Nelson Mandela: un héroe de nuestro tiempo

Tengo gran cantidad de temas sobre los que escribir, pero en estos momentos se impone dedicar unas pocas palabras a un hombre excepcional.

Nelson Mandela joven (Foto: Correo del Orinoco)

Cuando hace solo un par de días que ha muerto Nelson Mandela a los 95 años de edad (como ya se ha señalado en muchos artículos, una edad absolutamente inusual para un luchador por la libertad), ha habido tantos testimonios sobre su trayectoria y su legado, sobre una trayectoria vital tan amplia y rica (que incluye varios hitos capitales de la historia mundial del siglo XX), que resulta difícil destacar un momento en particular entre todos ellos. Tampoco habría por qué, pero siento cierta necesidad, absolutamente subjetiva, de hacerlo para encontrar una clave que le defina y fije su figura. En mi opinión, quizás el momento en el que quedó reflejada la calidad humana de Mandela de un modo más imborrable fue un instante de tremenda dificultad personal en el que expresó los ideales fundamentales que le inspiraban y señaló el camino a seguir para él mismo y para todos los sudafricanos negros oprimidos por el brutal régimen del apartheid. Ese primer momento estelar en la biografía del gran Madiba fue el alegato que pronunció el 20 de abril de 1964 ante el Tribunal Supremo de Pretoria, justo antes de ser condenado a cadena perpetua, donde explicó su visión de una futura Sudáfrica y por qué recurrió a la violencia (una violencia limitada) para combatir el racismo.

La explicación razonada de por qué el ANC recurrió al sabotaje para combatir el apartheid y su análisis de la sociedad sudafricana bajo la supremacía blanca nos revelan a un estadista en ciernes, un futuro presidente como después sería en realidad. En aquel discurso, Mandela no solo explicaba y defendía su estrategia de lucha, sino que señalaba el camino que debería seguir el país para lograr una convivencia pacífica entre las razas. Mandela recordaba lo evidente a una minoría blanca que era incapaz de ver a la mayoría negra como iguales. Recordaba que los derechos humanos habían declarado la igualdad básica de todos los seres humanos sobre la tierra, que la educación era un pilar básico del desarrollo social y económico del país, que las condiciones de vida de la mayoría negra impedían de facto disfrutar de una vida plenamente humana. Y afirmaba con rotundidad que estaba dispuesto a vivir y morir por ese ideal:

Esto, por tanto, es contra lo que lucha el ANC. Su lucha es una auténtica lucha nacional. Es una lucha de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y su propia experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.

Es curioso imaginar que esta afirmación puede confundirse con una forma de fanatismo. Estar dispuesto a condicionar toda nuestra vida y morir por un ideal ha sido una de las marcas del fanatismo del siglo XX. Sin embargo, el ideal de Mandela se nos presenta de modo tan evidente como una cumbre moral a la que todos deberíamos aspirar, que se transforma de inmediato en un imperativo ético.

Nelson Mandela en 1937 (Foto: Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El alegato de Mandela permaneció sin una respuesta acorde con su altura de miras durante mucho tiempo. Durante 27 largos años, Mandela permaneció en su celda de Robben Island reflexionando sin desfallecer para encontrar vías de solución, siendo la inspiración silenciosa de la toma de conciencia de su pueblo para lograr la victoria sobre un gobierno injusto. Tal vez uno de sus mayores logros fue no perder la esperanza de que, en esas circunstancias tan desfavorables, pudiera asistir en vida a la caída del régimen de apartheid. Solo en 1990, el entonces presidente de Sudáfrica, F.W. de Klerk, se atrevió a hacer lo que todos sus antecesores habían evitado por odio o por miedo o por ambos: liberar por fin a Mandela y comenzar negociaciones para derogar el apartheid e instaurar una verdadera democracia en Sudáfrica. Pocos años después, en 1994, Mandela sería elegido presidente y Sudáfrica comenzó una nueva etapa en su historia, una etapa aún llena de problemas y desigualdades, pero infinitamente más justa que la anterior.

Nelson Mandela es “un héroe de nuestro tiempo” en un sentido tan poco lermontoviano que yo no podía sino hacer este juego de palabras para resaltarlo aún más. Mandela fue antirromántico en el sentido original del término, Mandela fue antinihilista, Mandela poseía una esperanza ilimitada en la vida, Mandela tenía un sentimiento profundo de hermandad e identificación con las demás personas. Al contrario que Pechorin y muchos otros héroes literarios nihilistas posteriores, Mandela es un verdadero héroe de nuestro tiempo, con todas las letras, uno de los héroes, de los líderes, que necesitamos.

