La trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl: la felicidad no existe

Trilogía “Paraíso” de Ulrich Seidl

Después de varias semanas de espera, he visto la trilogía Paraíso (amor, fe y esperanza), de Ulrich Seidl, por entregas como una serie televisiva, pero en un cine como reclama una película. Más de 6 horas de cine “inhabitual”, de cine que transcurre a un ritmo que nada tiene que ver con el cine de Hollywood. Un estilo documental, acción casi estrictamente real, entornos cotidianos (si exceptuamos algo la primera entrega de la serie, desde el punto de vista occidental). Estética desnuda, casi feísta. La gran paradoja de la trilogía es la conjunción sorprendente de ese estilo documental, adquirido y pulido en anteriores trabajos como The last real man, y esa estética realista con personajes que ejecutan actos inusuales, delirantes, perversos, desfasados.

“Paraíso: amor” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

En Paraíso: amor, lo inusual es el viaje que la protagonista Teresa realiza a Kenia en busca del amor. Confiada en los relatos de sus amigas austriacas, busca en Kenia el paraíso del amor en los jóvenes nativos que le ofrecen todo tipo de objetos artesanales para poder entrar en contacto con ella y entablar relaciones sexuales a cambio de dinero. Pero Teresa insiste en buscar el amor en un lugar en el que las relaciones entre las dos partes están teñidas de necesidades pecuniarias, desigualdades flagrantes, relaciones de dominación en las que los dos polos se invierten y subvierten constantemente. El paraíso del amor se convierte en el infierno de la decepción, pues Teresa no podrá encontrar allí el amor que dice buscar. Digo “dice”, porque bajo las apariencias de esas intenciones se ocultan frustraciones y necesidades que la protagonista se ha traído de Europa, de la sociedad en la que vive, y que no podrán sino chocar frontalmente con la sociedad en las que se ve compelida a insertarlas.

 

“Paraíso: fe” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

Si en la primera entrega, el final es la decepción, en Paraíso: fe, la que indudablemente me parece estéticamente la mejor de las tres partes: una auténtica obra maestra, Anna Maria, la hermana de Teresa, intenta encontrar en la fe cristiana (católica de la tradición austriaca), la salvación final, el paraíso en la tierra que precisamente parece que no le ha ofrecido el amor terrenal. La ambientación casi exclusiva en interiores permite que Seidl nos muestre una riqueza inusitada de símbolos religiosos que convierten la vivienda de la protagonista en una verdadera catedral católica. Pero esa vivienda que es un bunker católico es profanada de la manera más inesperada por un marido extranjero que se introduce en la vivienda sin avisar y reclama sus derechos maritales. El matrimonio roto con este hombre que se sitúa en las antípodas de su fe es el verdadero tour de force de toda la trilogía: un musulmán, un infiel, un inmigrante “extraño” en la rígida sociedad austriaca, que además está inválido. Anna Maria sustituye las dificultades de su matrimonio separado por una dedicación casi enternecedora a su fe, siguiendo la tradición de las madonnas itinerantes que se entregan en custodia de casa en casa. En sus vacaciones, la técnico sanitario Anna Maria se dedica a intentar evangelizar a personas solas, descarriadas, necesitadas: pobres, alcohólicos, prostitutas. Pero la aparición del marido ausente que reclama sus derechos la introducirá en un combate que es, sobre todo, una lucha contra sí misma, contra su fe y contra su sexualidad. Las escenas de lucha física con su marido y de combate interior contra sus impulsos eróticos (escena del crucifijo y escena de la orgía en el parque), son la cima de toda la trilogía.

 

“Paraíso: esperanza” de Ulrich Seidl

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tercera entrega, Paraíso: esperanza, me ha parecido la menos inspirada de la saga. Si bien el desarrollo del tema sigue las mismas pautas que las otras dos entregas, la originalidad visual y la intensidad de las escenas me parecen menores, y su final, teniendo en cuenta que se trata del final de toda la trilogía, no me resulta totalmente convincente. Tras la intensidad asfixiante, y todas las problemáticas que se suscitan en Paraíso: fe, la cuestión que se trata de desarrollar en esta tercera parte, teniendo en cuenta las historias reales ocurridas en Austria en los últimos años (la cautividad de Natascha Kampusch y las atrocidades de Josef Fritzl), resulta tremendamente problemática. Creo que Seidl no consigue aquí desarrollar las complejas implicaciones éticas del tema. Pero sí consigue transmitir una conclusión que me parece evidente.

El “mundo Seidl” es un universo encajado con una precisión muy germánica, como unas piezas de relojería perfectamente ajustadas. Cada plano posee un significado preciso y absolutamente eficaz y práctico. Sus películas poseen una teleología determinada y poderosa. Esto se percibe en la ambientación de la trilogía. Si ya era fuerte en Amor, la primera parte de la trilogía, esto se hace evidente en Fe, la segunda, probablemente porque sucede en el país de origen del director y es un terreno mucho más familiar que la Kenia de la primera parte. A pesar de las lagunas de la última parte y de que, en mi opinión, la conclusión que se ofrece es paradójicamente contraria al título (y a lo que el propio Seidl ha afirmado en algunas entrevistas), es decir: no existe una esperanza real tampoco para Melanie, la más joven de las tres mujeres de la familia. La trilogía termina abruptamente, como cada una de las entregas parciales, mostrando a las protagonistas en el momento más bajo de todo el film, abandonadas a la soledad, fracasando estrepitosamente en la consecución de sus objetivos. Las tres protagonistas terminan en un mutis silencioso y desolador. A partir de aquí, se abre para el espectador atento toda una serie de interrogantes complejos acerca de lo que significa vivir en las sociedades occidentales y no occidentales en nuestros días.
A pesar de que la última parte de la trilogía no haya cerrado, en mi opinión, el proyecto de manera completamente satisfactoria, es imprescindible constatar que el cine de Seidl posee una originalidad conceptual (no tanto estética), y suscita unas cuestiones moralmente imprescindibles y de tanta enjundia que representa una obra de arte necesaria que, lamentablemente, solo será vista por una pequeña minoría de espectadores afortunados.

