Lampedusa: el lugar de la vergüenza europea

Ataúdes alineados tras la tragedia en Lampedusa

A mi padre

Se cometen millones de injusticias en el mundo, y uno no tiene tiempo de dedicarles las palabras que todas y cada una de ellas merecen. Es duro verse obligado a estar tan indignado. Es uno de los mayores males de los tiempos que vivimos. Esta necesidad de estar siempre muy cabreado con todo lo que ocurre. ¡Pero son tantas cosas…! En estas semanas han ocurrido graves sucesos, pero uno de los más dolorosos es la muerte de un número aún indeterminado (varios cientos, probablemente) de inmigrantes africanos en un naufragio frente a la tristemente célebre isla de Lampedusa. Unos pocos días después, la tragedia ha vuelto a repetirse sin que la UE haya conseguido ponerse de acuerdo en una solución para los refugiados. En este blog, que se ocupa fundamentalmente de literatura y arte, no puedo dejar pasar esta clase de sucesos sin escribir sobre ellos, porque creo que una de las misiones del intelectual y del escritor en los tiempos que corren es la necesidad de abandonar los artificios metaliterarios meramente postmodernistas y vacíos de contenido y retomar una mayor implicación en la realidad. Me refiero al artificio como disfraz de la vacuidad, no a las estrategias estéticas de construcción del relato, evidentemente. Esto puede hacerse sin recurrir a un realismo trasnochado. Ha llegado el momento de dejar de construir castillos literarios en el aire y bajar a la arena social.

En Lampedusa se ha materializado un horror que tiene que narrarse, que debe analizarse, que ha de expresarse de muchas maneras para que escape al olvido. Y para que sea posible evitarlo en el futuro, para siempre. El olvido es la condición necesaria para la repetición de los mismos errores. El desprecio de la memoria, es decir, por deducción: el menosprecio de la historia, lleva a su repetición. Hace poco, la lectura de un libro de historia: Continente salvaje de Keith Lowe, volvió a recordármelo. Europa fue hace muy poco mucho más salvaje que lo que hoy creemos los europeos que es África (subrayo la palabra “creemos”). Hace solo 70 años, los europeos soportaron una miseria mucho mayor en un continente arrasado por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, el nazismo, el estalinismo, la difícil constitución de nuevas naciones y el choque brutal de tantas etnias desplazadas. Durante años después de la guerra, la palabra venganza, como bien dice Lowe, es el término que mejor describe lo que ocurrió en Europa. Y en los siglos anteriores, Europa fue el continente de la guerra perpetua, de los antagonismos incesantes, de los choques de naciones imperialistas y el auge de los Estados-Nación. Pero los pocos años de progreso, democracia e igualdad social relativa que siguieron a esa catástrofe han sedado nuestras conciencias. La casa confortable y el coche veloz nos devoran las neuronas, reblandecen nuestra agudeza mental y destruyen las ansias de libertad y justicia. La comodidad del hogar nos ha borrado la memoria como si nos hubieran pasado papel de lija por el cerebro. Eso es precisamente lo peor, lo rápida y fácilmente que se olvida el pasado y lo aceleradamente que se dejan a un lado sus enseñanzas. El mismo progreso social de las famosas clases medias ha sido la semilla del conformismo que ha despertado el colmillo despiadado del capitalismo global. Las clases medias sedadas y engañadas han sido presa fácil para la ambición de beneficios de un capitalismo cuyo ADN es contrario a la justicia.

Y como ha demostrado Zygmunt Bauman en libros como Modernidad líquida, La sociedad individualizada, Miedo líquido o Tiempos líquidos, en esa sociedad licuada, fluida y tecnológica en la que todas las certezas se diluyen, ese capitalismo global ha creado unos “desperdicios humanos” (este es el término usado por Bauman) que ya no pueden confinarse en lugares alejados de la metrópoli. Esos desplazados, desechados, olvidados, ninguneados son los que han muerto en Lampedusa y mueren en Algeciras, en Nuevo México y en todas las fronteras que separan países ricos de países pobres. Pero la sedación y la indiferencia europeas producen estados de locura colectiva cuando se despierta inesperadamente a los individuos: las clases medias y trabajadoras empiezan a caer en el populismo cuando ven amenazados sus derechos y también echan la culpa a los “desperdicios humanos”.