Para ver, leer y escuchar

Artículo de Nadine Gordimer en The New Yorker

Serie de audios sobre Nelson Mandela en la NPR

La noche temática (RTVE): Nelson Mandela, en nombre de la libertad

Kennedy-Camus: dos hombres en la tormenta

En este mes de noviembre celebramos dos aniversarios contrapuestos: el aniversario del asesinato de John F. Kennedy (el día 22) y el aniversario del nacimiento de Albert Camus (el día 7). Un deceso y un nacimiento de dos hombres que, a simple vista, parecen tener poco en común. Kennedy nació en una familia opulenta, hijo de un banquero y político, el patriarca Joseph Kennedy, que educó a todos sus hijos varones para convertirse en presidentes de los Estados Unidos. Camus, por su parte, nació de una madre analfabeta en la Argelia ocupada, dentro de una familia muy pobre, huérfano de padre casi desde su nacimiento. Mientras John Kennedy creció en una familia amplia con muchos tíos y primos y gran cantidad de relaciones sociales que le permitió acceder a las mejores universidades y viajar por el mundo, Camus tuvo una infancia limitada por la pobreza y la imposibilidad de acceder a estudios superiores. Su escuela fue el fútbol, la militancia política y la amistad con escritores ya famosos. Sin embargo, ambos eran descendientes de emigrantes. Toda la familia Kennedy era de origen irlandés y Camus es hijo de franceses y españoles en la Argelia ocupada. En Francia era un extranjero y en Argelia, en ocasiones, un traidor.

Albert Camus (hoyesarte.com)

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero estos dos hombres atravesaron los acontecimientos más importantes del siglo XX y pertenecieron a la misma generación. Camus nació en 1913, mientras que Kennedy vino al mundo en 1917 y ambos murieron violentamente a la misma edad: 46 años. Otra nueva coincidencia en dos vidas tan aparentemente diferentes. Ambos vivieron durante el mismo periodo crucial de la historia, en el que actuaron desde dos países muy importantes para los acontecimientos de la época, y su talante posee también algunos paralelismos sorprendentes que los acercan. Ambos fueron hombres comprometidos con cierto ideal que podríamos llamar humanismo, por encima de las ideologías dominantes en su tiempo. Odio las mitificaciones y las adoraciones gratuitas, pero tanto Kennedy como Camus poseen características de visión intelectual y personalidad que los convierten en hombres absolutamente destacados y admirables en muchos sentidos.

John F. Kennedy

Después de haber leído y visto bastantes documentos acerca de la presidencia de Kennedy, tengo la impresión, cada día más fuerte, de que su asesinato, junto con los de Martin Luther King (al que ya le he dedicado un post aquí) y su hermano Robert en 1968, supuso el punto de inflexión que marcó la defunción de una verdadera democracia en Estados Unidos y, por extensión, en todo el mundo. Sin mitificar sus logros y sin olvidar sus errores (como el desembarco en Cuba), la serenidad y la claridad de pensamiento que Kennedy demostró, al resistir las fortísimas presiones del complejo militar-industrial para entrar en guerra con la Unión Soviética, merecen la admiración de las generaciones que ahora vivimos y que, tal vez, hubiéramos muerto pocos años después del final de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de las tensiones de la Guerra Fría, el mantenimiento de la paz a toda costa y la protección de los derechos civiles y humanos que promovió Kennedy desde la Casa Blanca le marca como uno de los estadistas más destacados de todos los tiempos. Esa actitud enraizada en convicciones morales le granjeó la enemistad de un sinnúmero de fuerzas malignas y poderosas. Esas fuerzas no son de origen demoníaco, se trata sencillamente de entidades como la mafia, los sindicatos corruptos de la época, los magnates petrolíferos, la CIA, el FBI, el castrismo o los mismos dirigentes soviéticos. El hecho de que 50 años después aún sea imposible saber quién apretó el gatillo (y quién lo ordenó) añade aún más carisma a su figura y demuestra que se trató de una oscura conspiración, una conjura que consiguió torcer el curso de la historia.

