Soñar el sueño: Martin Luther King

El reverendo Martin Luther King

Hace unos días conmemoramos el 50 aniversario del histórico discurso de Martin Luther King en la Marcha sobre Washington. Pocas veces en la historia ha conseguido un texto alcanzar una categoría tal de fecundidad y permanecer en la memoria colectiva como este. Es un discurso bastante breve que no ocupa más de 6 páginas y, sin embargo, se estudia como un modelo en las universidades americanas y de medio mundo. Pero creo que fuera de estas instituciones, pocas personas, por lo menos en España, se han detenido un minuto a leer esas 6 cuartillas en las que están condensados pensamientos básicos. Desde un punto de vista literario, sus metáforas quizás no sean las más originales ni innovadoras, pero un breve análisis revela que giran sobre una sola categoría temática: la naturaleza. Luther King habla del agua, el viento, las corrientes, el cielo y el mar para ofrecer una visión muy concreta y comprensible de los conceptos, también extremadamente simples, que pretende transmitir. Nos dice, en esencia, que está dentro de la naturaleza, la planetaria terráquea y la humana, que todos los hombres son hermanos e iguales. Y por esa simple razón, todas las leyes discriminatorias, todas las resistencias a la igualdad, toda la represión y falta de reconocimiento de los derechos de los negros (sí, porque él utiliza sin eufemismos el término racial más definitorio: “Negro”, en inglés) son antinaturales y van contra los fundamentos mismos de la naturaleza humana. En ese contexto se instala su famoso sueño, el sueño de hermandad e igualdad al que su fe le dirige. Uno podrá o no compartir su fe y su credo religiosos, pero deberá estar de acuerdo, desde la perspectiva kantiana de que todo hombre lleva en su interior el fundamento moral, en que sus palabras se acercan tanto a la verdad objetiva como es posible en este planeta habitado por estos seres humanos que somos. Y su visión de ese sueño es una visión inspiradora, que da calor al alma, que anima a vivir y seguir luchando por esos principios irrenunciables, siempre desde la perspectiva de la no violencia, pues Luther King entronca con la tradición de Ghandi y rechaza responder con violencia a la “brutalidad policial”. Luther King no huye de definiciones directas de la violencia institucional como esta, ni de descripciones de la situación de los negros en los estados del sur donde hay leyes injustas, gobernadores injustos y sociedades injustas y segregacionistas. Ese sueño es el que inspira y alimenta la esperanza.

En la España de 2013, profundamente deprimida por la crisis económica, social y política que padecemos, quisiera que la lectura del discurso de Martin Luther King nos inspirara también a contagiarnos del entusiasmo que destilaba ese discurso y la multitudinaria marcha en la que se pronunció. Ojalá pudiéramos encontrar en el fondo de nuestra mente y recrear ese estado de animo y esa pasión colectiva para luchar por lo que es justo y necesario, contra una corrupción y un cáncer político que está destruyendo los fundamentos de una democracia posible. Ahora es necesario superar este desánimo permanente que es el mayor enemigo del cambio que debe sobrevenir para que consigamos reconducir la mala tendencia de estos tiempos, que es perder derechos en vez de ganarlos, que es aumentar la opresión en vez de disminuirla, que es intensificar la violencia desde las élites económicas hacia las clases desfavorecidas en vez de reducirla. Porque se ha roto el contrato social que parecía establecido e inamovible en las sociedades occidentales, sobre todo las europeas.

Cuando leo el discurso de Luther King aquí, por ejemplo, me cura de mi marcada tendencia a desconfiar del poder de un texto, literario o no, en el mundo que habitamos. Tras todas las convulsiones del siglo XX, la ironía e incluso el cinismo contemporáneo, el descrédito profundo de las ideologías, el cansancio de y la desconfianza en las revoluciones fallidas o secuestradas, las guerras mundiales, el holocausto y los genocidios repetidos: tras todo esto el texto, cualquier texto, aparece como un inerme bebé perdido en la selva virgen del mundo. Sometido a todos los peligros, el texto parece carecer de la mínima fuerza para afirmarse e incluso sobrevivir en ese mundo, menos aún para lograr ninguna repercusión. Y sin embargo, existen textos que rodeados por algunas circunstancias favorables consiguen no solo sobrevivir, sino adquirir la fuerza de un cataclismo natural. Precisamente como Luther King soñaba.

