Alan Turing – Mijaíl Kaláshnikov: asimetrías vitales

El día 24 de diciembre, día de Nochebuena, entre el cúmulo de noticias que traían los diarios, dominados por el tarifazo eléctrico, los buenos deseos navideños y el desánimo general del país por una situación en la que, como dice una genial viñeta de El Roto: no estamos en el túnel, sino en el esfínter del sistema, llamaron mi atención dos noticias misteriosamente asimétricas: el perdón de la Reina de Inglaterra a Alan Turing y la muerte de Mijaíl Kaláshnikov. Ambos sucesos ocurrieron el mismo día y tuvieron como protagonistas a dos hombres que participaron de formas diferentes en la Segunda Guerra Mundial y en los acontecimientos posteriores. Alan Turing fue el gran matemático y precursor de los ordenadores, el criptoanalista que logró descifrar el código de la máquina Enigma, que cifraba las órdenes que guiaban los submarinos alemanes que atacaban a los buques que surcaban el Atlántico. Kaláshnikov participó en la guerra como tanquista, sufrió graves heridas de metralla y pasó muchos meses en un hospital. Asignado a una fábrica de armamento, espoleado por las quejas de los soldados rusos sobre sus carabinas, diseñó el fusil de asalto AK-47, utilizado en el ejército ruso y en todas las guerras americanas, asiáticas y africanas posteriores desde hace más de 50 años.

Alan Turing en su juventud (Foto: Blogs de El País)

Turing, que probablemente nunca vistió un uniforme, tuvo desde su pequeña barraca en Bletchley Park una importancia capital en el desarrollo de la guerra. Algunos historiadores opinan que sin su aportación no habría sido posible limitar drásticamente las grandes pérdidas de buques de suministro que llegaban de Estados Unidos y que mantenían las capacidades militares y garantizaban la supervivencia de los países europeos invadidos por la Alemania nazi. Otros, aunque reconocen la importancia de sus aportaciones, minimizan el valor de la figura de Turing. Aunque hubo mucho más factores que terminaron decidiendo la guerra a favor de los aliados, durante los años más difíciles del conflicto, mientras la Alemania nazi ocupaba la mayor parte de Europa continental, la guerra submarina que Turing contribuyó a ganar, resultó decisiva.

Mijaíl Kasláshnikov (Foto: Antena 3)

Por su parte, Kaláshnikov ha sido el responsable con su invento de la muerte de más personas que ninguna otra arma en todo el siglo XX (250.000 de media durante 60 años que suman en total unos 15 millones). Muchas más que la bomba atómica o los misiles y bombas aéreas. Una responsabilidad indirecta, es cierto, pero en ningún modo desdeñable. La responsabilidad de la persona que sabe que la creación que ha dado al mundo es un instrumento de muerte. Es cierto que Kaláshnikov siempre ha sostenido que su intención al diseñarla fue defender a Rusia de la invasión nazi y que su invento había caído en malas manos. Las armas, en tanto que cosas, son éticamente indiferentes: son los hombres que las utilizan los que determinan la moralidad de su uso, pero un arma es una herramienta bélica, un medio que implica una renuncia implícita al diálogo para resolver los conflictos.

Blechtley Park (Foto: Blogs de El País)

Turing, el fino cerebro, el educado gentleman inglés, murió en extrañas circunstancias (suicidio o inexplicable accidente), después de haber sido apartado de todos los programas de seguridad militar y condenado por homosexual. La imagen de Turing mordiendo una manzana envenenada con cianuro evoca de inmediato la historia de Blancanieves filmada por Walt Disney y la malvada reina-bruja. Pero lo más sorprendente es que esa evocación corresponde a la realidad, porque el propio Turing sentía una fascinación especial por esa película con su figura de la manzana que entrega la malvada reina a Blancanieves. Queda en el aire la pregunta de si aquella manzana emponzoñada llegó a las manos de Turing por propia voluntad, por un accidente o incluso, por alguna mano externa.