Albert Camus no tuvo ningún poder directo en las decisiones gubernamentales de su país ni de Estados Unidos, por supuesto. Pero su figura se agranda a partir de su actividad política (por poco tiempo en el Partido Comunista francés y después como miembro de la Resistencia) y, sobre todo, periodística y literaria. El hecho de que su primera novela “El extranjero” (que también debería traducirse como “El extraño” o “El outsider”) sea uno de los libros más leídos por todos los jóvenes del mundo, o que ensayos como “El hombre rebelde” sigan aún casi extrañamente vigentes (como si se hubieran escrito ayer), demuestra el poder del pensamiento libre y su capacidad para mover espíritus en un sentido profundamente humano. Mientras que Kennedy pudo actuar directamente en política a partir de su formación académica, Camus influyó a través de la difusión periodística y literaria de conceptos básicos acerca del lugar de los seres humanos en el mundo, sobre el absurdo de la condición humana y la posibilidad de construir un mundo mejor y alcanzar la felicidad. Como amigo y adversario de Sartre, la importancia de Camus va ganando fuerza cuando comparamos las opiniones de ambos acerca de algunos acontecimientos clave del siglo XX. Camus fue, por ejemplo, el primer intelectual en condenar sin ambages la bomba atómica sobre Hiroshima, símbolo del nacimiento del mayor peligro para la humanidad entera: la posibilidad de nuestra destrucción total. Camus nos advirtió sobre la verdadera naturaleza totalitaria del estalinismo y la política soviética en Europa del Este. Frente a los juicios basados en las ideologías, que fueron uno de los mayores déficits del siglo XX, Camus siempre afirmó la primacía del ser humano como tal. En nuestra época de crisis brutal y ataques constantes a los fundamentos democráticos que convirtieron a Europa y Estados Unidos, durante un breve periodo, en sociedades más admirables e imitables que las demás, el legado de Camus sigue siendo un faro en medio de la tormenta.

En estas últimas semanas he visto decenas de veces la breve filmación tomada por el aficionado Zapruder que muestra el brutal asesinato de John Kennedy, hasta el fatídico fotograma número 313 en el que su cerebro estalla ante su esposa aterrorizada; he visto varios documentales en los que aparece en numerosas reuniones familiares desde su adolescencia hasta su edad adulta y le he escuchado hablar en ruedas de prensa originales de la época respondiendo por sus decisiones en la crisis de los misiles de Cuba, sobre la guerra de Vietnam o el problema de Berlín Occidental. De Albert Camus existen, sin embargo, muchas menos imágenes y testimonios orales, y ninguna imagen del accidente de automóvil que le costó la vida (solo de su coche destrozado). Pero a pesar de las grandes diferencias, a pesar de la parquedad de las imágenes de Camus frente a la abundancia casi lujuriosa de filmaciones de Kennedy, sus vidas fueron existencias paralelas de dos hombres que actuaron y dejaron una huella imborrable en su tiempo. Dos seres humanos inmersos en la misma vorágine que supieron navegar a su través para dejarnos un legado indeleble. Precisamente ahora necesitamos líderes, hombres y mujeres, que puedan tener esa misma visión, aumentada por la experiencia y la comprensión profunda de la historia, que nos guíen a buen puerto a través de una tormenta igualmente oscura y, quizás, aún más decisiva.

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Aquí he recopilado algunos testimonios interesantes que nos acercan sus figuras y algunas de las frases más conocidas de ambos:

John F. Kennedy

John Kennedy

Programación especial de TVE en el 50 aniversario del asesinato

Algunas citas escogidas

“Los que hacen imposible una revolución pacífica, harán inevitable una revolución violenta.”

“La educación es la clave del futuro. La clave del destino del hombre y de su posibilidad de actuar en un mundo mejor.”

“Debe ser posible, a corto plazo, que todo estadounidense pueda disfrutar de los privilegios de ser estadounidense sin importar su raza o color. A corto plazo, todo estadounidense debe tener el derecho de ser tratado como le gustaría ser tratado, como a uno le gustaría que trataran a sus hijos.”

Albert Camus

Frases famosas de Albert Camus

Camus en France Culture:

Camus : l’Histoire au Présent (1)

Camus : l’Histoire au Présent (2)

Algunas citas escogidas

“Amo demasiado a mi país para ser nacionalista.”

“Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie.”

“Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo.”

“Hay una ambición que deberían tener todos los escritores: ser testigos y gritar cada vez que se pueda y en la medida de nuestro talento, por quienes se hallan en servidumbre”

“La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.”

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.”

“Me rebelo, luego somos” (El hombre rebelde)

“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”

“No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar.”

El misterio Clarice Lispector

Aprovechando la publicación en España de dos volúmenes principales de la obra de Clarice Lispector (Cuentos reunidos y La pasión según G.H.) en la magnífica Biblioteca Lispector por su editorial de siempre, Siruela, os presento una pequeña joya y dejo plasmada la impresión, duradera e intensa, que ha causado en mí la lectura de esta autora, genial y demasiado desconocida. Una referencia en un texto de Félix Romeo me puso sobre la pista de Clarice Lispector en internet. La primera vez que escuché el extraño y sonoro nombre de Lispector fue en los últimos años de universidad, recomendada, bien curiosamente, por una profesora de literatura alemana. Desgraciadamente, no la leí en aquel momento y su nombre quedó sepultado entre las obligaciones de lectura y la falta crónica de tiempo para hacer todo lo que cada uno de nosotros se propone en la vida. Años después leí Cerca del corazón salvaje y desde entonces Clarice Lispector ha sido uno de esos autores que se conservan durante años en el recuerdo y a los que se vuelve una y otra vez para releer los pasajes de sus obras. En mi caso, solo autores como Borges, Proust, Shakespeare o Dostoievski generan una necesidad tan intensa de relectura.