El Lorraine Motel, donde Martin Luther King fue asesinado

Durante todo el siglo XX, el debate acerca de la fuerza real de la palabra escrita y la literatura ha pasado por muchas vicisitudes. Uno de los más arduos defensores del poder del texto y la necesidad del compromiso social fue Jean-Paul Sartre. En su autobiografía Las palabras escribe sobre su tarea de escritor:

“Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

En un hombre tan combativo como Sartre, estas palabras parecen la constatación de un fracaso, pero el discurso de Luther King nos demuestra justamente lo contrario: incluso tras su temprana muerte a manos de un fanático, sus palabras permanecen y su sueño está a punto de hacerse realidad.

Durante todo el siglo XX, el arte, sobre todo la literatura y el cine estadounidenses, reflejaron la evolución del estatus social y la imagen de los negros americanos. Desde grandes novelas como las de Chester Himes, Harper Lee, Toni Morrison, Alice Walker o Elmore Leonard. Desde films plenamente racistas como The Birth of a Nation, pasando por películas en las que los negros representaban únicamente roles de chachas o jardineros, o los primeros roles de protagonistas afroamericanos como Sidney Poitier, hasta las películas de Blaxploitation o las originales visiones de Spike Lee. He aquí una pequeña selección de algunas obras imprescindibles.

OBRAS SOBRE CUESTIONES RACIALES EN EE.UU.

Sula de Toni Morrison (1973)

Loving Her de Ann Allen Shockley (1974)

Meridian de Alice Walker (1976)

The Birth of a Nation de D.W. Griffith (adaptación de la novela The Clansman de Thomas Dixon)

Hearts in Dixie de Stepin Fetchit

Hallelujah (1929, primer film sonoro con protagonistas afroamericanos)

Gone with the Wind de Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood (basada en la novela de Margaret Mitchell)

Matar un ruiseñor de Robert Mulligan (basada en la novela de Harper Lee):

In the Heat of the Night de Norman Jewison con Sidney Poitier

Cotton Comes to Harlem de Ossie Davis (basado en la novela de Chester Himes)

Blaxploitation http://en.wikipedia.org/wiki/Blaxploitation

Jackie Brown de Quentin Tarantino con Pam Grier (adaptación de la novela Rum Punch de Elmore Leonard)

Do the Right Thing de Spike Lee

Mississippi Burning de Alan Parker

The Hurricane (Huracán Carter) de Norman Jewison

La catástrofe climática

Hace unos días volví a ver uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción, y del cine a secas: Blade Runner de Ridley Scott. Ver esta película me proporciona un placer especial. Además de disfrutar del guion, de las imágenes, de la simbología, de las referencias a los grandes problemas y a las cuestiones abiertas sobre la existencia humana en un próximo futuro, contemplar Blade Runner con los oídos bien abiertos y ojos inocentes permite realizar un ejercicio que me gusta especialmente: cotejar grandes películas con las obras literarias que las inspiraron. La lista de films excelentes basados en grandes y, en ocasiones, no tan grandes textos literarios, es larga como la historia del siglo XX. Incluso cuando las “adaptaciones” o “recreaciones” son fallidas, el interés del análisis no decae.

En el caso de Blade Runner, la novela adaptada es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?) de Philip K. Dick.

Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

La novela está tan llena de talento como el film que permitió que muchas más personas conocieran esta historia. Merece la pena conocer la vida y obra de este escritor no tan conocido en nuestro país. Muy pocas personas reparan en que el núcleo de la película de Scott está contenido en el texto y que es la imaginación del escritor, y luego guionista, la que fecunda las imágenes del cineasta. Es importante que no lo olvidemos, pero el aspecto que me importa hoy es la visión catastrofista de un planeta Tierra consumido por los propios humanos, cuya naturaleza ha sido prácticamente destruida, en la que la tecnología trata de sustituir penosamente las deficiencias de la acción humana sobre el planeta, que nos ofrecen la novela y la película. Esto es lo que contemplamos en el ambiente distópico del Los Ángeles futurista de Blade Runner (San Francisco en la novela original). Recordamos una ciudad inmensa y caótica, inmersa en la oscuridad y una lluvia permanente que inunda literalmente todas las escenas, como esta del “retiro de Zhora”.

