamente destacados y admirables en muchos sentidos.

John F. Kennedy

Después de haber leído y visto bastantes documentos acerca de la presidencia de Kennedy, tengo la impresión, cada día más fuerte, de que su asesinato, junto con los de Martin Luther King (al que ya le he dedicado un post aquí) y su hermano Robert en 1968, supuso el punto de inflexión que marcó la defunción de una verdadera democracia en Estados Unidos y, por extensión, en todo el mundo. Sin mitificar sus logros y sin olvidar sus errores (como el desembarco en Cuba), la serenidad y la claridad de pensamiento que Kennedy demostró, al resistir las fortísimas presiones del complejo militar-industrial para entrar en guerra con la Unión Soviética, merecen la admiración de las generaciones que ahora vivimos y que, tal vez, hubiéramos muerto pocos años después del final de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de las tensiones de la Guerra Fría, el mantenimiento de la paz a toda costa y la protección de los derechos civiles y humanos que promovió Kennedy desde la Casa Blanca le marca como uno de los estadistas más destacados de todos los tiempos. Esa actitud enraizada en convicciones morales le granjeó la enemistad de un sinnúmero de fuerzas malignas y poderosas. Esas fuerzas no son de origen demoníaco, se trata sencillamente de entidades como la mafia, los sindicatos corruptos de la época, los magnates petrolíferos, la CIA, el FBI, el castrismo o los mismos dirigentes soviéticos. El hecho de que 50 años después aún sea imposible saber quién apretó el gatillo (y quién lo ordenó) añade aún más carisma a su figura y demuestra que se trató de una oscura conspiración, una conjura que consiguió torcer el curso de la historia.

Albert Camus no tuvo ningún poder directo en las decisiones gubernamentales de su país ni de Estados Unidos, por supuesto. Pero su figura se agranda a partir de su actividad política (por poco tiempo en el Partido Comunista francés y después como miembro de la Resistencia) y, sobre todo, periodística y literaria. El hecho de que su primera novela “El extranjero” (que también debería traducirse como “El extraño” o “El outsider”) sea uno de los libros más leídos por todos los jóvenes del mundo, o que ensayos como “El hombre rebelde” sigan aún casi extrañamente vigentes (como si se hubieran escrito ayer), demuestra el poder del pensamiento libre y su capacidad para mover espíritus en un sentido profundamente humano. Mientras que Kennedy pudo actuar directamente en política a partir de su formación académica, Camus influyó a través de la difusión periodística y literaria de conceptos básicos acerca del lugar de los seres humanos en el mundo, sobre el absurdo de la condición humana y la posibilidad de construir un mundo mejor y alcanzar la felicidad. Como amigo y adversario de Sartre, la importancia de Camus va ganando fuerza cuando comparamos las opiniones de ambos acerca de algunos acontecimientos clave del siglo XX. Camus fue, por ejemplo, el primer intelectual en condenar sin ambages la bomba atómica sobre Hiroshima, símbolo del nacimiento del mayor peligro para la humanidad entera: la posibilidad de nuestra destrucción total. Camus nos advirtió sobre la verdadera naturaleza totalitaria del estalinismo y la política soviética en Europa del Este. Frente a los juicios basados en las ideologías, que fueron uno de los mayores déficits del siglo XX, Camus siempre afirmó la primacía del ser humano como tal. En nuestra época de crisis brutal y ataques constantes a los fundamentos democráticos que convirtieron a Europa y Estados Unidos, durante un breve periodo, en sociedades más admirables e imitables que las demás, el legado de Camus sigue siendo un faro en medio de la tormenta.

En estas últimas semanas he visto decenas de veces la breve filmación tomada por el aficionado Zapruder que muestra el brutal asesinato de John Kennedy, hasta el fatídico fotograma número 313 en el que su cerebro estalla ante su esposa aterrorizada; he visto varios documentales en los que aparece en numerosas reuniones familiares desde su adolescencia hasta su edad adulta y le he escuchado hablar en ruedas de prensa originales de la época respondiendo por sus decisiones en la crisis de los misiles de Cuba, sobre la guerra de Vietnam o el problema de Berlín Occidental. De Albert Camus existen, sin embargo, muchas menos imágenes y testimonios orales, y ninguna imagen del accidente de automóvil que le costó la vida (solo de su coche destrozado). Pero a pesar de las grandes diferencias, a pesar de la parquedad de las imágenes de Camus frente a la abundancia casi lujuriosa de filmaciones de Kennedy, sus vidas fueron existencias paralelas de dos hombres que actuaron y dejaron una huella imborrable en su tiempo. Dos seres humanos inmersos en la misma vorágine que supieron navegar a su través para dejarnos un legado indeleble. Precisamente ahora necesitamos líderes, hombres y mujeres, que puedan tener esa misma visión, aumentada por la experiencia y la comprensión profunda de la historia, que nos guíen a buen puerto a través de una tormenta igualmente oscura y, quizás, aún más decisiva.