“Intento de escapada” de Miguel Ángel Hernández: huir es imposible

Intento de escapada de Miguel Ángel Hernández

Hacía tiempo que una novela no me cautivaba tanto. No suelo derrochar elogios en mis críticas si no estoy absolutamente convencido de lo que pienso y opino. Soy absolutamente libre en mis opiniones porque no tengo peajes que pagar. A ningún grupo mediático, a ninguna editorial. Dentro del grupo de nuevos narradores españoles, la propuesta de Miguel Ángel Hernández me ha parecido de las más sólidas. Se trata de una primera novela publicada en un sello independiente de calidad con una personalidad muy arraigada y una larga trayectoria que no hace falta glosar aquí: Anagrama. Intento de escapada fue presentada al último Premio Herralde de Novela. No ganó, ni fue finalista, pero el jurado recomendó su publicación. Sin desmerecer a las otras dos obras de Juan Francisco Ferré y Sara Mesa, ganador y finalista respectivamente, la novela de Hernández también hubiera merecido el premio, incluso aunque tenga algunas pequeñas lagunas que, en mi opinión, el autor mismo detecta, o anticipa de algún modo, y describe en el epílogo, aunque teniendo en cuenta los giros de la trama de esta novela, también pueden tomarse como una de las bromas y guiños del autor y quizás esté yo metiendo la pata impunemente.

Es, creo que objetivamente, muy difícil juzgar obras de arte y decidir la prioridad o precedencia de una obra sobre otra. ¿Quién puede afirmar la superioridad absoluta o relativa de Shakespeare sobre Tolstoi? ¿Quién la prioridad de Borges sobre Rulfo, de Proust sobre Joyce? No podemos, hay demasiadas variables no comparables, demasiadas preferencias del gusto no gobernables. Me desvío ligeramente de lo que realmente quería destacar: la novela de Miguel Ángel Hernández es una de las que más me han interpelado personalmente durante este año de 2013. Si no puedo afirmar su precedencia estética sobre otras también buenas que he leído, sí puedo afirmar que a nivel subjetivo su lectura ha tocado fibras muy delicadas de mi sensibilidad literaria. Ha tratado temas que me interesan desde hace mucho tiempo y, por lo tanto, me ha hablado de manera certera e íntima. Y al hacerlo bien, con el tono y la intensidad adecuados, con una estructura y un lenguaje apropiados, me ha dejado una marca indeleble.

Intento de escapada, página 38

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué? Probablemente, por el modo como Miguel Ángel Hernández reúne y combina los temas del arte contemporáneo “comprometido” y la inmigración y sus consecuencias sociales globales. Aunque el tema de la inmigración me lleva ocupando desde hace años y yo mismo estoy escribiendo sobre él, nunca podría haber escrito una novela desde la perspectiva que lo hace MAH. Sencillamente, porque no soy profesor de Arte Contemporáneo. Está claro que la experiencia académica y docente de MAH le ha proporcionado un escenario que domina para tratar el tema de la inmigración. Mi perspectiva de aproximación es completamente diferente, pero tiene un punto de encuentro sorprendente en el epicentro de la temática. Quizás sea esta coincidencia central que se consigue desde puntos de partida bastante diferentes lo que más me sorprendió y despertó mi interés por leer el libro. Otra coincidencia más de puntos de vista es el acercamiento ético y globalizador al problema de la inmigración.

Intento de escapada, página 203

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[ATENCIÓN: los siguientes párrafos contienen algunos spoilers] A pesar de las apariencias, de la omnipresencia del narrador en primera persona y protagonista Marcos y de los personajes de la profesora Helena y el artista Jacobo Montes, en mi opinión la presencia alrededor de la que gravita toda la novela es la figura de Omar, el inmigrante que se convierte en la obra de arte del artista comprometido Montes. MAH nos proporciona durante la novela bastantes motivos para pensar que el destino de Omar ha sido el más terrible, incluso que ha sido asesinado o sutilmente eliminado (pág. 38: “¿Quién es el culpable de la muerte del animal, el artista o el espectador?”), pero que el o los culpables de esa “desaparición” son muchos, que quizás seamos todos. En congruencia con las teorías de la fuga, la huida o la invisibilidad en el arte contemporáneo, la no presencia de Omar, su desaparición final sin que nunca llegue a resolverse el enigma de su ocultación, posee una lógica aplastante. La figura del inmigrante es la más prescindible de todas, la más frágil y abocada a desaparecer de todos los personajes del libro. Como se dice en un pasaje del texto (pag. 203), un inmigrante ilegal no es nadie: al no tener papeles, no existe siquiera para la policía española en caso de que fuera asesinado o “desapareciera”. El artista “mago” Jacobo Montes puede escamotearlo ante nuestras narices, en una instalación artística sin que nadie vaya a hacer nada por impedirlo. El halo sagrado de la obra de arte, una cuestión lateral de la temática que MAH también toca brevemente en la novela, impide que nadie se atreva a rasgar el velo de la obra para mirar por detrás, para establecer lo que se quiere ocultar de la violencia del arte sobre la vida. Desvelar lo que se vela, revelar lo que hace que el artista siempre se encuentre en ventaja con respecto a la vida. Pero la figura de Omar, una vida humana, desaparece a mitad de la novela y el lector nunca sabrá cuál fue su destino. Se nos dirá que su final es el mismo de todos: es decir, la muerte, pues la muerte es el destino final de todos y, como dice Montes: “Espero que todos muramos pronto y dejemos ya de ensuciar el mundo” (pág. 62), o “Pronto estaremos todos muertos y dejaremos de ensuciar el mundo” (pág. 223).