Kaláshnikov, sin embargo, acaba de morir con todos los honores del Estado ruso, respetado y admirado por sus colegas nacionales y extranjeros, y probablemente recibirá una despedida oficial acorde con la importancia de su invento para la industria militar soviética y después rusa. Turing, sin embargo, sufrió una condena penal, una castración química y la ignominia pública por una condición sexual natural, la de ser homosexual. Siendo héroe de guerra al mismo título y con los mismos méritos, al menos, que Kaláshnikov, sufrió una verdadera purga y su figura se volvió de inmediato incómoda e insegura, por las sospechas de que pudiera revelar información sensible al enemigo, que en aquel entonces era ya la Unión Soviética.

Todas esas circunstancias, además del hecho de que ambos acontecimientos fueran noticia el mismo día, y que ese día no sea una fecha cualquiera, conforman una curiosa asimetría o disimetría. Símbolo de los prejuicios pasados y presentes. En la Gran Bretaña de los años 1950, ser homosexual era perseguido penalmente, además de ser socialmente infamante y lo suficientemente grave para hacer olvidar méritos como los que poseía ese gran matemático y criptoanalista que había salvado miles o millones de vidas en Europa. Curiosamente, si Turing viviera hoy en día en Rusia, sufriría la misma humillación pública y la misma pena. Sin embargo, en Gran Bretaña recibe ahora un perdón oficial que solo rehabilita parcialmente su memoria y que ya no podrá disfrutar en vida. Es sintomático que tras muchos esfuerzos, solo se haya logrado un perdón de la Reina para rehabilitar su figura. Lo realmente justo hubiera sido una anulación de la condena, el reconocimiento de la injusticia social que supuso, la petición de perdón por parte del Estado británico, la rehabilitación total y el reconocimiento como héroe. Incluso a finales de 2013, esta reparación en justicia resulta imposible de conseguir.

¿Qué habría pensado Turing de este perdón real tardío? ¿Qué habría sentido al contemplar su vida en comparación con la de Kaláshnikov? Es imposible saberlo, desde luego, pero me gustaría creer que, más allá de una pequeña amargura, Turing podría levantar ahora la cabeza con orgullo y sonreír con fina ironía británica al recordar el deber cumplido y la satisfacción íntima de la victoria final. Todos le debemos mucho. Al hacer un simple clic, estamos aprovechándonos de sus invenciones. Y se merece el mayor respeto.

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Para leer – Homenajes del año Turing:

Qué habría pasado si Turing no hubiera existido

Alan Turing y Claude Shannon: matemáticas para la informática

 

Nelson Mandela: un héroe de nuestro tiempo

Tengo gran cantidad de temas sobre los que escribir, pero en estos momentos se impone dedicar unas pocas palabras a un hombre excepcional.

Nelson Mandela joven (Foto: Correo del Orinoco)

Cuando hace solo un par de días que ha muerto Nelson Mandela a los 95 años de edad (como ya se ha señalado en muchos artículos, una edad absolutamente inusual para un luchador por la libertad), ha habido tantos testimonios sobre su trayectoria y su legado, sobre una trayectoria vital tan amplia y rica (que incluye varios hitos capitales de la historia mundial del siglo XX), que resulta difícil destacar un momento en particular entre todos ellos. Tampoco habría por qué, pero siento cierta necesidad, absolutamente subjetiva, de hacerlo para encontrar una clave que le defina y fije su figura. En mi opinión, quizás el momento en el que quedó reflejada la calidad humana de Mandela de un modo más imborrable fue un instante de tremenda dificultad personal en el que expresó los ideales fundamentales que le inspiraban y señaló el camino a seguir para él mismo y para todos los sudafricanos negros oprimidos por el brutal régimen del apartheid. Ese primer momento estelar en la biografía del gran Madiba fue el alegato que pronunció el 20 de abril de 1964 ante el Tribunal Supremo de Pretoria, justo antes de ser condenado a cadena perpetua, donde explicó su visión de una futura Sudáfrica y por qué recurrió a la violencia (una violencia limitada) para combatir el racismo.