Cerca del corazón salvaje de Clarice Lispector

Hasta ahora no se me había ocurrido la posibilidad de encontrar algún testimonio videográfico de ella en la red, pero ahí está: una larga entrevista en la televisión brasileña que se puede ver gratis en YouTube, una de las grandes ventajas de nuestro mundo interconectado. Hace tan sólo unos años, conseguir acceso a esta joya habría sido una tarea ímproba. Probablemente habría sido necesario viajar a Brasil e investigar en bibliotecas, hemerotecas o filmotecas para encontrarla. La importancia del documento es mayor por varias circunstancias. La conversación es en portugués, pero creo que cualquier hispanohablante puede entenderla si presta atención. Clarice Lispector nunca fue dada a las entrevistas, siempre guardó su intimidad como algo precioso. Y además, la entrevista, concedida a Junio Lerner para el programa “Panorama”, fue emitida el 1 de febrero de 1977, pocos meses antes de que muriera prematuramente de un cáncer, con tan sólo 57 años. En aquella época, un diagnóstico de cáncer, además de un tabú impronunciable, era casi una sentencia de muerte a un plazo que solía ser bastante breve. La comprensión de los mecanismos de la enfermedad era muy limitada y los tratamientos para vencerla más agresivos que la misma enfermedad. En un sentido, los tratamientos contra el cáncer siguen siendo igual de agresivos, pero la tasa de supervivencia ha mejorado mucho. Debido a la fecha de la entrevista, Lispector debía estar ya en fase terminal, por lo que cada una de sus palabras adquiere una importancia particular. La entrevista está dividida en varias partes. Cuelgo aquí sólo la primera parte, las demás aparecerán como sugerencias al terminar de verla. No soy mitómano, pero la expresión de Lispector en este documento me impresiona: posee la mirada hierática y directa de alguien acostumbrado a contemplar abismos, aunque sean solo interiores y lo parezcan menos. Es una sensación engañosa. También afecta, conociendo su belleza (impresionante en su juventud), constatar las huellas del cansancio y la enfermedad que la estaban minando, tal vez dándose cuenta de ello pero tratando de obviarlo hasta el momento final. Pero, sobre todo, lo que queda flotando poderosamente después de verla es el tono, al mismo tiempo firme e imbuido de humildad, de sus palabras.

Clarice Lispector no se consideraba una escritora profesional, a pesar de haber publicado bastantes novelas, libros de relatos e incluso libros para niños. Pero se definía como una amateur porque deseaba, ante todo, mantener la libertad de escribir o de no escribir. Esta actitud fundamental explica su relación de amor voluntario con la escritura. Para ella, escribir era una necesidad a la que, paradójicamente, podía renunciar. Pero, al mismo tiempo, en las largas épocas en las que dice no sentirse capaz de escribir, en los tiempos en los que la vida le resulta demasiado dura, siente que está muerta. Porque, desde muy pequeña, pensaba que vivía en una especie de historia interminable. Clarice reconoce que esta relación suya con la actividad de narrar es muy compleja y que no puede explicarla cabalmente. Pero tiene la conciencia nítida de que empezó a escribir desde que aprendió a leer. Más tarde, durante la adolescencia, recuerda que era muy caótica y vivía completamente fuera de la realidad. Puedo identificarme fácilmente con ese estado de conciencia. Como complemento a las palabras de Lispector, el programa que rescata la entrevista nos ofrece las declaraciones de su biógrafa, Nádia Battela Gotlib. Me quedo con su observación de que los personajes de Lispector son una cosa y a la vez la contraria. Añado que sus escritos están plenos de dicotomías amor-odio, de contradicciones tan abstrusas que acaban desembocando en síntesis imposibles o en negaciones que nos colocan ante la tesitura de volver a empezar, de sentir y reflexionar de nuevo todas las emociones para intentar desentrañar y diferenciar la verdad última de todo lo que le es accesorio. Tarea imposible, agotadora, pero necesaria. Intento de desentrañar el mundo desde la individualidad más íntima. Y también me deslumbra que, dentro de las dicotomías en las que parecía desenvolverse, Lispector siempre mantiene una extraña y particular posición como lectora de sus propias obras. Muchos escritores se desvinculan de su obra cuando ya está publicada, porque ya no les pertenece, pero Clarice parecía leer sus obras con extrañeza y en ocasiones no comprendía lo que ella misma había escrito anteriormente. En la entrevista menciona expresamente el caso de El huevo y la gallina, un cuento (perteneciente a su colección Felicidad clandestina) que seguía intrigándola poco antes de su propia muerte y del que admite abiertamente no saber en último término qué quería decir con él. Una frase suya lo resume bien:

“O bom de escrever é que nao sei o que vou escrever na proxima linha. Eu queria saber o que pretendem de mim os meus livros…”
[Lo bueno de escribir es que no sé lo que voy a escribir en la próxima línea. Quisiera saber qué pretenden de mí mis libros...]

Esta sensación de profunda extrañeza, unida a la certeza de encontrarme ante una obra excepcional, es la que también ha prevalecido siempre en mí al leerla. Es como si el lector se viera obligado a duplicar el desconcierto de la propia autora, envuelto en una escritura que lo zarandea con su no-estilo. Es quizás uno de los escritores, hombres o mujeres, que menos he podido comprender, dándose la paradoja de que la mayor lección que podamos extraer de ella es precisamente la imposibilidad de comprender, al mismo tiempo que hemos de reconocer el inmenso talento de su arte. Como muestra ínfima y pequeño homenaje, recuerdo especialmente un pasaje de Cerca del corazón salvaje que ilustra de modo ejemplar la lucha intrínseca de ideas contrapuestas o incluso contradictorias en ella:

“Recostó la cabeza en su pecho, y allí latía un corazón. Pensó: incluso así, a pesar de la muerte, algún día le dejaré. Conocía bien el pensamiento que podría llegarle, fortaleciéndola, si antes de dejarlo se conmoviera: ‘Arrojé todo lo que podría tener. No le odio, no le desprecio. ¿Por qué buscarle, aunque lo ame? No me gusto hasta el punto de que me gusten las cosas que me gustan. Amo más lo que quiero que a mí misma’. Sin embargo, sabía que la verdad podía estar igualmente en lo contrario de lo que pensaba.” (“Cerca del corazón salvaje”, traducción de Basilio Losada, ediciones Siruela).

Después de un párrafo como este, solo es posible replicar con una frase: “The rest is silence”…

Lampedusa: el lugar de la vergüenza europea

Ataúdes alineados tras la tragedia en Lampedusa

A mi padre

Se cometen millones de injusticias en el mundo, y uno no tiene tiempo de dedicarles las palabras que todas y cada una de ellas merecen. Es duro verse obligado a estar tan indignado. Es uno de los mayores males de los tiempos que vivimos. Esta necesidad de estar siempre muy cabreado con todo lo que ocurre. ¡Pero son tantas cosas…! En estas semanas han ocurrido graves sucesos, pero uno de los más dolorosos es la muerte de un número aún indeterminado (varios cientos, probablemente) de inmigrantes africanos en un naufragio frente a la tristemente célebre isla de Lampedusa. Unos pocos días después, la tragedia ha vuelto a repetirse sin que la UE haya conseguido ponerse de acuerdo en una solución para los refugiados. En este blog, que se ocupa fundamentalmente de literatura y arte, no puedo dejar pasar esta clase de sucesos sin escribir sobre ellos, porque creo que una de las misiones del intelectual y del escritor en los tiempos que corren es la necesidad de abandonar los artificios metaliterarios meramente postmodernistas y vacíos de contenido y retomar una mayor implicación en la realidad. Me refiero al artificio como disfraz de la vacuidad, no a las estrategias estéticas de construcción del relato, evidentemente. Esto puede hacerse sin recurrir a un realismo trasnochado. Ha llegado el momento de dejar de construir castillos literarios en el aire y bajar a la arena social.