Muchas de las obras de ciencia-ficción comparten una visión del futuro de la humanidad en la que el planeta Tierra ha sufrido una catástrofe climática o se hayan en peligro. Es el caso de El planeta de los simios, (la novela de Pierre Boulle es de 1963 y la película de Franklin Schaffner es de 1968) y, sobre todo, los films de la saga Matrix. Todas estas obras tienen en común, en mi opinión, un aspecto vital: tratan de comunicarnos una advertencia inminente acerca de la vía que no debemos tomar y por la que, por esa obstinación tan genuinamente humana, ya circulamos desde hace muchas décadas. Algunos alegan que todas estas obras reflejan miedos ancestrales de la especie, pero creo que se trata de miedos que responden a amenazas reales, en absoluto a terrores paranoicos o histéricos. La evolución de nuestro planeta, sobre todo desde los años 70 del siglo pasado, muestra una aceleración sobrecogedora de los peligros medioambientales.

Matrix: el desierto de la realidad

Desde hace ya bastantes años, tenemos datos inequívocos de la realidad del cambio climático. Pero parece que una mayoría de personas, y sobre todo los políticos (españoles y de una mayoría de países no europeos) de casi todo el espectro ideológico, son ciegos a las consecuencias de ese cambio sobre nuestras vidas, las vidas de todos los habitantes de este planeta. Actuamos como si esa amenaza, muy real y concreta, de destrucción y cataclismos venideros, fuera una ilusión de científicos catastrofistas o una imagen sacada de una de las repetidas películas de… catástrofes, por supuesto. Unas recientes columnas de Moisés Naím (La revolución más importante y ¿Abundancia energética, precariedad ambiental?, entre otras muchas voces, por supuesto) llamaban la atención sobre las consecuencias de la nueva revolución energética que ya está en marcha. No se trata de una revolución impulsada por las personas, sino por corporaciones gigantescas. Se trata, por ejemplo, del llamado fracking, método útil para extraer energía de fuentes hasta ahora no explotadas, pero malo por las muy probables consecuencias medioambientales. El resultado final de todos los cambios que ya están empezando a extenderse de manera imparable es la alteración de la tendencia perceptible desde los años 90 del siglo pasado: en vez de privilegiar las energías renovables se van a volver a favorecer las energías fósiles, como el carbón, el gas y el petróleo.

Entretanto, en muchos países que se creían a resguardo de las consecuencias del cambio climático empiezan a producirse catástrofes medioambientales a gran escala. En palabras de Moisés Naím:

“Alemania acaba de sufrir las peores inundaciones en quinientos años. Estados Unidos ha tenido la racha más devastadora de tornados jamás registrada. Brasil, Argentina, Chile y Colombia enfrentan el peor ciclo hidrológico en décadas, lo cual reduce su capacidad de producción hidroeléctrica, aumenta los precios de la electricidad y les obliga a usar combustibles más contaminantes. En muchos países los ciclos de las cosechas están cambiando y con ellos los patrones de producción agrícola. El número de refugiados y personas desplazadas debido a las catástrofes climáticas supera al provocado por guerras y conflictos políticos.”

Una vez más, se cumple el adagio de que “lo urgente no deja ver (ni actuar sobre) lo importante”. La profunda crisis económica actual es “lo urgente”, y todos los políticos y fuerzas económicas determinantes se concentran en superarla sin conceder ni un solo minuto de su tiempo al cambio climático, que es “lo importante” (o por lo menos, lo más importante). Es lo más importante, porque sus consecuencias potenciales son vitales para nuestra supervivencia en el planeta. Es así de sencillo. Un aumento de temperatura de 2 o más grados producirá lluvias torrenciales, sequías devastadoras, huracanes y tornados de potencias desconocidas hasta el presente. Y eso impedirá la vida en amplias regiones del planeta, o incluso en su totalidad. No hablamos de consecuencias normales y razonablemente previsibles, sino de catástrofes inmensas, que en último término pueden provocar desplazamientos generalizados de personas y una destrucción que impedirá en definitiva la actividad económica que se pretende favorecer a corto plazo. Es la ceguera del cortoplacismo. La concentración de la atención política en ganar elecciones contemplando únicamente las consecuencias inminentes de las decisiones gubernamentales. Pero tanto en las iniciativas para salir de la crisis como en las estrategias medioambientales necesitamos políticos que sean capaces del liderazgo necesario para tomar decisiones fundamentales. Los habitantes de la Tierra tenemos la responsabilidad de legar a nuestros hijos un planeta que siga siendo habitable. Esto es lo que nos jugamos en los próximos años.