La explicación razonada de por qué el ANC recurrió al sabotaje para combatir el apartheid y su análisis de la sociedad sudafricana bajo la supremacía blanca nos revelan a un estadista en ciernes, un futuro presidente como después sería en realidad. En aquel discurso, Mandela no solo explicaba y defendía su estrategia de lucha, sino que señalaba el camino que debería seguir el país para lograr una convivencia pacífica entre las razas. Mandela recordaba lo evidente a una minoría blanca que era incapaz de ver a la mayoría negra como iguales. Recordaba que los derechos humanos habían declarado la igualdad básica de todos los seres humanos sobre la tierra, que la educación era un pilar básico del desarrollo social y económico del país, que las condiciones de vida de la mayoría negra impedían de facto disfrutar de una vida plenamente humana. Y afirmaba con rotundidad que estaba dispuesto a vivir y morir por ese ideal:

Esto, por tanto, es contra lo que lucha el ANC. Su lucha es una auténtica lucha nacional. Es una lucha de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y su propia experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.

Es curioso imaginar que esta afirmación puede confundirse con una forma de fanatismo. Estar dispuesto a condicionar toda nuestra vida y morir por un ideal ha sido una de las marcas del fanatismo del siglo XX. Sin embargo, el ideal de Mandela se nos presenta de modo tan evidente como una cumbre moral a la que todos deberíamos aspirar, que se transforma de inmediato en un imperativo ético.

Nelson Mandela en 1937 (Foto: Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El alegato de Mandela permaneció sin una respuesta acorde con su altura de miras durante mucho tiempo. Durante 27 largos años, Mandela permaneció en su celda de Robben Island reflexionando sin desfallecer para encontrar vías de solución, siendo la inspiración silenciosa de la toma de conciencia de su pueblo para lograr la victoria sobre un gobierno injusto. Tal vez uno de sus mayores logros fue no perder la esperanza de que, en esas circunstancias tan desfavorables, pudiera asistir en vida a la caída del régimen de apartheid. Solo en 1990, el entonces presidente de Sudáfrica, F.W. de Klerk, se atrevió a hacer lo que todos sus antecesores habían evitado por odio o por miedo o por ambos: liberar por fin a Mandela y comenzar negociaciones para derogar el apartheid e instaurar una verdadera democracia en Sudáfrica. Pocos años después, en 1994, Mandela sería elegido presidente y Sudáfrica comenzó una nueva etapa en su historia, una etapa aún llena de problemas y desigualdades, pero infinitamente más justa que la anterior.

Nelson Mandela es “un héroe de nuestro tiempo” en un sentido tan poco lermontoviano que yo no podía sino hacer este juego de palabras para resaltarlo aún más. Mandela fue antirromántico en el sentido original del término, Mandela fue antinihilista, Mandela poseía una esperanza ilimitada en la vida, Mandela tenía un sentimiento profundo de hermandad e identificación con las demás personas. Al contrario que Pechorin y muchos otros héroes literarios nihilistas posteriores, Mandela es un verdadero héroe de nuestro tiempo, con todas las letras, uno de los héroes, de los líderes, que necesitamos.

Para ver, leer y escuchar

Artículo de Nadine Gordimer en The New Yorker

Serie de audios sobre Nelson Mandela en la NPR

La noche temática (RTVE): Nelson Mandela, en nombre de la libertad

Kennedy-Camus: dos hombres en la tormenta

En este mes de noviembre celebramos dos aniversarios contrapuestos: el aniversario del asesinato de John F. Kennedy (el día 22) y el aniversario del nacimiento de Albert Camus (el día 7). Un deceso y un nacimiento de dos hombres que, a simple vista, parecen tener poco en común. Kennedy nació en una familia opulenta, hijo de un banquero y político, el patriarca Joseph Kennedy, que educó a todos sus hijos varones para convertirse en presidentes de los Estados Unidos. Camus, por su parte, nació de una madre analfabeta en la Argelia ocupada, dentro de una familia muy pobre, huérfano de padre casi desde su nacimiento. Mientras John Kennedy creció en una familia amplia con muchos tíos y primos y gran cantidad de relaciones sociales que le permitió acceder a las mejores universidades y viajar por el mundo, Camus tuvo una infancia limitada por la pobreza y la imposibilidad de acceder a estudios superiores. Su escuela fue el fútbol, la militancia política y la amistad con escritores ya famosos. Sin embargo, ambos eran descendientes de emigrantes. Toda la familia Kennedy era de origen irlandés y Camus es hijo de franceses y españoles en la Argelia ocupada. En Francia era un extranjero y en Argelia, en ocasiones, un traidor.