En Lampedusa se ha materializado un horror que tiene que narrarse, que debe analizarse, que ha de expresarse de muchas maneras para que escape al olvido. Y para que sea posible evitarlo en el futuro, para siempre. El olvido es la condición necesaria para la repetición de los mismos errores. El desprecio de la memoria, es decir, por deducción: el menosprecio de la historia, lleva a su repetición. Hace poco, la lectura de un libro de historia: Continente salvaje de Keith Lowe, volvió a recordármelo. Europa fue hace muy poco mucho más salvaje que lo que hoy creemos los europeos que es África (subrayo la palabra “creemos”). Hace solo 70 años, los europeos soportaron una miseria mucho mayor en un continente arrasado por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, el nazismo, el estalinismo, la difícil constitución de nuevas naciones y el choque brutal de tantas etnias desplazadas. Durante años después de la guerra, la palabra venganza, como bien dice Lowe, es el término que mejor describe lo que ocurrió en Europa. Y en los siglos anteriores, Europa fue el continente de la guerra perpetua, de los antagonismos incesantes, de los choques de naciones imperialistas y el auge de los Estados-Nación. Pero los pocos años de progreso, democracia e igualdad social relativa que siguieron a esa catástrofe han sedado nuestras conciencias. La casa confortable y el coche veloz nos devoran las neuronas, reblandecen nuestra agudeza mental y destruyen las ansias de libertad y justicia. La comodidad del hogar nos ha borrado la memoria como si nos hubieran pasado papel de lija por el cerebro. Eso es precisamente lo peor, lo rápida y fácilmente que se olvida el pasado y lo aceleradamente que se dejan a un lado sus enseñanzas. El mismo progreso social de las famosas clases medias ha sido la semilla del conformismo que ha despertado el colmillo despiadado del capitalismo global. Las clases medias sedadas y engañadas han sido presa fácil para la ambición de beneficios de un capitalismo cuyo ADN es contrario a la justicia.

Y como ha demostrado Zygmunt Bauman en libros como Modernidad líquida, La sociedad individualizada, Miedo líquido o Tiempos líquidos, en esa sociedad licuada, fluida y tecnológica en la que todas las certezas se diluyen, ese capitalismo global ha creado unos “desperdicios humanos” (este es el término usado por Bauman) que ya no pueden confinarse en lugares alejados de la metrópoli. Esos desplazados, desechados, olvidados, ninguneados son los que han muerto en Lampedusa y mueren en Algeciras, en Nuevo México y en todas las fronteras que separan países ricos de países pobres. Pero la sedación y la indiferencia europeas producen estados de locura colectiva cuando se despierta inesperadamente a los individuos: las clases medias y trabajadoras empiezan a caer en el populismo cuando ven amenazados sus derechos y también echan la culpa a los “desperdicios humanos”.

En Lampedusa se ha demostrado el profundo daño a la esencia humana que representa esa indiferencia. La empatía es lo que nos hace humanos. La indiferencia es la tiña social de la ética. Los seres humanos indiferentes hacia los sufrimientos de los que son como ellos, se convierten en unos animales mucho más crueles que los que llamamos salvajes. Esa clase de indiferencia es lo más cercano a lo que describe otra frase famosa, esta vez de Hannah Arendt: la banalidad del mal. La indiferencia europea, su inacción, su incapacidad repetida e insoluble para adoptar acuerdos (el último hace solo dos días y después de la tragedia, con los cuerpos aún calientes) es la misma banalidad del mal de un Adolf Eichmann en el Holocausto: es la indiferencia que mira para otro lado cuando alguien sufre una desgracia y tiene la certeza de que esa actitud significa la condenación del otro. Es una actitud culpable, más allá de las leyes vigentes.

Hace poco publiqué un post sobre Martin Luther King. El gran luchador por los derechos civiles lo expresó de modo similar:

“Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos.”.

La isla de Lampedusa pertenece geográficamente a África, forma parte de África, no de Europa; por eso, además de por la razón evidente de que es la posesión europea (italiana) más meridional y sirve de acceso a la ansiada Europa, por esa razón primordial recibe una avalancha continua de inmigrantes. Pero Lampedusa se ha convertido en su mayor cementerio: más de 8.000 muertos han vomitado sus aguas desde los años 90. La Historia nos enseña aún más cosas, relaciones insospechadas entre la isla de Lampedusa y personas y narraciones que cuentan una historia muy similar y que nos dan una lección inolvidable.

La isla de Lampedusa era el solar de la familia de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, un linaje aristocrático con título de príncipe, de la que el gran escritor italiano toma su apellido. Giuseppe Tomasi nació en esa familia aristocrática y escribió poco antes de su muerte El gatopardo. La novela, presentada por un escritor primerizo y tardío, aunque procediera de una familia influyente, fue publicada póstumamente, porque fue rechazada por varios editores. Este primer olvido, el rechazo del autor, le emparenta levemente con los olvidados africanos de nuestros días. Pero además está el hecho de que la novela, que habla de otro periodo convulso y bélico de la historia italiana, el Risorgimento o unificación, se ha convertido en el símbolo de una actitud política (el lampedusianismo) que define certeramente lo que ha ocurrido en toda Europa, y también particularmente en España, durante los últimos 30 años y que ha desembocado en la formidable crisis actual: hacer que todo cambie para que todo siga igual. O como se dice exactamente en la novela:

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

Efectivamente, durante unas décadas, en España y en Europa todo cambió para que al final todo permanezca inamovible y los ricos y poderosos sigan ejerciendo su dominio y los pobres y olvidados sigan estando desheredados y se conviertan en desechos. Entretanto, los desperdicios humanos son arrastrados a las costas de Lampedusa, como la basura del mar a las playas, ante la inacción de los europeos adormecidos que vegetamos comatosos en una crisis sedante e infernal. Como en la película de Luchino Visconti que convirtió en imágenes este gigantesco retrato de la decadencia, Europa se sume en una parálisis que la llevará a una caída que todavía no somos capaces de vislumbrar.