Intento de escapada, página 223

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es una constatación cierta, dura, acerada, gélida, como muchas de las afirmaciones finales de la novela, que arrojan una mirada impía sobre la vida, pero no deja de ser una afirmación ventajista, porque mientras Omar parece haber sucumbido a su “intento de escapada”, los demás habitantes del primer mundo, por lo menos, seguimos viviendo y medrando, como Jacobo Montes, que llega a vender sus obras por muchos miles de dólares y a exponerlas en los más importantes museos del planeta. O como Helena Román y Marcos, que en una boutade final (la nota que cierra el libro en la pág. 239) vuelven a aparecer unidos en el Centro Georges Pompidou de París: Helena como conservadora del museo, y Marcos como finalmente participante en la exposición de Jacobo Montes en el museo mediante la escritura de su libro. Aquello que se negaba explícitamente en el epílogo, se afirma paradójicamente a continuación: (I would prefer not to en referencia directa a Vila-Matas y, por supuesto, al Bartleby de Herman Melville, frase de todos modos ambigua ya que alude a lo que se preferiría hacer (en positivo o en negativo), pero que como demuestra la nota posterior, quizás no se pueda o no se quiera hacer, debido a las consecuencias que implicaría para el autor que quiere medrar).

Intento de escapada, página 239

He entrado bastante profundamente en algunos de los significados de esta novela, pero Intento de escapada no se agota en absoluto en este nivel de interpretación. En mi opinión, esta es la señal de que se trata de una excelente novela, ya que existen varias otras temáticas y ramificaciones que permiten diferentes lecturas e interpretaciones: la descripción del paso de la postadolescencia o primera juventud a la edad adulta; el tema del sexo, el amor y la violencia; la ausencia de sentido general de la vida y de la muerte; la cuestión de la intertextualidad y las referencias metaliterarias, teóricas o metacinematográficas que están omnipresentes en toda la novela. El texto de MAH actúa en ese sentido como un pozo de una sensibilidad exacerbada y, como señala Ricardo Menéndez Salmón, otro de mis autores contemporáneos favoritos, ofrece “ecos narrativos -Blanchot, Beckett, Bernhard- de primerísimo orden.” Baste por ahora con estas breves notas para ofrecer un primer atisbo de un texto que merece que prosigamos un diálogo más profundo con él, cuya segunda o tercera lectura permitirá descubrir aspectos a los que solo he aludido brevemente. Intento de escapada de MAH merece, paradójicamente, que permanezcamos con el texto el tiempo necesario para destilarlo mejor, que no escapemos ni huyamos mientras seguimos evitando la muerte.

 

Soñar el sueño: Martin Luther King

El reverendo Martin Luther King

Hace unos días conmemoramos el 50 aniversario del histórico discurso de Martin Luther King en la Marcha sobre Washington. Pocas veces en la historia ha conseguido un texto alcanzar una categoría tal de fecundidad y permanecer en la memoria colectiva como este. Es un discurso bastante breve que no ocupa más de 6 páginas y, sin embargo, se estudia como un modelo en las universidades americanas y de medio mundo. Pero creo que fuera de estas instituciones, pocas personas, por lo menos en España, se han detenido un minuto a leer esas 6 cuartillas en las que están condensados pensamientos básicos. Desde un punto de vista literario, sus metáforas quizás no sean las más originales ni innovadoras, pero un breve análisis revela que giran sobre una sola categoría temática: la naturaleza. Luther King habla del agua, el viento, las corrientes, el cielo y el mar para ofrecer una visión muy concreta y comprensible de los conceptos, también extremadamente simples, que pretende transmitir. Nos dice, en esencia, que está dentro de la naturaleza, la planetaria terráquea y la humana, que todos los hombres son hermanos e iguales. Y por esa simple razón, todas las leyes discriminatorias, todas las resistencias a la igualdad, toda la represión y falta de reconocimiento de los derechos de los negros (sí, porque él utiliza sin eufemismos el término racial más definitorio: “Negro”, en inglés) son antinaturales y van contra los fundamentos mismos de la naturaleza humana. En ese contexto se instala su famoso sueño, el sueño de hermandad e igualdad al que su fe le dirige. Uno podrá o no compartir su fe y su credo religiosos, pero deberá estar de acuerdo, desde la perspectiva kantiana de que todo hombre lleva en su interior el fundamento moral, en que sus palabras se acercan tanto a la verdad objetiva como es posible en este planeta habitado por estos seres humanos que somos. Y su visión de ese sueño es una visión inspiradora, que da calor al alma, que anima a vivir y seguir luchando por esos principios irrenunciables, siempre desde la perspectiva de la no violencia, pues Luther King entronca con la tradición de Ghandi y rechaza responder con violencia a la “brutalidad policial”. Luther King no huye de definiciones directas de la violencia institucional como esta, ni de descripciones de la situación de los negros en los estados del sur donde hay leyes injustas, gobernadores injustos y sociedades injustas y segregacionistas. Ese sueño es el que inspira y alimenta la esperanza.

En la España de 2013, profundamente deprimida por la crisis económica, social y política que padecemos, quisiera que la lectura del discurso de Martin Luther King nos inspirara también a contagiarnos del entusiasmo que destilaba ese discurso y la multitudinaria marcha en la que se pronunció. Ojalá pudiéramos encontrar en el fondo de nuestra mente y recrear ese estado de animo y esa pasión colectiva para luchar por lo que es justo y necesario, contra una corrupción y un cáncer político que está destruyendo los fundamentos de una democracia posible. Ahora es necesario superar este desánimo permanente que es el mayor enemigo del cambio que debe sobrevenir para que consigamos reconducir la mala tendencia de estos tiempos, que es perder derechos en vez de ganarlos, que es aumentar la opresión en vez de disminuirla, que es intensificar la violencia desde las élites económicas hacia las clases desfavorecidas en vez de reducirla. Porque se ha roto el contrato social que parecía establecido e inamovible en las sociedades occidentales, sobre todo las europeas.