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Aquí he recopilado algunos testimonios interesantes que nos acercan sus figuras y algunas de las frases más conocidas de ambos:

John F. Kennedy

John Kennedy

Programación especial de TVE en el 50 aniversario del asesinato

Algunas citas escogidas

“Los que hacen imposible una revolución pacífica, harán inevitable una revolución violenta.”

“La educación es la clave del futuro. La clave del destino del hombre y de su posibilidad de actuar en un mundo mejor.”

“Debe ser posible, a corto plazo, que todo estadounidense pueda disfrutar de los privilegios de ser estadounidense sin importar su raza o color. A corto plazo, todo estadounidense debe tener el derecho de ser tratado como le gustaría ser tratado, como a uno le gustaría que trataran a sus hijos.”

Albert Camus

Frases famosas de Albert Camus

Camus en France Culture:

Camus : l’Histoire au Présent (1)

Camus : l’Histoire au Présent (2)

Algunas citas escogidas

“Amo demasiado a mi país para ser nacionalista.”

“Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie.”

“Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo.”

“Hay una ambición que deberían tener todos los escritores: ser testigos y gritar cada vez que se pueda y en la medida de nuestro talento, por quienes se hallan en servidumbre”

“La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.”

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.”

“Me rebelo, luego somos” (El hombre rebelde)

“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”

“No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar.”

Soñar el sueño: Martin Luther King

El reverendo Martin Luther King

Hace unos días conmemoramos el 50 aniversario del histórico discurso de Martin Luther King en la Marcha sobre Washington. Pocas veces en la historia ha conseguido un texto alcanzar una categoría tal de fecundidad y permanecer en la memoria colectiva como este. Es un discurso bastante breve que no ocupa más de 6 páginas y, sin embargo, se estudia como un modelo en las universidades americanas y de medio mundo. Pero creo que fuera de estas instituciones, pocas personas, por lo menos en España, se han detenido un minuto a leer esas 6 cuartillas en las que están condensados pensamientos básicos. Desde un punto de vista literario, sus metáforas quizás no sean las más originales ni innovadoras, pero un breve análisis revela que giran sobre una sola categoría temática: la naturaleza. Luther King habla del agua, el viento, las corrientes, el cielo y el mar para ofrecer una visión muy concreta y comprensible de los conceptos, también extremadamente simples, que pretende transmitir. Nos dice, en esencia, que está dentro de la naturaleza, la planetaria terráquea y la humana, que todos los hombres son hermanos e iguales. Y por esa simple razón, todas las leyes discriminatorias, todas las resistencias a la igualdad, toda la represión y falta de reconocimiento de los derechos de los negros (sí, porque él utiliza sin eufemismos el término racial más definitorio: “Negro”, en inglés) son antinaturales y van contra los fundamentos mismos de la naturaleza humana. En ese contexto se instala su famoso sueño, el sueño de hermandad e igualdad al que su fe le dirige. Uno podrá o no compartir su fe y su credo religiosos, pero deberá estar de acuerdo, desde la perspectiva kantiana de que todo hombre lleva en su interior el fundamento moral, en que sus palabras se acercan tanto a la verdad objetiva como es posible en este planeta habitado por estos seres humanos que somos. Y su visión de ese sueño es una visión inspiradora, que da calor al alma, que anima a vivir y seguir luchando por esos principios irrenunciables, siempre desde la perspectiva de la no violencia, pues Luther King entronca con la tradición de Ghandi y rechaza responder con violencia a la “brutalidad policial”. Luther King no huye de definiciones directas de la violencia institucional como esta, ni de descripciones de la situación de los negros en los estados del sur donde hay leyes injustas, gobernadores injustos y sociedades injustas y segregacionistas. Ese sueño es el que inspira y alimenta la esperanza.