Albert Camus (hoyesarte.com)

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero estos dos hombres atravesaron los acontecimientos más importantes del siglo XX y pertenecieron a la misma generación. Camus nació en 1913, mientras que Kennedy vino al mundo en 1917 y ambos murieron violentamente a la misma edad: 46 años. Otra nueva coincidencia en dos vidas tan aparentemente diferentes. Ambos vivieron durante el mismo periodo crucial de la historia, en el que actuaron desde dos países muy importantes para los acontecimientos de la época, y su talante posee también algunos paralelismos sorprendentes que los acercan. Ambos fueron hombres comprometidos con cierto ideal que podríamos llamar humanismo, por encima de las ideologías dominantes en su tiempo. Odio las mitificaciones y las adoraciones gratuitas, pero tanto Kennedy como Camus poseen características de visión intelectual y personalidad que los convierten en hombres absolutamente destacados y admirables en muchos sentidos.

John F. Kennedy

Después de haber leído y visto bastantes documentos acerca de la presidencia de Kennedy, tengo la impresión, cada día más fuerte, de que su asesinato, junto con los de Martin Luther King (al que ya le he dedicado un post aquí) y su hermano Robert en 1968, supuso el punto de inflexión que marcó la defunción de una verdadera democracia en Estados Unidos y, por extensión, en todo el mundo. Sin mitificar sus logros y sin olvidar sus errores (como el desembarco en Cuba), la serenidad y la claridad de pensamiento que Kennedy demostró, al resistir las fortísimas presiones del complejo militar-industrial para entrar en guerra con la Unión Soviética, merecen la admiración de las generaciones que ahora vivimos y que, tal vez, hubiéramos muerto pocos años después del final de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de las tensiones de la Guerra Fría, el mantenimiento de la paz a toda costa y la protección de los derechos civiles y humanos que promovió Kennedy desde la Casa Blanca le marca como uno de los estadistas más destacados de todos los tiempos. Esa actitud enraizada en convicciones morales le granjeó la enemistad de un sinnúmero de fuerzas malignas y poderosas. Esas fuerzas no son de origen demoníaco, se trata sencillamente de entidades como la mafia, los sindicatos corruptos de la época, los magnates petrolíferos, la CIA, el FBI, el castrismo o los mismos dirigentes soviéticos. El hecho de que 50 años después aún sea imposible saber quién apretó el gatillo (y quién lo ordenó) añade aún más carisma a su figura y demuestra que se trató de una oscura conspiración, una conjura que consiguió torcer el curso de la historia.

Albert Camus no tuvo ningún poder directo en las decisiones gubernamentales de su país ni de Estados Unidos, por supuesto. Pero su figura se agranda a partir de su actividad política (por poco tiempo en el Partido Comunista francés y después como miembro de la Resistencia) y, sobre todo, periodística y literaria. El hecho de que su primera novela “El extranjero” (que también debería traducirse como “El extraño” o “El outsider”) sea uno de los libros más leídos por todos los jóvenes del mundo, o que ensayos como “El hombre rebelde” sigan aún casi extrañamente vigentes (como si se hubieran escrito ayer), demuestra el poder del pensamiento libre y su capacidad para mover espíritus en un sentido profundamente humano. Mientras que Kennedy pudo actuar directamente en política a partir de su formación académica, Camus influyó a través de la difusión periodística y literaria de conceptos básicos acerca del lugar de los seres humanos en el mundo, sobre el absurdo de la condición humana y la posibilidad de construir un mundo mejor y alcanzar la felicidad. Como amigo y adversario de Sartre, la importancia de Camus va ganando fuerza cuando comparamos las opiniones de ambos acerca de algunos acontecimientos clave del siglo XX. Camus fue, por ejemplo, el primer intelectual en condenar sin ambages la bomba atómica sobre Hiroshima, símbolo del nacimiento del mayor peligro para la humanidad entera: la posibilidad de nuestra destrucción total. Camus nos advirtió sobre la verdadera naturaleza totalitaria del estalinismo y la política soviética en Europa del Este. Frente a los juicios basados en las ideologías, que fueron uno de los mayores déficits del siglo XX, Camus siempre afirmó la primacía del ser humano como tal. En nuestra época de crisis brutal y ataques constantes a los fundamentos democráticos que convirtieron a Europa y Estados Unidos, durante un breve periodo, en sociedades más admirables e imitables que las demás, el legado de Camus sigue siendo un faro en medio de la tormenta.