Cuando leo el discurso de Luther King aquí, por ejemplo, me cura de mi marcada tendencia a desconfiar del poder de un texto, literario o no, en el mundo que habitamos. Tras todas las convulsiones del siglo XX, la ironía e incluso el cinismo contemporáneo, el descrédito profundo de las ideologías, el cansancio de y la desconfianza en las revoluciones fallidas o secuestradas, las guerras mundiales, el holocausto y los genocidios repetidos: tras todo esto el texto, cualquier texto, aparece como un inerme bebé perdido en la selva virgen del mundo. Sometido a todos los peligros, el texto parece carecer de la mínima fuerza para afirmarse e incluso sobrevivir en ese mundo, menos aún para lograr ninguna repercusión. Y sin embargo, existen textos que rodeados por algunas circunstancias favorables consiguen no solo sobrevivir, sino adquirir la fuerza de un cataclismo natural. Precisamente como Luther King soñaba.

El Lorraine Motel, donde Martin Luther King fue asesinado

Durante todo el siglo XX, el debate acerca de la fuerza real de la palabra escrita y la literatura ha pasado por muchas vicisitudes. Uno de los más arduos defensores del poder del texto y la necesidad del compromiso social fue Jean-Paul Sartre. En su autobiografía Las palabras escribe sobre su tarea de escritor:

“Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

En un hombre tan combativo como Sartre, estas palabras parecen la constatación de un fracaso, pero el discurso de Luther King nos demuestra justamente lo contrario: incluso tras su temprana muerte a manos de un fanático, sus palabras permanecen y su sueño está a punto de hacerse realidad.

Durante todo el siglo XX, el arte, sobre todo la literatura y el cine estadounidenses, reflejaron la evolución del estatus social y la imagen de los negros americanos. Desde grandes novelas como las de Chester Himes, Harper Lee, Toni Morrison, Alice Walker o Elmore Leonard. Desde films plenamente racistas como The Birth of a Nation, pasando por películas en las que los negros representaban únicamente roles de chachas o jardineros, o los primeros roles de protagonistas afroamericanos como Sidney Poitier, hasta las películas de Blaxploitation o las originales visiones de Spike Lee. He aquí una pequeña selección de algunas obras imprescindibles.

OBRAS SOBRE CUESTIONES RACIALES EN EE.UU.

Sula de Toni Morrison (1973)

Loving Her de Ann Allen Shockley (1974)

Meridian de Alice Walker (1976)

The Birth of a Nation de D.W. Griffith (adaptación de la novela The Clansman de Thomas Dixon)

Hearts in Dixie de Stepin Fetchit

Hallelujah (1929, primer film sonoro con protagonistas afroamericanos)

Gone with the Wind de Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood (basada en la novela de Margaret Mitchell)

Matar un ruiseñor de Robert Mulligan (basada en la novela de Harper Lee):

In the Heat of the Night de Norman Jewison con Sidney Poitier

Cotton Comes to Harlem de Ossie Davis (basado en la novela de Chester Himes)

Blaxploitation http://en.wikipedia.org/wiki/Blaxploitation

Jackie Brown de Quentin Tarantino con Pam Grier (adaptación de la novela Rum Punch de Elmore Leonard)

Do the Right Thing de Spike Lee

Mississippi Burning de Alan Parker

The Hurricane (Huracán Carter) de Norman Jewison

“Derrumbe” de Ricardo Menéndez Salmón: el horror, el horror…

[ESTE POST FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN MI ANTERIOR BLOG EL 29 DE OCTUBRE DE 2008]

‘Derrumbe’ de Ricardo Menéndez Salmón

Tuve la primera referencia de Ricardo Menéndez Salmón en un artículo de prensa a principios de este año y no conocía su obra hasta hace unos pocos meses. Por acumulación de lecturas pendientes, por simple adormecimiento de mis antenas receptivas, no leí en su día La ofensa, que supuso la consagración de Menéndez Salmón a nivel nacional. Como señala Rafael Conte en su reseña de Derrumbe, los comienzos de RMS, algo confinado en círculos regionales asturianos, fueron laboriosos y no era muy conocido a pesar de haber publicado ya en aquel momento media docena de libros. En junio adquirí su novela Derrumbe y tuve un breve encuentro con él en la Feria del Libro, experiencia que acabo de repetir tras su intervención en el Hay Festival de Segovia el mes pasado. Me interesó su propuesta narrativa y su actividad editorial, además de los aspectos comunes de nuestra formación y cierta preferencia por la cultura centroeuropea, concretamente alemana, lo que no significa, en ninguno de los dos casos, que seamos simplemente “germanófilos”. El verano lleno de lecturas atrasadas y el trabajo en mi propia novela han retrasado hasta ahora que dedique un merecido post a Derrumbe, cosa que hago ahora, una vez leídas ambas novelas. Cumplo con mi promesa con el mayor de los placeres, porque Derrumbe me parece una novela notable, un texto literariamente valioso y una obra de arte con vocación de pervivencia. Ya se han publicado muchas reseñas del libro en todos los suplementos culturales y también en la blogosfera, por lo que no voy a repetir lo que ya se ha comentado acerca del lenguaje cinematográfico del relato, la utilización de escenas breves que proporcionan una serie de instantáneas al lector, el uso de frases cortas y descripciones impactantes, las diferencias entre las tres partes de la novela, etc. Lo que me interesa aquí es, sobre todo, el planteamiento global de la novela, el análisis del tema que nos propone el texto, el modo en que dicho texto lo resuelve y las reflexiones a las que me ha inducido, personalmente como ser humano y también como escritor interesado en algunos temas similares, aunque también en otros bastante diferentes.