Pero todo esto que he escrito es la visión desde la orilla rica, favorecida, donde las personas aún tenemos acceso a la sanidad y la educación públicas. Cuando hacemos el tremendo esfuerzo virtual de ponernos en el lugar de los africanos, de mirar desde la otra orilla del Mediterráneo, el panorama es un gigantesco agujero negro. Medio engullidos desde ese agujero negro, los hombres, mujeres y niños africanos nos miran mientras se hunden con la desolación absoluta que no pueden olvidar los testigos de la tragedia que acaba de ocurrir.

Nada ha cambiado y no hemos aprendido nada.

“Intento de escapada” de Miguel Ángel Hernández: huir es imposible

Intento de escapada de Miguel Ángel Hernández

Hacía tiempo que una novela no me cautivaba tanto. No suelo derrochar elogios en mis críticas si no estoy absolutamente convencido de lo que pienso y opino. Soy absolutamente libre en mis opiniones porque no tengo peajes que pagar. A ningún grupo mediático, a ninguna editorial. Dentro del grupo de nuevos narradores españoles, la propuesta de Miguel Ángel Hernández me ha parecido de las más sólidas. Se trata de una primera novela publicada en un sello independiente de calidad con una personalidad muy arraigada y una larga trayectoria que no hace falta glosar aquí: Anagrama. Intento de escapada fue presentada al último Premio Herralde de Novela. No ganó, ni fue finalista, pero el jurado recomendó su publicación. Sin desmerecer a las otras dos obras de Juan Francisco Ferré y Sara Mesa, ganador y finalista respectivamente, la novela de Hernández también hubiera merecido el premio, incluso aunque tenga algunas pequeñas lagunas que, en mi opinión, el autor mismo detecta, o anticipa de algún modo, y describe en el epílogo, aunque teniendo en cuenta los giros de la trama de esta novela, también pueden tomarse como una de las bromas y guiños del autor y quizás esté yo metiendo la pata impunemente.

Es, creo que objetivamente, muy difícil juzgar obras de arte y decidir la prioridad o precedencia de una obra sobre otra. ¿Quién puede afirmar la superioridad absoluta o relativa de Shakespeare sobre Tolstoi? ¿Quién la prioridad de Borges sobre Rulfo, de Proust sobre Joyce? No podemos, hay demasiadas variables no comparables, demasiadas preferencias del gusto no gobernables. Me desvío ligeramente de lo que realmente quería destacar: la novela de Miguel Ángel Hernández es una de las que más me han interpelado personalmente durante este año de 2013. Si no puedo afirmar su precedencia estética sobre otras también buenas que he leído, sí puedo afirmar que a nivel subjetivo su lectura ha tocado fibras muy delicadas de mi sensibilidad literaria. Ha tratado temas que me interesan desde hace mucho tiempo y, por lo tanto, me ha hablado de manera certera e íntima. Y al hacerlo bien, con el tono y la intensidad adecuados, con una estructura y un lenguaje apropiados, me ha dejado una marca indeleble.

Intento de escapada, página 38

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué? Probablemente, por el modo como Miguel Ángel Hernández reúne y combina los temas del arte contemporáneo “comprometido” y la inmigración y sus consecuencias sociales globales. Aunque el tema de la inmigración me lleva ocupando desde hace años y yo mismo estoy escribiendo sobre él, nunca podría haber escrito una novela desde la perspectiva que lo hace MAH. Sencillamente, porque no soy profesor de Arte Contemporáneo. Está claro que la experiencia académica y docente de MAH le ha proporcionado un escenario que domina para tratar el tema de la inmigración. Mi perspectiva de aproximación es completamente diferente, pero tiene un punto de encuentro sorprendente en el epicentro de la temática. Quizás sea esta coincidencia central que se consigue desde puntos de partida bastante diferentes lo que más me sorprendió y despertó mi interés por leer el libro. Otra coincidencia más de puntos de vista es el acercamiento ético y globalizador al problema de la inmigración.