En estas últimas semanas he visto decenas de veces la breve filmación tomada por el aficionado Zapruder que muestra el brutal asesinato de John Kennedy, hasta el fatídico fotograma número 313 en el que su cerebro estalla ante su esposa aterrorizada; he visto varios documentales en los que aparece en numerosas reuniones familiares desde su adolescencia hasta su edad adulta y le he escuchado hablar en ruedas de prensa originales de la época respondiendo por sus decisiones en la crisis de los misiles de Cuba, sobre la guerra de Vietnam o el problema de Berlín Occidental. De Albert Camus existen, sin embargo, muchas menos imágenes y testimonios orales, y ninguna imagen del accidente de automóvil que le costó la vida (solo de su coche destrozado). Pero a pesar de las grandes diferencias, a pesar de la parquedad de las imágenes de Camus frente a la abundancia casi lujuriosa de filmaciones de Kennedy, sus vidas fueron existencias paralelas de dos hombres que actuaron y dejaron una huella imborrable en su tiempo. Dos seres humanos inmersos en la misma vorágine que supieron navegar a su través para dejarnos un legado indeleble. Precisamente ahora necesitamos líderes, hombres y mujeres, que puedan tener esa misma visión, aumentada por la experiencia y la comprensión profunda de la historia, que nos guíen a buen puerto a través de una tormenta igualmente oscura y, quizás, aún más decisiva.

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Aquí he recopilado algunos testimonios interesantes que nos acercan sus figuras y algunas de las frases más conocidas de ambos:

John F. Kennedy

John Kennedy

Programación especial de TVE en el 50 aniversario del asesinato

Algunas citas escogidas

“Los que hacen imposible una revolución pacífica, harán inevitable una revolución violenta.”

“La educación es la clave del futuro. La clave del destino del hombre y de su posibilidad de actuar en un mundo mejor.”

“Debe ser posible, a corto plazo, que todo estadounidense pueda disfrutar de los privilegios de ser estadounidense sin importar su raza o color. A corto plazo, todo estadounidense debe tener el derecho de ser tratado como le gustaría ser tratado, como a uno le gustaría que trataran a sus hijos.”

Albert Camus

Frases famosas de Albert Camus

Camus en France Culture:

Camus : l’Histoire au Présent (1)

Camus : l’Histoire au Présent (2)

Algunas citas escogidas

“Amo demasiado a mi país para ser nacionalista.”

“Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie.”

“Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo.”

“Hay una ambición que deberían tener todos los escritores: ser testigos y gritar cada vez que se pueda y en la medida de nuestro talento, por quienes se hallan en servidumbre”

“La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.”

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.”

“Me rebelo, luego somos” (El hombre rebelde)

“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”

“No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar.”

Lampedusa: el lugar de la vergüenza europea

Ataúdes alineados tras la tragedia en Lampedusa

A mi padre

Se cometen millones de injusticias en el mundo, y uno no tiene tiempo de dedicarles las palabras que todas y cada una de ellas merecen. Es duro verse obligado a estar tan indignado. Es uno de los mayores males de los tiempos que vivimos. Esta necesidad de estar siempre muy cabreado con todo lo que ocurre. ¡Pero son tantas cosas…! En estas semanas han ocurrido graves sucesos, pero uno de los más dolorosos es la muerte de un número aún indeterminado (varios cientos, probablemente) de inmigrantes africanos en un naufragio frente a la tristemente célebre isla de Lampedusa. Unos pocos días después, la tragedia ha vuelto a repetirse sin que la UE haya conseguido ponerse de acuerdo en una solución para los refugiados. En este blog, que se ocupa fundamentalmente de literatura y arte, no puedo dejar pasar esta clase de sucesos sin escribir sobre ellos, porque creo que una de las misiones del intelectual y del escritor en los tiempos que corren es la necesidad de abandonar los artificios metaliterarios meramente postmodernistas y vacíos de contenido y retomar una mayor implicación en la realidad. Me refiero al artificio como disfraz de la vacuidad, no a las estrategias estéticas de construcción del relato, evidentemente. Esto puede hacerse sin recurrir a un realismo trasnochado. Ha llegado el momento de dejar de construir castillos literarios en el aire y bajar a la arena social.