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El Mal (y el mal)

Se ha señalado en otras reseñas que el tema del libro es el Mal (en la pág. 34 el propio RMS emplea el término Mal con mayúscula haciendo referencia, en mi opinión, tanto a la categoría moral como a la ontológica. Yo añado que la novela también trata del mal, sin categoría moral sobrevenida, como aquello que está mal hecho, mal constituido, mal conformado). Más tarde analizaré con más detenimiento esta dicotomía. Pero además, la novela, dentro de su brevedad, dentro de su concentración, pretende trazar un inventario de “l’état des choses”, de la situación actual de nuestra sociedad, de nuestra civilización, en la que el Mal (y el mal) es protagonista indiscutible. Al mismo tiempo, otra gran línea temática que recorre la novela sería la investigación dubitativa acerca de la naturaleza humana, tratando de responder a la pregunta de si ese Mal es un elemento constituyente de la misma o no. La novela no emite respuestas definitivas (¿cómo podría?) pero de ella se desprende un estado anímico de profundo pesimismo que sugiere que el Mal es, efectiva y desgraciadamente, un elemento fundamental de la naturaleza humana. Por otro lado, como acabo de señalar, la novela también trata del mal con minúscula, es decir, del mundo, la sociedad, como aquello que está, definitivamente, mal hecho, o contrahecho de modo que sea capaz incluso, probablemente, de deformar lo bueno que existe dentro de los seres humanos (este interesante aspecto no se encuentra de modo evidente en Derrumbe, pero sí me parece central en La ofensa, dadas las reacciones extremas, corporeizadas y somatizadas, y el destino final de Kurt, su protagonista. Como veremos, esta característica apunta a una de las influencias literarias de RMS: Joseph Conrad). Esta investigación sobre el Mal se desarrolla no de un modo general, en forma de gran fresco humano, con muchos personajes, sino en el retrato preciso (los contornos de este retrato me recuerdan a un daguerrotipo en intenso claroscuro en blanco y negro) de unos pocos personajes: Mortenblau, Manila y Mara, de un lado, y Menezes, Valdivia y Vera, del otro. Se trata de dos triángulos complementarios formados por personajes que giran imperceptiblemente alrededor del mismo complejo de preguntas sin posible respuesta, dos hombres y una mujer, en los que los hombres constituyen teóricamente los polos del Mal y del Bien, y la mujer oscila entre ambos. En un caso, nos encontramos ante un personaje de Esposa y en el otro de Hija, lo que introduce un matiz que necesitaría un análisis más profundo. Pero el texto nos proporciona muchos ejemplos de que la asignación del Mal y del Bien puede ser, al menos, mucho menos invariable de lo que pueda parecer, ya que Manila también recibe (pág. 38 y 45), aunque en un principio sólo sea simbólicamente, rasgos malignos que anuncian el contradictorio final de la novela. Para todo ello, RMS utiliza en toda su extensión su estilo, la poderosa herramienta de su escritura, para hacer que todo el contenido temático y filosófico de sus novelas llegue hasta nosotros con toda su fuerza sismológica intacta. Esta conjunción de temática “verdadera” y gran estilo es lo que distingue a un escritor con verdadero talento como RMS.

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Pasajes de ‘Derrumbe’

El terror (y el horror)

Otro aspecto, no ya filosófico como los anteriores, sino emocional, humano en un sentido elemental, es la capacidad que posee el Mal para generar miedo, terror. Desde la cita liminar de Dostoievski: “El terror es la maldición del hombre” es obvio que el tema de la novela es, como se ha señalado ya, el Mal en sí, pero también el terror, el Mal como generador de terror, diría yo. Este aspecto tiene su expresión cabal, por ejemplo, en los personajes de Manila y Mara con respecto a Mortenblau, y del mismo Mortenblau con respecto a la figura del “león” fantasmal que le persigue y que sería la personificación del Mal primario, procedente del exterior, casi impuesto también a Mortenblau como categoría ontológica. Así, en la constelación del Mal que genera un terror ineludible en los seres humanos tenemos diferentes niveles que parecen recorrer la novela en líneas de fuerza que parten de ese Mal como un ser independiente. El terror funciona también como una estrategia narrativa en la novela, pues Mortenblau personificará más tarde el miedo que siente Manila de perder a su esposa (pág. 24) y la propia Mara siente miedo del desconocido que terminará por atraerla irresistiblemente (pág. 28 y 53-55). Como una infección, el desarrollo de la novela nos muestra cómo el Mal, con mayúsculas, va extendiéndose como una pandemia por el mundo, acrecentando su imperfección (Valdivia, Menezes y Vera, al igual que entidades que teóricamente deberían estar por encima de él, como la policía, participan así mismo del Mal en diferentes grados, pero ninguno se verá libre de su ataque certero). Es aquí donde se evidencia un punto de vista similar a otras influencias literarias que se han mencionado: Dostoievski, sugerido por el propio autor, y el Conrad de El corazón de las tinieblas (o Corazón de oscuridad, como quizás debería haberse traducido, según señala muy acertadamente Dámaso López García en su edición publicada en Valdemar). En efecto, el corazón humano, parece decirnos RMS, apoyándose en los grandes maestros, es un corazón de oscuridad, de profundas tinieblas. En él reinan, a la vez, el Mal y el horror.