Intento de escapada, página 203

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[ATENCIÓN: los siguientes párrafos contienen algunos spoilers] A pesar de las apariencias, de la omnipresencia del narrador en primera persona y protagonista Marcos y de los personajes de la profesora Helena y el artista Jacobo Montes, en mi opinión la presencia alrededor de la que gravita toda la novela es la figura de Omar, el inmigrante que se convierte en la obra de arte del artista comprometido Montes. MAH nos proporciona durante la novela bastantes motivos para pensar que el destino de Omar ha sido el más terrible, incluso que ha sido asesinado o sutilmente eliminado (pág. 38: “¿Quién es el culpable de la muerte del animal, el artista o el espectador?”), pero que el o los culpables de esa “desaparición” son muchos, que quizás seamos todos. En congruencia con las teorías de la fuga, la huida o la invisibilidad en el arte contemporáneo, la no presencia de Omar, su desaparición final sin que nunca llegue a resolverse el enigma de su ocultación, posee una lógica aplastante. La figura del inmigrante es la más prescindible de todas, la más frágil y abocada a desaparecer de todos los personajes del libro. Como se dice en un pasaje del texto (pag. 203), un inmigrante ilegal no es nadie: al no tener papeles, no existe siquiera para la policía española en caso de que fuera asesinado o “desapareciera”. El artista “mago” Jacobo Montes puede escamotearlo ante nuestras narices, en una instalación artística sin que nadie vaya a hacer nada por impedirlo. El halo sagrado de la obra de arte, una cuestión lateral de la temática que MAH también toca brevemente en la novela, impide que nadie se atreva a rasgar el velo de la obra para mirar por detrás, para establecer lo que se quiere ocultar de la violencia del arte sobre la vida. Desvelar lo que se vela, revelar lo que hace que el artista siempre se encuentre en ventaja con respecto a la vida. Pero la figura de Omar, una vida humana, desaparece a mitad de la novela y el lector nunca sabrá cuál fue su destino. Se nos dirá que su final es el mismo de todos: es decir, la muerte, pues la muerte es el destino final de todos y, como dice Montes: “Espero que todos muramos pronto y dejemos ya de ensuciar el mundo” (pág. 62), o “Pronto estaremos todos muertos y dejaremos de ensuciar el mundo” (pág. 223).

Intento de escapada, página 223

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es una constatación cierta, dura, acerada, gélida, como muchas de las afirmaciones finales de la novela, que arrojan una mirada impía sobre la vida, pero no deja de ser una afirmación ventajista, porque mientras Omar parece haber sucumbido a su “intento de escapada”, los demás habitantes del primer mundo, por lo menos, seguimos viviendo y medrando, como Jacobo Montes, que llega a vender sus obras por muchos miles de dólares y a exponerlas en los más importantes museos del planeta. O como Helena Román y Marcos, que en una boutade final (la nota que cierra el libro en la pág. 239) vuelven a aparecer unidos en el Centro Georges Pompidou de París: Helena como conservadora del museo, y Marcos como finalmente participante en la exposición de Jacobo Montes en el museo mediante la escritura de su libro. Aquello que se negaba explícitamente en el epílogo, se afirma paradójicamente a continuación: (I would prefer not to en referencia directa a Vila-Matas y, por supuesto, al Bartleby de Herman Melville, frase de todos modos ambigua ya que alude a lo que se preferiría hacer (en positivo o en negativo), pero que como demuestra la nota posterior, quizás no se pueda o no se quiera hacer, debido a las consecuencias que implicaría para el autor que quiere medrar).

Intento de escapada, página 239

He entrado bastante profundamente en algunos de los significados de esta novela, pero Intento de escapada no se agota en absoluto en este nivel de interpretación. En mi opinión, esta es la señal de que se trata de una excelente novela, ya que existen varias otras temáticas y ramificaciones que permiten diferentes lecturas e interpretaciones: la descripción del paso de la postadolescencia o primera juventud a la edad adulta; el tema del sexo, el amor y la violencia; la ausencia de sentido general de la vida y de la muerte; la cuestión de la intertextualidad y las referencias metaliterarias, teóricas o metacinematográficas que están omnipresentes en toda la novela. El texto de MAH actúa en ese sentido como un pozo de una sensibilidad exacerbada y, como señala Ricardo Menéndez Salmón, otro de mis autores contemporáneos favoritos, ofrece “ecos narrativos -Blanchot, Beckett, Bernhard- de primerísimo orden.” Baste por ahora con estas breves notas para ofrecer un primer atisbo de un texto que merece que prosigamos un diálogo más profundo con él, cuya segunda o tercera lectura permitirá descubrir aspectos a los que solo he aludido brevemente. Intento de escapada de MAH merece, paradójicamente, que permanezcamos con el texto el tiempo necesario para destilarlo mejor, que no escapemos ni huyamos mientras seguimos evitando la muerte.