En Lampedusa se ha materializado un horror que tiene que narrarse, que debe analizarse, que ha de expresarse de muchas maneras para que escape al olvido. Y para que sea posible evitarlo en el futuro, para siempre. El olvido es la condición necesaria para la repetición de los mismos errores. El desprecio de la memoria, es decir, por deducción: el menosprecio de la historia, lleva a su repetición. Hace poco, la lectura de un libro de historia: Continente salvaje de Keith Lowe, volvió a recordármelo. Europa fue hace muy poco mucho más salvaje que lo que hoy creemos los europeos que es África (subrayo la palabra “creemos”). Hace solo 70 años, los europeos soportaron una miseria mucho mayor en un continente arrasado por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, el nazismo, el estalinismo, la difícil constitución de nuevas naciones y el choque brutal de tantas etnias desplazadas. Durante años después de la guerra, la palabra venganza, como bien dice Lowe, es el término que mejor describe lo que ocurrió en Europa. Y en los siglos anteriores, Europa fue el continente de la guerra perpetua, de los antagonismos incesantes, de los choques de naciones imperialistas y el auge de los Estados-Nación. Pero los pocos años de progreso, democracia e igualdad social relativa que siguieron a esa catástrofe han sedado nuestras conciencias. La casa confortable y el coche veloz nos devoran las neuronas, reblandecen nuestra agudeza mental y destruyen las ansias de libertad y justicia. La comodidad del hogar nos ha borrado la memoria como si nos hubieran pasado papel de lija por el cerebro. Eso es precisamente lo peor, lo rápida y fácilmente que se olvida el pasado y lo aceleradamente que se dejan a un lado sus enseñanzas. El mismo progreso social de las famosas clases medias ha sido la semilla del conformismo que ha despertado el colmillo despiadado del capitalismo global. Las clases medias sedadas y engañadas han sido presa fácil para la ambición de beneficios de un capitalismo cuyo ADN es contrario a la justicia.

Y como ha demostrado Zygmunt Bauman en libros como Modernidad líquida, La sociedad individualizada, Miedo líquido o Tiempos líquidos, en esa sociedad licuada, fluida y tecnológica en la que todas las certezas se diluyen, ese capitalismo global ha creado unos “desperdicios humanos” (este es el término usado por Bauman) que ya no pueden confinarse en lugares alejados de la metrópoli. Esos desplazados, desechados, olvidados, ninguneados son los que han muerto en Lampedusa y mueren en Algeciras, en Nuevo México y en todas las fronteras que separan países ricos de países pobres. Pero la sedación y la indiferencia europeas producen estados de locura colectiva cuando se despierta inesperadamente a los individuos: las clases medias y trabajadoras empiezan a caer en el populismo cuando ven amenazados sus derechos y también echan la culpa a los “desperdicios humanos”.

En Lampedusa se ha demostrado el profundo daño a la esencia humana que representa esa indiferencia. La empatía es lo que nos hace humanos. La indiferencia es la tiña social de la ética. Los seres humanos indiferentes hacia los sufrimientos de los que son como ellos, se convierten en unos animales mucho más crueles que los que llamamos salvajes. Esa clase de indiferencia es lo más cercano a lo que describe otra frase famosa, esta vez de Hannah Arendt: la banalidad del mal. La indiferencia europea, su inacción, su incapacidad repetida e insoluble para adoptar acuerdos (el último hace solo dos días y después de la tragedia, con los cuerpos aún calientes) es la misma banalidad del mal de un Adolf Eichmann en el Holocausto: es la indiferencia que mira para otro lado cuando alguien sufre una desgracia y tiene la certeza de que esa actitud significa la condenación del otro. Es una actitud culpable, más allá de las leyes vigentes.

Hace poco publiqué un post sobre Martin Luther King. El gran luchador por los derechos civiles lo expresó de modo similar:

“Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos.”.

La isla de Lampedusa pertenece geográficamente a África, forma parte de África, no de Europa; por eso, además de por la razón evidente de que es la posesión europea (italiana) más meridional y sirve de acceso a la ansiada Europa, por esa razón primordial recibe una avalancha continua de inmigrantes. Pero Lampedusa se ha convertido en su mayor cementerio: más de 8.000 muertos han vomitado sus aguas desde los años 90. La Historia nos enseña aún más cosas, relaciones insospechadas entre la isla de Lampedusa y personas y narraciones que cuentan una historia muy similar y que nos dan una lección inolvidable.