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La sociedad nihilista

En Derrumbe se nos describe un mundo en el que el Mal se ha extendido y ha generado una sociedad cada vez más nihilista, en la que los únicos valores seguros son el dinero y el hiperconsumo, que han generado una civilización que ya se ha convertido en un simulacro de sí misma, en la que la realidad ha sido sustituida por un parque temático que, paradójicamente, habría conseguido ahora la categoría prevaleciente que correspondería a la idea según la teoría idealista clásica de Platón. Como ya hemos descrito, el Mal actúa como una idea platónica a la que se le otorga una categoría de realidad mayor que la de los seres y cosas malignos (véase el pasaje de las pág. 72-74 sobre el parque temático, su categoría de simulacro que, paradójicamente, está sustituyendo ya a la propia realidad; más tarde, también encontramos estas ideas en la pág. 170, aunque en su vertiente nominalista, por así decir, enfatizando el problema del lenguaje: “hoy el discurso crea la realidad” y “la realidad es la sombra de la palabra, no a la inversa”). Toda esta constelación apunta a la conclusión de que ya vivimos en el “fin de los tiempos”, envueltos en una melancolía crepuscular que puede engendrar, no obstante, exabruptos de violencia inaudita. Este parece ser el caldo de cultivo en el que surgen los Arrancadores, dirigidos por el liderazgo intelectual de Menezes, mensajero extraño de un nihilismo catastrófico. Este nihilismo, que podríamos llamar postcapitalista, aparece con fuerza en muchas obras de arte actuales. Hace un tiempo, escribí en este mismo blog [me refiería a mi anterior blog; esta entrada no está disponible todavía] que el personaje del último Joker en El caballero oscuro, interpretado por Heath Ledger, “resulta especialmente aterrador por su nihilismo, porque es un villano que avanza un paso más en la falta de sentido, en el absurdo radical, en la tendencia maníaca a la destrucción, o en lenguaje psicoanalítico, hacia la pulsión de muerte, hacia el tánatos”. Una de las formas modernas de esta figura de oscuras pulsiones autodestructivas sería el terrorista suicida, que ha sido ahora adoptado sobre todo por los islamistas. Pero tenemos la misma constelación en los cientos de personas que matan suicidándose o que matan y después se suicidan, como los maltratadores y los autores de las masacres en institutos, universidades o centros de trabajo. En puridad, esto no es nuevo, pues sus precursores son los kamikazes japoneses de la Segunda Guerra Mundial y esta clase de pulsión de muerte sin sentido ha existido siempre, pero lo que a los occidentales opulentos actuales, sobre todo no acostumbrados a ver la muerte de cerca, nos asusta es su extensión y su aparición imprevisible. Este es precisamente el germen del terror o del horror (citando ahora al Kurtz agonizante de Conrad que lanza una mirada alucinada y, al mismo tiempo, omnisciente sobre la humanidad). Aparte de esta inspiración basada en la sociedad real, la novela toma numerosas influencias y se inspira en precursores artísticos mayores. Para mí, uno de los más característicos, y que no se han mencionado, sería el personaje de Alex Delarge, creado por Stanley Kubrick y Anthony Burgess en La naranja mecánica, que anticipa la ultraviolencia gratuita y sin sentido en personajes inteligentes, depravados y cultos, como es precisamente Mortenblau, figura de esteta exquisito dentro de la mente de un asesino. Tenemos ejemplos más modernos que se han citado en otras reseñas (véase la de Vicente Luis Mora en Diario de lecturas), como el Anton Chigurh de No es país para viejos que, de forma característica, fue creado por Cormac McCarthy, uno de los herederos más ilustres de Faulkner, y después llevado al cine por los hermanos Cohen, y también el personaje de Hannibal Lecter de El silencio de los corderos de Jonathan Demme y sus secuelas. No obstante, el modelo de Kubrick me parece el precursor de todos los personajes de filiación nihilista que han surgido más tarde y que tienen poco que ver con los terroristas de inspiración nacionalista o religiosa.

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La filosofía ante el Mal

Ante este estado de cosas, ¿qué puede hacer la filosofía? En Derrumbe, RMS (de formación filosófica) se plantea este problema desde el principio, siguiendo la estela de sus obras anteriores, y su respuesta no puede ser más desconsoladora: el texto va destilando la certeza de que la filosofía ya no es capaz de proporcionar ningún consuelo al hombre inmerso en las contradicciones de la sociedad hipercapitalista y tecnológica actual. Es más, creo que todo en la obra de RMS parece indicar que tampoco nos ofrece ya ninguna explicación realmente válida de la voluntad humana de hacer el Mal y de la omnipresencia de la violencia y el mal en el mundo. Además, en estrecha relación con esta función de la filosofía, RMS incide poderosamente en otro tema filosófico muy debatido en el oscuro siglo XX: ¿Puede la filosofía, la cultura, es decir la educación, mejorar el espíritu humano y reducir la violencia? Las respuestas y experiencias del siglo XX parecen ir en contra de esta posibilidad: el siglo de dos Guerras Mundiales terribles, con el nazismo, el Holocausto, el Gulag, los genocidios en Ruanda y Bosnia ha desembocado en un principio de siglo XXI sin valores claros ni un objetivo de progreso cierto hacia el que dirigirnos más allá de la pura dialéctica interna de la tecnología (esta línea ideológica parece sugerirla el propio RMS en diversos artículos, como el dedicado a “Vientos amargos” que comenté en mi anterior blog). RMS parece dar la razón en su obra a la visión pesimista de Horkheimer y Adorno en Dialéctica de la ilustración. La razón ilustrada, pervertida por las relaciones de poder y su destrucción de la diferencia creativa ha creado definitivamente su contrario, generando la barbarie paradójica del nazismo. Es característico que aquella teoría surgiera inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, pero también resulta sorprendente que su pesimismo pueda aplicarse sin apenas cambios al principio del nuevo milenio. Erigidos sobre las cenizas y ante las evidencias de que un pueblo tan culto como el alemán había podido generar dentro de sí la barbarie increíble del nazismo, Horkheimer y Adorno no podían sino constatar que los ideales de la Ilustración no se habían cumplido: la educación no bastaba para erradicar el mal, es más, la exquisita educación, la inteligencia superior sólo servían para agravar la barbarie y hacerla más sofisticada hasta extremos hasta entonces desconocidos. RMS nos ofrece abundantes referencias a esta inutilidad de la filosofía y la educación para alejar a los seres humanos del Mal ontológico. Su mención (pág. 77-78) de La condición humana, como lectura emblemática de los Arrancadores, parece apuntar así más a Hannah Arendt y a su teoría acerca de la “banalidad del mal” que tan brillantemente desarrolló en Eichmann en Jerusalén. Mortenblau también ejerce el mal banalmente, enlazándolo sin solución de continuidad con actos tan naturales como comer, fornicar o defecar. Así, el ejemplo vivo de la inutilidad de la filosofía y la cultura para evitar el mal es el mismo Mortenblau, que lee a Montaigne, Huysmans y Kafka (pág. 45-46) sin poder evitar la victoria final de sus impulsos asesinos. En el otro polo, Manila cree, con la misma resignación y reconocimiento de su derrota, en la Ilustración, Kant, Rousseau, Hubble, en los avances tecnológicos (pág. 47-48) y en Hobbes (“El día que vine al mundo, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo”, pág. 43). Ante la inutilidad de la filosofía y la cultura, la conclusión no puede ser más sombría.

