El misterio Clarice Lispector

Aprovechando la publicación en España de dos volúmenes principales de la obra de Clarice Lispector (Cuentos reunidos y La pasión según G.H.) en la magnífica Biblioteca Lispector por su editorial de siempre, Siruela, os presento una pequeña joya y dejo plasmada la impresión, duradera e intensa, que ha causado en mí la lectura de esta autora, genial y demasiado desconocida. Una referencia en un texto de Félix Romeo me puso sobre la pista de Clarice Lispector en internet. La primera vez que escuché el extraño y sonoro nombre de Lispector fue en los últimos años de universidad, recomendada, bien curiosamente, por una profesora de literatura alemana. Desgraciadamente, no la leí en aquel momento y su nombre quedó sepultado entre las obligaciones de lectura y la falta crónica de tiempo para hacer todo lo que cada uno de nosotros se propone en la vida. Años después leí Cerca del corazón salvaje y desde entonces Clarice Lispector ha sido uno de esos autores que se conservan durante años en el recuerdo y a los que se vuelve una y otra vez para releer los pasajes de sus obras. En mi caso, solo autores como Borges, Proust, Shakespeare o Dostoievski generan una necesidad tan intensa de relectura.

Cerca del corazón salvaje de Clarice Lispector

Hasta ahora no se me había ocurrido la posibilidad de encontrar algún testimonio videográfico de ella en la red, pero ahí está: una larga entrevista en la televisión brasileña que se puede ver gratis en YouTube, una de las grandes ventajas de nuestro mundo interconectado. Hace tan sólo unos años, conseguir acceso a esta joya habría sido una tarea ímproba. Probablemente habría sido necesario viajar a Brasil e investigar en bibliotecas, hemerotecas o filmotecas para encontrarla. La importancia del documento es mayor por varias circunstancias. La conversación es en portugués, pero creo que cualquier hispanohablante puede entenderla si presta atención. Clarice Lispector nunca fue dada a las entrevistas, siempre guardó su intimidad como algo precioso. Y además, la entrevista, concedida a Junio Lerner para el programa “Panorama”, fue emitida el 1 de febrero de 1977, pocos meses antes de que muriera prematuramente de un cáncer, con tan sólo 57 años. En aquella época, un diagnóstico de cáncer, además de un tabú impronunciable, era casi una sentencia de muerte a un plazo que solía ser bastante breve. La comprensión de los mecanismos de la enfermedad era muy limitada y los tratamientos para vencerla más agresivos que la misma enfermedad. En un sentido, los tratamientos contra el cáncer siguen siendo igual de agresivos, pero la tasa de supervivencia ha mejorado mucho. Debido a la fecha de la entrevista, Lispector debía estar ya en fase terminal, por lo que cada una de sus palabras adquiere una importancia particular. La entrevista está dividida en varias partes. Cuelgo aquí sólo la primera parte, las demás aparecerán como sugerencias al terminar de verla. No soy mitómano, pero la expresión de Lispector en este documento me impresiona: posee la mirada hierática y directa de alguien acostumbrado a contemplar abismos, aunque sean solo interiores y lo parezcan menos. Es una sensación engañosa. También afecta, conociendo su belleza (impresionante en su juventud), constatar las huellas del cansancio y la enfermedad que la estaban minando, tal vez dándose cuenta de ello pero tratando de obviarlo hasta el momento final. Pero, sobre todo, lo que queda flotando poderosamente después de verla es el tono, al mismo tiempo firme e imbuido de humildad, de sus palabras.

Clarice Lispector no se consideraba una escritora profesional, a pesar de haber publicado bastantes novelas, libros de relatos e incluso libros para niños. Pero se definía como una amateur porque deseaba, ante todo, mantener la libertad de escribir o de no escribir. Esta actitud fundamental explica su relación de amor voluntario con la escritura. Para ella, escribir era una necesidad a la que, paradójicamente, podía renunciar. Pero, al mismo tiempo, en las largas épocas en las que dice no sentirse capaz de escribir, en los tiempos en los que la vida le resulta demasiado dura, siente que está muerta. Porque, desde muy pequeña, pensaba que vivía en una especie de historia interminable. Clarice reconoce que esta relación suya con la actividad de narrar es muy compleja y que no puede explicarla cabalmente. Pero tiene la conciencia nítida de que empezó a escribir desde que aprendió a leer. Más tarde, durante la adolescencia, recuerda que era muy caótica y vivía completamente fuera de la realidad. Puedo identificarme fácilmente con ese estado de conciencia. Como complemento a las palabras de Lispector, el programa que rescata la entrevista nos ofrece las declaraciones de su biógrafa, Nádia Battela Gotlib. Me quedo con su observación de que los personajes de Lispector son una cosa y a la vez la contraria. Añado que sus escritos están plenos de dicotomías amor-odio, de contradicciones tan abstrusas que acaban desembocando en síntesis imposibles o en negaciones que nos colocan ante la tesitura de volver a empezar, de sentir y reflexionar de nuevo todas las emociones para intentar desentrañar y diferenciar la verdad última de todo lo que le es accesorio. Tarea imposible, agotadora, pero necesaria. Intento de desentrañar el mundo desde la individualidad más íntima. Y también me deslumbra que, dentro de las dicotomías en las que parecía desenvolverse, Lispector siempre mantiene una extraña y particular posición como lectora de sus propias obras. Muchos escritores se desvinculan de su obra cuando ya está publicada, porque ya no les pertenece, pero Clarice parecía leer sus obras con extrañeza y en ocasiones no comprendía lo que ella misma había escrito anteriormente. En la entrevista menciona expresamente el caso de El huevo y la gallina, un cuento (perteneciente a su colección Felicidad clandestina) que seguía intrigándola poco antes de su propia muerte y del que admite abiertamente no saber en último término qué quería decir con él. Una frase suya lo resume bien:

“O bom de escrever é que nao sei o que vou escrever na proxima linha. Eu queria saber o que pretendem de mim os meus livros…”
[Lo bueno de escribir es que no sé lo que voy a escribir en la próxima línea. Quisiera saber qué pretenden de mí mis libros...]

Esta sensación de profunda extrañeza, unida a la certeza de encontrarme ante una obra excepcional, es la que también ha prevalecido siempre en mí al leerla. Es como si el lector se viera obligado a duplicar el desconcierto de la propia autora, envuelto en una escritura que lo zarandea con su no-estilo. Es quizás uno de los escritores, hombres o mujeres, que menos he podido comprender, dándose la paradoja de que la mayor lección que podamos extraer de ella es precisamente la imposibilidad de comprender, al mismo tiempo que hemos de reconocer el inmenso talento de su arte. Como muestra ínfima y pequeño homenaje, recuerdo especialmente un pasaje de Cerca del corazón salvaje que ilustra de modo ejemplar la lucha intrínseca de ideas contrapuestas o incluso contradictorias en ella:

“Recostó la cabeza en su pecho, y allí latía un corazón. Pensó: incluso así, a pesar de la muerte, algún día le dejaré. Conocía bien el pensamiento que podría llegarle, fortaleciéndola, si antes de dejarlo se conmoviera: ‘Arrojé todo lo que podría tener. No le odio, no le desprecio. ¿Por qué buscarle, aunque lo ame? No me gusto hasta el punto de que me gusten las cosas que me gustan. Amo más lo que quiero que a mí misma’. Sin embargo, sabía que la verdad podía estar igualmente en lo contrario de lo que pensaba.” (“Cerca del corazón salvaje”, traducción de Basilio Losada, ediciones Siruela).

Después de un párrafo como este, solo es posible replicar con una frase: “The rest is silence”…