La isla de Lampedusa era el solar de la familia de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, un linaje aristocrático con título de príncipe, de la que el gran escritor italiano toma su apellido. Giuseppe Tomasi nació en esa familia aristocrática y escribió poco antes de su muerte El gatopardo. La novela, presentada por un escritor primerizo y tardío, aunque procediera de una familia influyente, fue publicada póstumamente, porque fue rechazada por varios editores. Este primer olvido, el rechazo del autor, le emparenta levemente con los olvidados africanos de nuestros días. Pero además está el hecho de que la novela, que habla de otro periodo convulso y bélico de la historia italiana, el Risorgimento o unificación, se ha convertido en el símbolo de una actitud política (el lampedusianismo) que define certeramente lo que ha ocurrido en toda Europa, y también particularmente en España, durante los últimos 30 años y que ha desembocado en la formidable crisis actual: hacer que todo cambie para que todo siga igual. O como se dice exactamente en la novela:

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

Efectivamente, durante unas décadas, en España y en Europa todo cambió para que al final todo permanezca inamovible y los ricos y poderosos sigan ejerciendo su dominio y los pobres y olvidados sigan estando desheredados y se conviertan en desechos. Entretanto, los desperdicios humanos son arrastrados a las costas de Lampedusa, como la basura del mar a las playas, ante la inacción de los europeos adormecidos que vegetamos comatosos en una crisis sedante e infernal. Como en la película de Luchino Visconti que convirtió en imágenes este gigantesco retrato de la decadencia, Europa se sume en una parálisis que la llevará a una caída que todavía no somos capaces de vislumbrar.

Pero todo esto que he escrito es la visión desde la orilla rica, favorecida, donde las personas aún tenemos acceso a la sanidad y la educación públicas. Cuando hacemos el tremendo esfuerzo virtual de ponernos en el lugar de los africanos, de mirar desde la otra orilla del Mediterráneo, el panorama es un gigantesco agujero negro. Medio engullidos desde ese agujero negro, los hombres, mujeres y niños africanos nos miran mientras se hunden con la desolación absoluta que no pueden olvidar los testigos de la tragedia que acaba de ocurrir.

Nada ha cambiado y no hemos aprendido nada.

La trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl: la felicidad no existe

Trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl

Después de varias semanas de espera, he visto la trilogía Paraíso (amor, fe y esperanza), de Ulrich Seidl, por entregas como una serie televisiva, pero en un cine como reclama una película. Más de 6 horas de cine “inhabitual”, de cine que transcurre a un ritmo que nada tiene que ver con el cine de Hollywood. Un estilo documental, acción casi estrictamente real, entornos cotidianos (si exceptuamos algo la primera entrega de la serie, desde el punto de vista occidental). Estética desnuda, casi feísta. La gran paradoja de la trilogía es la conjunción sorprendente de ese estilo documental, adquirido y pulido en anteriores trabajos como The last real man, y esa estética realista con personajes que ejecutan actos inusuales, delirantes, perversos, desfasados.

“Paraíso: amor” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

En Paraíso: amor, lo inusual es el viaje que la protagonista Teresa realiza a Kenia en busca del amor. Confiada en los relatos de sus amigas austriacas, busca en Kenia el paraíso del amor en los jóvenes nativos que le ofrecen todo tipo de objetos artesanales para poder entrar en contacto con ella y entablar relaciones sexuales a cambio de dinero. Pero Teresa insiste en buscar el amor en un lugar en el que las relaciones entre las dos partes están teñidas de necesidades pecuniarias, desigualdades flagrantes, relaciones de dominación en las que los dos polos se invierten y subvierten constantemente. El paraíso del amor se convierte en el infierno de la decepción, pues Teresa no podrá encontrar allí el amor que dice buscar. Digo “dice”, porque bajo las apariencias de esas intenciones se ocultan frustraciones y necesidades que la protagonista se ha traído de Europa, de la sociedad en la que vive, y que no podrán sino chocar frontalmente con la sociedad en las que se ve compelida a insertarlas.