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La destrucción de la civilización

Por esta razón, todo apunta al derrumbe que anuncia su título y parece vaticinar la decadencia, la destrucción colosal y estrepitosa de una civilización entera, pero no ya por la inconsistencia o incapacidad de sus instituciones y sistemas políticos o económicos (de rabiosa actualidad en estos momentos y que se demuestra por el desencanto ante la verdadera capacidad de las democracias modernas), sino esencialmente porque el ser humano, de modo intrínseco, es incapaz de construir nada mejor, es malo por naturaleza, tiene el Mal incardinado como un demonio en su carne, de ahí su cita liminar. En la segunda parte, al describir el atentado megalómano de los Arrancadores a Corporama, RMS da rienda suelta a esa visión catastrófica de un fin del mundo posible, provocado por el Mal omnipresente y por su capacidad para haber generado una realidad que es una ilusión, un simulacro de sí misma.

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Arte de la elipsis

Tras este análisis de contenido, no quisiera terminar mi lectura de Derrumbe sin mencionar dos principios narrativos que destacan especialmente en la estructura de la novela. El primer principio es la utilización magistral de la elipsis que se evidencia sobre todo en las últimas páginas de la primera parte (pag. 60-66). Esta estrategia permite que RMS mantenga la tensión narrativa al mismo tiempo que se concentra en los episodios centrales, eliminando todo contenido superfluo y permitiéndole narrar también con lo que no dice. Se trata de un arte que pocos escritores dominan, obsesionados quizás con tratar de decirlo todo, lo que les parece implicar la acumulación de texto. El mérito de RMS se evidencia en que dice todo lo que tiene que decir con el menor número posible de palabras, al mismo tiempo que incrementa el efecto de las palabras que sí dice en el lector. RMS es un autor de aliento clásico en su estilo, pero que utiliza con habilidad el fragmento característico de las narrativas mutantes postmodernas. Creo que no se trata de ninguna contradicción, ya que el uso de fragmentos resulta paradigmático en autores tan clásicos como Borges o Rulfo, por ejemplo, y también es magistral en un autor tan importante, aunque ahora algo más olvidado, como Cortázar. Resulta sorprendente que algunas reseñas pongan esta estrategia narrativa y la fragmentación de los episodios en el debe del autor. En mi opinión, como acabo de explicar, se trata de todo lo contrario y es uno de los aciertos de la primera parte de la novela.

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El final circular

Por último, el segundo rasgo estilítico destacado es el final circular, al que RMS tiene un apego especial, puesto que ya lo ha utilizado en novelas anteriores. Para mí es especialmente significativo que las mismas palabras que se han utilizado para describir el primer asesinato de Mortenblau sirvan al final para relatar su muerte a manos de Manila. Una posible interpretación sería que el Mal está tan omnipresente que el policía, representante teórico de la justicia, también se deja seducir por la violencia en sí misma como respuesta visceral y contradictoria frente al Mal. Yo creo que este sentido está implícito en cierta desesperanza de fondo que deja translucir la novela (la cultura no ofrece consuelo para el magma de pulsiones que desgarran al ser humano y a las que sucumbirá más tarde o más temprano). Pero también existe otro sentido posible que, aunque sea una contradicción en sí mismo por el uso de la violencia para reparar lo irreparable que ha cometido Mortenblau, introduzca la única solución posible a la injusticia, una especie de justicia poética en el mundo: asesinar al asesino, igual que robar al ladrón, siempre tendrá cien años de perdón. Este desenlace no es sólo un final circular que sugiere el reinicio, la circularidad del tiempo, la repetición infinita que alude a Nietzsche, sino que también implica la identificación de los dos protagonistas que cometen su primer asesinato (recordémoslo) del mismo modo y con las mismas palabras. Pero el desenlace remite de nuevo al tema del lenguaje como generador de realidad (las frases ya citadas de la pág. 170), e inversamente, al modo en que las mismas palabras pueden expresar cosas absolutamente distintas, describiendo dos hechos aparentemente idénticos, pero esencialmente diferentes e incluso antagónicos, ya que la única esperanza que parece traslucir la novela es la posibilidad de que esta última muerte sea en cierto modo la restitución del orden correcto del mundo, signo de una especie de última resurrección. Esta lectura parece refrendarla el propio autor en su comentario a la reseña que le dedicó Vicente Luis Mora en su Diario de lecturas. Con este final, RMS consigue mantener al lector preso y fascinado en el círculo de su novela. Enrique Vila-Matas expresa cabalmente la fascinación que genera en los lectores atentos la lectura de Ricardo Menéndez Salmón en un artículo que se refiere a La ofensa y Gritar: el escritor asturiano, señala, está aquejado del mal de los constructores, “el mal de los que quieren decirlo todo, el mal de los que tan alejados están de los falsos escritores.” Lo verdaderamente notable de Menéndez Salmón es que sea capaz de decir todo lo que quiere decir con tal concentración, con tal sentido de lo verdaderamente importante, con tal capacidad de síntesis.

La catástrofe climática

Hace unos días volví a ver uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción, y del cine a secas: Blade Runner de Ridley Scott. Ver esta película me proporciona un placer especial. Además de disfrutar del guion, de las imágenes, de la simbología, de las referencias a los grandes problemas y a las cuestiones abiertas sobre la existencia humana en un próximo futuro, contemplar Blade Runner con los oídos bien abiertos y ojos inocentes permite realizar un ejercicio que me gusta especialmente: cotejar grandes películas con las obras literarias que las inspiraron. La lista de films excelentes basados en grandes y, en ocasiones, no tan grandes textos literarios, es larga como la historia del siglo XX. Incluso cuando las “adaptaciones” o “recreaciones” son fallidas, el interés del análisis no decae.