En Lampedusa se ha demostrado el profundo daño a la esencia humana que representa esa indiferencia. La empatía es lo que nos hace humanos. La indiferencia es la tiña social de la ética. Los seres humanos indiferentes hacia los sufrimientos de los que son como ellos, se convierten en unos animales mucho más crueles que los que llamamos salvajes. Esa clase de indiferencia es lo más cercano a lo que describe otra frase famosa, esta vez de Hannah Arendt: la banalidad del mal. La indiferencia europea, su inacción, su incapacidad repetida e insoluble para adoptar acuerdos (el último hace solo dos días y después de la tragedia, con los cuerpos aún calientes) es la misma banalidad del mal de un Adolf Eichmann en el Holocausto: es la indiferencia que mira para otro lado cuando alguien sufre una desgracia y tiene la certeza de que esa actitud significa la condenación del otro. Es una actitud culpable, más allá de las leyes vigentes.

Hace poco publiqué un post sobre Martin Luther King. El gran luchador por los derechos civiles lo expresó de modo similar:

“Lo preocupante no es la perversidad de los malvados sino la indiferencia de los buenos.”.

La isla de Lampedusa pertenece geográficamente a África, forma parte de África, no de Europa; por eso, además de por la razón evidente de que es la posesión europea (italiana) más meridional y sirve de acceso a la ansiada Europa, por esa razón primordial recibe una avalancha continua de inmigrantes. Pero Lampedusa se ha convertido en su mayor cementerio: más de 8.000 muertos han vomitado sus aguas desde los años 90. La Historia nos enseña aún más cosas, relaciones insospechadas entre la isla de Lampedusa y personas y narraciones que cuentan una historia muy similar y que nos dan una lección inolvidable.

La isla de Lampedusa era el solar de la familia de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, un linaje aristocrático con título de príncipe, de la que el gran escritor italiano toma su apellido. Giuseppe Tomasi nació en esa familia aristocrática y escribió poco antes de su muerte El gatopardo. La novela, presentada por un escritor primerizo y tardío, aunque procediera de una familia influyente, fue publicada póstumamente, porque fue rechazada por varios editores. Este primer olvido, el rechazo del autor, le emparenta levemente con los olvidados africanos de nuestros días. Pero además está el hecho de que la novela, que habla de otro periodo convulso y bélico de la historia italiana, el Risorgimento o unificación, se ha convertido en el símbolo de una actitud política (el lampedusianismo) que define certeramente lo que ha ocurrido en toda Europa, y también particularmente en España, durante los últimos 30 años y que ha desembocado en la formidable crisis actual: hacer que todo cambie para que todo siga igual. O como se dice exactamente en la novela:

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

Efectivamente, durante unas décadas, en España y en Europa todo cambió para que al final todo permanezca inamovible y los ricos y poderosos sigan ejerciendo su dominio y los pobres y olvidados sigan estando desheredados y se conviertan en desechos. Entretanto, los desperdicios humanos son arrastrados a las costas de Lampedusa, como la basura del mar a las playas, ante la inacción de los europeos adormecidos que vegetamos comatosos en una crisis sedante e infernal. Como en la película de Luchino Visconti que convirtió en imágenes este gigantesco retrato de la decadencia, Europa se sume en una parálisis que la llevará a una caída que todavía no somos capaces de vislumbrar.

Pero todo esto que he escrito es la visión desde la orilla rica, favorecida, donde las personas aún tenemos acceso a la sanidad y la educación públicas. Cuando hacemos el tremendo esfuerzo virtual de ponernos en el lugar de los africanos, de mirar desde la otra orilla del Mediterráneo, el panorama es un gigantesco agujero negro. Medio engullidos desde ese agujero negro, los hombres, mujeres y niños africanos nos miran mientras se hunden con la desolación absoluta que no pueden olvidar los testigos de la tragedia que acaba de ocurrir.

Nada ha cambiado y no hemos aprendido nada.