En la España de 2013, profundamente deprimida por la crisis económica, social y política que padecemos, quisiera que la lectura del discurso de Martin Luther King nos inspirara también a contagiarnos del entusiasmo que destilaba ese discurso y la multitudinaria marcha en la que se pronunció. Ojalá pudiéramos encontrar en el fondo de nuestra mente y recrear ese estado de animo y esa pasión colectiva para luchar por lo que es justo y necesario, contra una corrupción y un cáncer político que está destruyendo los fundamentos de una democracia posible. Ahora es necesario superar este desánimo permanente que es el mayor enemigo del cambio que debe sobrevenir para que consigamos reconducir la mala tendencia de estos tiempos, que es perder derechos en vez de ganarlos, que es aumentar la opresión en vez de disminuirla, que es intensificar la violencia desde las élites económicas hacia las clases desfavorecidas en vez de reducirla. Porque se ha roto el contrato social que parecía establecido e inamovible en las sociedades occidentales, sobre todo las europeas.

Cuando leo el discurso de Luther King aquí, por ejemplo, me cura de mi marcada tendencia a desconfiar del poder de un texto, literario o no, en el mundo que habitamos. Tras todas las convulsiones del siglo XX, la ironía e incluso el cinismo contemporáneo, el descrédito profundo de las ideologías, el cansancio de y la desconfianza en las revoluciones fallidas o secuestradas, las guerras mundiales, el holocausto y los genocidios repetidos: tras todo esto el texto, cualquier texto, aparece como un inerme bebé perdido en la selva virgen del mundo. Sometido a todos los peligros, el texto parece carecer de la mínima fuerza para afirmarse e incluso sobrevivir en ese mundo, menos aún para lograr ninguna repercusión. Y sin embargo, existen textos que rodeados por algunas circunstancias favorables consiguen no solo sobrevivir, sino adquirir la fuerza de un cataclismo natural. Precisamente como Luther King soñaba.

El Lorraine Motel, donde Martin Luther King fue asesinado

Durante todo el siglo XX, el debate acerca de la fuerza real de la palabra escrita y la literatura ha pasado por muchas vicisitudes. Uno de los más arduos defensores del poder del texto y la necesidad del compromiso social fue Jean-Paul Sartre. En su autobiografía Las palabras escribe sobre su tarea de escritor:

“Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

En un hombre tan combativo como Sartre, estas palabras parecen la constatación de un fracaso, pero el discurso de Luther King nos demuestra justamente lo contrario: incluso tras su temprana muerte a manos de un fanático, sus palabras permanecen y su sueño está a punto de hacerse realidad.

Durante todo el siglo XX, el arte, sobre todo la literatura y el cine estadounidenses, reflejaron la evolución del estatus social y la imagen de los negros americanos. Desde grandes novelas como las de Chester Himes, Harper Lee, Toni Morrison, Alice Walker o Elmore Leonard. Desde films plenamente racistas como The Birth of a Nation, pasando por películas en las que los negros representaban únicamente roles de chachas o jardineros, o los primeros roles de protagonistas afroamericanos como Sidney Poitier, hasta las películas de Blaxploitation o las originales visiones de Spike Lee. He aquí una pequeña selección de algunas obras imprescindibles.

OBRAS SOBRE CUESTIONES RACIALES EN EE.UU.

Sula de Toni Morrison (1973)

Loving Her de Ann Allen Shockley (1974)

Meridian de Alice Walker (1976)

The Birth of a Nation de D.W. Griffith (adaptación de la novela The Clansman de Thomas Dixon)

Hearts in Dixie de Stepin Fetchit

Hallelujah (1929, primer film sonoro con protagonistas afroamericanos)

Gone with the Wind de Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood (basada en la novela de Margaret Mitchell)

Matar un ruiseñor de Robert Mulligan (basada en la novela de Harper Lee):

In the Heat of the Night de Norman Jewison con Sidney Poitier

Cotton Comes to Harlem de Ossie Davis (basado en la novela de Chester Himes)

Blaxploitation http://en.wikipedia.org/wiki/Blaxploitation

Jackie Brown de Quentin Tarantino con Pam Grier (adaptación de la novela Rum Punch de Elmore Leonard)

Do the Right Thing de Spike Lee

Mississippi Burning de Alan Parker

The Hurricane (Huracán Carter) de Norman Jewison