 

“Paraíso: fe” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

Si en la primera entrega, el final es la decepción, en Paraíso: fe, la que indudablemente me parece estéticamente la mejor de las tres partes: una auténtica obra maestra, Anna Maria, la hermana de Teresa, intenta encontrar en la fe cristiana (católica de la tradición austriaca), la salvación final, el paraíso en la tierra que precisamente parece que no le ha ofrecido el amor terrenal. La ambientación casi exclusiva en interiores permite que Seidl nos muestre una riqueza inusitada de símbolos religiosos que convierten la vivienda de la protagonista en una verdadera catedral católica. Pero esa vivienda que es un bunker católico es profanada de la manera más inesperada por un marido extranjero que se introduce en la vivienda sin avisar y reclama sus derechos maritales. El matrimonio roto con este hombre que se sitúa en las antípodas de su fe es el verdadero tour de force de toda la trilogía: un musulmán, un infiel, un inmigrante “extraño” en la rígida sociedad austriaca, que además está inválido. Anna Maria sustituye las dificultades de su matrimonio separado por una dedicación casi enternecedora a su fe, siguiendo la tradición de las madonnas itinerantes que se entregan en custodia de casa en casa. En sus vacaciones, la técnico sanitario Anna Maria se dedica a intentar evangelizar a personas solas, descarriadas, necesitadas: pobres, alcohólicos, prostitutas. Pero la aparición del marido ausente que reclama sus derechos la introducirá en un combate que es, sobre todo, una lucha contra sí misma, contra su fe y contra su sexualidad. Las escenas de lucha física con su marido y de combate interior contra sus impulsos eróticos (escena del crucifijo y escena de la orgía en el parque), son la cima de toda la trilogía.

 

“Paraíso: esperanza” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tercera entrega, Paraíso: esperanza, me ha parecido la menos inspirada de la saga. Si bien el desarrollo del tema sigue las mismas pautas que las otras dos entregas, la originalidad visual y la intensidad de las escenas me parecen menores, y su final, teniendo en cuenta que se trata del final de toda la trilogía, no me resulta totalmente convincente. Tras la intensidad asfixiante, y todas las problemáticas que se suscitan en Paraíso: fe, la cuestión que se trata de desarrollar en esta tercera parte, teniendo en cuenta las historias reales ocurridas en Austria en los últimos años (la cautividad de Natascha Kampusch y las atrocidades de Josef Fritzl), resulta tremendamente problemática. Creo que Seidl no consigue aquí desarrollar las complejas implicaciones éticas del tema. Pero sí consigue transmitir una conclusión que me parece evidente.

El “mundo Seidl” es un universo encajado con una precisión muy germánica, como unas piezas de relojería perfectamente ajustadas. Cada plano posee un significado preciso y absolutamente eficaz y práctico. Sus películas poseen una teleología determinada y poderosa. Esto se percibe en la ambientación de la trilogía. Si ya era fuerte en Amor, la primera parte de la trilogía, esto se hace evidente en Fe, la segunda, probablemente porque sucede en el país de origen del director y es un terreno mucho más familiar que la Kenia de la primera parte. A pesar de las lagunas de la última parte y de que, en mi opinión, la conclusión que se ofrece es paradójicamente contraria al título (y a lo que el propio Seidl ha afirmado en algunas entrevistas), es decir: no existe una esperanza real tampoco para Melanie, la más joven de las tres mujeres de la familia. La trilogía termina abruptamente, como cada una de las entregas parciales, mostrando a las protagonistas en el momento más bajo de todo el film, abandonadas a la soledad, fracasando estrepitosamente en la consecución de sus objetivos. Las tres protagonistas terminan en un mutis silencioso y desolador. A partir de aquí, se abre para el espectador atento toda una serie de interrogantes complejos acerca de lo que significa vivir en las sociedades occidentales y no occidentales en nuestros días.
A pesar de que la última parte de la trilogía no haya cerrado, en mi opinión, el proyecto de manera completamente satisfactoria, es imprescindible constatar que el cine de Seidl posee una originalidad conceptual (no tanto estética), y suscita unas cuestiones moralmente imprescindibles y de tanta enjundia que representa una obra de arte necesaria que, lamentablemente, solo será vista por una pequeña minoría de espectadores afortunados.