“Intento de escapada” de Miguel Ángel Hernández: huir es imposible

Intento de escapada de Miguel Ángel Hernández

Hacía tiempo que una novela no me cautivaba tanto. No suelo derrochar elogios en mis críticas si no estoy absolutamente convencido de lo que pienso y opino. Soy absolutamente libre en mis opiniones porque no tengo peajes que pagar. A ningún grupo mediático, a ninguna editorial. Dentro del grupo de nuevos narradores españoles, la propuesta de Miguel Ángel Hernández me ha parecido de las más sólidas. Se trata de una primera novela publicada en un sello independiente de calidad con una personalidad muy arraigada y una larga trayectoria que no hace falta glosar aquí: Anagrama. Intento de escapada fue presentada al último Premio Herralde de Novela. No ganó, ni fue finalista, pero el jurado recomendó su publicación. Sin desmerecer a las otras dos obras de Juan Francisco Ferré y Sara Mesa, ganador y finalista respectivamente, la novela de Hernández también hubiera merecido el premio, incluso aunque tenga algunas pequeñas lagunas que, en mi opinión, el autor mismo detecta, o anticipa de algún modo, y describe en el epílogo, aunque teniendo en cuenta los giros de la trama de esta novela, también pueden tomarse como una de las bromas y guiños del autor y quizás esté yo metiendo la pata impunemente.

Es, creo que objetivamente, muy difícil juzgar obras de arte y decidir la prioridad o precedencia de una obra sobre otra. ¿Quién puede afirmar la superioridad absoluta o relativa de Shakespeare sobre Tolstoi? ¿Quién la prioridad de Borges sobre Rulfo, de Proust sobre Joyce? No podemos, hay demasiadas variables no comparables, demasiadas preferencias del gusto no gobernables. Me desvío ligeramente de lo que realmente quería destacar: la novela de Miguel Ángel Hernández es una de las que más me han interpelado personalmente durante este año de 2013. Si no puedo afirmar su precedencia estética sobre otras también buenas que he leído, sí puedo afirmar que a nivel subjetivo su lectura ha tocado fibras muy delicadas de mi sensibilidad literaria. Ha tratado temas que me interesan desde hace mucho tiempo y, por lo tanto, me ha hablado de manera certera e íntima. Y al hacerlo bien, con el tono y la intensidad adecuados, con una estructura y un lenguaje apropiados, me ha dejado una marca indeleble.

Intento de escapada, página 38

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Por qué? Probablemente, por el modo como Miguel Ángel Hernández reúne y combina los temas del arte contemporáneo “comprometido” y la inmigración y sus consecuencias sociales globales. Aunque el tema de la inmigración me lleva ocupando desde hace años y yo mismo estoy escribiendo sobre él, nunca podría haber escrito una novela desde la perspectiva que lo hace MAH. Sencillamente, porque no soy profesor de Arte Contemporáneo. Está claro que la experiencia académica y docente de MAH le ha proporcionado un escenario que domina para tratar el tema de la inmigración. Mi perspectiva de aproximación es completamente diferente, pero tiene un punto de encuentro sorprendente en el epicentro de la temática. Quizás sea esta coincidencia central que se consigue desde puntos de partida bastante diferentes lo que más me sorprendió y despertó mi interés por leer el libro. Otra coincidencia más de puntos de vista es el acercamiento ético y globalizador al problema de la inmigración.