En el caso de Blade Runner, la novela adaptada es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?) de Philip K. Dick.

Philip K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

La novela está tan llena de talento como el film que permitió que muchas más personas conocieran esta historia. Merece la pena conocer la vida y obra de este escritor no tan conocido en nuestro país. Muy pocas personas reparan en que el núcleo de la película de Scott está contenido en el texto y que es la imaginación del escritor, y luego guionista, la que fecunda las imágenes del cineasta. Es importante que no lo olvidemos, pero el aspecto que me importa hoy es la visión catastrofista de un planeta Tierra consumido por los propios humanos, cuya naturaleza ha sido prácticamente destruida, en la que la tecnología trata de sustituir penosamente las deficiencias de la acción humana sobre el planeta, que nos ofrecen la novela y la película. Esto es lo que contemplamos en el ambiente distópico del Los Ángeles futurista de Blade Runner (San Francisco en la novela original). Recordamos una ciudad inmensa y caótica, inmersa en la oscuridad y una lluvia permanente que inunda literalmente todas las escenas, como esta del “retiro de Zhora”.

Muchas de las obras de ciencia-ficción comparten una visión del futuro de la humanidad en la que el planeta Tierra ha sufrido una catástrofe climática o se hayan en peligro. Es el caso de El planeta de los simios, (la novela de Pierre Boulle es de 1963 y la película de Franklin Schaffner es de 1968) y, sobre todo, los films de la saga Matrix. Todas estas obras tienen en común, en mi opinión, un aspecto vital: tratan de comunicarnos una advertencia inminente acerca de la vía que no debemos tomar y por la que, por esa obstinación tan genuinamente humana, ya circulamos desde hace muchas décadas. Algunos alegan que todas estas obras reflejan miedos ancestrales de la especie, pero creo que se trata de miedos que responden a amenazas reales, en absoluto a terrores paranoicos o histéricos. La evolución de nuestro planeta, sobre todo desde los años 70 del siglo pasado, muestra una aceleración sobrecogedora de los peligros medioambientales.

Matrix: el desierto de la realidad

Desde hace ya bastantes años, tenemos datos inequívocos de la realidad del cambio climático. Pero parece que una mayoría de personas, y sobre todo los políticos (españoles y de una mayoría de países no europeos) de casi todo el espectro ideológico, son ciegos a las consecuencias de ese cambio sobre nuestras vidas, las vidas de todos los habitantes de este planeta. Actuamos como si esa amenaza, muy real y concreta, de destrucción y cataclismos venideros, fuera una ilusión de científicos catastrofistas o una imagen sacada de una de las repetidas películas de… catástrofes, por supuesto. Unas recientes columnas de Moisés Naím (La revolución más importante y ¿Abundancia energética, precariedad ambiental?, entre otras muchas voces, por supuesto) llamaban la atención sobre las consecuencias de la nueva revolución energética que ya está en marcha. No se trata de una revolución impulsada por las personas, sino por corporaciones gigantescas. Se trata, por ejemplo, del llamado fracking, método útil para extraer energía de fuentes hasta ahora no explotadas, pero malo por las muy probables consecuencias medioambientales. El resultado final de todos los cambios que ya están empezando a extenderse de manera imparable es la alteración de la tendencia perceptible desde los años 90 del siglo pasado: en vez de privilegiar las energías renovables se van a volver a favorecer las energías fósiles, como el carbón, el gas y el petróleo.

Entretanto, en muchos países que se creían a resguardo de las consecuencias del cambio climático empiezan a producirse catástrofes medioambientales a gran escala. En palabras de Moisés Naím:

“Alemania acaba de sufrir las peores inundaciones en quinientos años. Estados Unidos ha tenido la racha más devastadora de tornados jamás registrada. Brasil, Argentina, Chile y Colombia enfrentan el peor ciclo hidrológico en décadas, lo cual reduce su capacidad de producción hidroeléctrica, aumenta los precios de la electricidad y les obliga a usar combustibles más contaminantes. En muchos países los ciclos de las cosechas están cambiando y con ellos los patrones de producción agrícola. El número de refugiados y personas desplazadas debido a las catástrofes climáticas supera al provocado por guerras y conflictos políticos.”

Una vez más, se cumple el adagio de que “lo urgente no deja ver (ni actuar sobre) lo importante”. La profunda crisis económica actual es “lo urgente”, y todos los políticos y fuerzas económicas determinantes se concentran en superarla sin conceder ni un solo minuto de su tiempo al cambio climático, que es “lo importante” (o por lo menos, lo más importante). Es lo más importante, porque sus consecuencias potenciales son vitales para nuestra supervivencia en el planeta. Es así de sencillo. Un aumento de temperatura de 2 o más grados producirá lluvias torrenciales, sequías devastadoras, huracanes y tornados de potencias desconocidas hasta el presente. Y eso impedirá la vida en amplias regiones del planeta, o incluso en su totalidad. No hablamos de consecuencias normales y razonablemente previsibles, sino de catástrofes inmensas, que en último término pueden provocar desplazamientos generalizados de personas y una destrucción que impedirá en definitiva la actividad económica que se pretende favorecer a corto plazo. Es la ceguera del cortoplacismo. La concentración de la atención política en ganar elecciones contemplando únicamente las consecuencias inminentes de las decisiones gubernamentales. Pero tanto en las iniciativas para salir de la crisis como en las estrategias medioambientales necesitamos políticos que sean capaces del liderazgo necesario para tomar decisiones fundamentales. Los habitantes de la Tierra tenemos la responsabilidad de legar a nuestros hijos un planeta que siga siendo habitable. Esto es lo que nos jugamos en los próximos años.