Intento de escapada, página 203

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[ATENCIÓN: los siguientes párrafos contienen algunos spoilers] A pesar de las apariencias, de la omnipresencia del narrador en primera persona y protagonista Marcos y de los personajes de la profesora Helena y el artista Jacobo Montes, en mi opinión la presencia alrededor de la que gravita toda la novela es la figura de Omar, el inmigrante que se convierte en la obra de arte del artista comprometido Montes. MAH nos proporciona durante la novela bastantes motivos para pensar que el destino de Omar ha sido el más terrible, incluso que ha sido asesinado o sutilmente eliminado (pág. 38: “¿Quién es el culpable de la muerte del animal, el artista o el espectador?”), pero que el o los culpables de esa “desaparición” son muchos, que quizás seamos todos. En congruencia con las teorías de la fuga, la huida o la invisibilidad en el arte contemporáneo, la no presencia de Omar, su desaparición final sin que nunca llegue a resolverse el enigma de su ocultación, posee una lógica aplastante. La figura del inmigrante es la más prescindible de todas, la más frágil y abocada a desaparecer de todos los personajes del libro. Como se dice en un pasaje del texto (pag. 203), un inmigrante ilegal no es nadie: al no tener papeles, no existe siquiera para la policía española en caso de que fuera asesinado o “desapareciera”. El artista “mago” Jacobo Montes puede escamotearlo ante nuestras narices, en una instalación artística sin que nadie vaya a hacer nada por impedirlo. El halo sagrado de la obra de arte, una cuestión lateral de la temática que MAH también toca brevemente en la novela, impide que nadie se atreva a rasgar el velo de la obra para mirar por detrás, para establecer lo que se quiere ocultar de la violencia del arte sobre la vida. Desvelar lo que se vela, revelar lo que hace que el artista siempre se encuentre en ventaja con respecto a la vida. Pero la figura de Omar, una vida humana, desaparece a mitad de la novela y el lector nunca sabrá cuál fue su destino. Se nos dirá que su final es el mismo de todos: es decir, la muerte, pues la muerte es el destino final de todos y, como dice Montes: “Espero que todos muramos pronto y dejemos ya de ensuciar el mundo” (pág. 62), o “Pronto estaremos todos muertos y dejaremos de ensuciar el mundo” (pág. 223).

Intento de escapada, página 223

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es una constatación cierta, dura, acerada, gélida, como muchas de las afirmaciones finales de la novela, que arrojan una mirada impía sobre la vida, pero no deja de ser una afirmación ventajista, porque mientras Omar parece haber sucumbido a su “intento de escapada”, los demás habitantes del primer mundo, por lo menos, seguimos viviendo y medrando, como Jacobo Montes, que llega a vender sus obras por muchos miles de dólares y a exponerlas en los más importantes museos del planeta. O como Helena Román y Marcos, que en una boutade final (la nota que cierra el libro en la pág. 239) vuelven a aparecer unidos en el Centro Georges Pompidou de París: Helena como conservadora del museo, y Marcos como finalmente participante en la exposición de Jacobo Montes en el museo mediante la escritura de su libro. Aquello que se negaba explícitamente en el epílogo, se afirma paradójicamente a continuación: (I would prefer not to en referencia directa a Vila-Matas y, por supuesto, al Bartleby de Herman Melville, frase de todos modos ambigua ya que alude a lo que se preferiría hacer (en positivo o en negativo), pero que como demuestra la nota posterior, quizás no se pueda o no se quiera hacer, debido a las consecuencias que implicaría para el autor que quiere medrar).

Intento de escapada, página 239

He entrado bastante profundamente en algunos de los significados de esta novela, pero Intento de escapada no se agota en absoluto en este nivel de interpretación. En mi opinión, esta es la señal de que se trata de una excelente novela, ya que existen varias otras temáticas y ramificaciones que permiten diferentes lecturas e interpretaciones: la descripción del paso de la postadolescencia o primera juventud a la edad adulta; el tema del sexo, el amor y la violencia; la ausencia de sentido general de la vida y de la muerte; la cuestión de la intertextualidad y las referencias metaliterarias, teóricas o metacinematográficas que están omnipresentes en toda la novela. El texto de MAH actúa en ese sentido como un pozo de una sensibilidad exacerbada y, como señala Ricardo Menéndez Salmón, otro de mis autores contemporáneos favoritos, ofrece “ecos narrativos -Blanchot, Beckett, Bernhard- de primerísimo orden.” Baste por ahora con estas breves notas para ofrecer un primer atisbo de un texto que merece que prosigamos un diálogo más profundo con él, cuya segunda o tercera lectura permitirá descubrir aspectos a los que solo he aludido brevemente. Intento de escapada de MAH merece, paradójicamente, que permanezcamos con el texto el tiempo necesario para destilarlo mejor, que no escapemos ni huyamos mientras seguimos evitando la muerte.