Kennedy-Camus: dos hombres en la tormenta

En este mes de noviembre celebramos dos aniversarios contrapuestos: el aniversario del asesinato de John F. Kennedy (el día 22) y el aniversario del nacimiento de Albert Camus (el día 7). Un deceso y un nacimiento de dos hombres que, a simple vista, parecen tener poco en común. Kennedy nació en una familia opulenta, hijo de un banquero y político, el patriarca Joseph Kennedy, que educó a todos sus hijos varones para convertirse en presidentes de los Estados Unidos. Camus, por su parte, nació de una madre analfabeta en la Argelia ocupada, dentro de una familia muy pobre, huérfano de padre casi desde su nacimiento. Mientras John Kennedy creció en una familia amplia con muchos tíos y primos y gran cantidad de relaciones sociales que le permitió acceder a las mejores universidades y viajar por el mundo, Camus tuvo una infancia limitada por la pobreza y la imposibilidad de acceder a estudios superiores. Su escuela fue el fútbol, la militancia política y la amistad con escritores ya famosos. Sin embargo, ambos eran descendientes de emigrantes. Toda la familia Kennedy era de origen irlandés y Camus es hijo de franceses y españoles en la Argelia ocupada. En Francia era un extranjero y en Argelia, en ocasiones, un traidor.

Albert Camus (hoyesarte.com)

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero estos dos hombres atravesaron los acontecimientos más importantes del siglo XX y pertenecieron a la misma generación. Camus nació en 1913, mientras que Kennedy vino al mundo en 1917 y ambos murieron violentamente a la misma edad: 46 años. Otra nueva coincidencia en dos vidas tan aparentemente diferentes. Ambos vivieron durante el mismo periodo crucial de la historia, en el que actuaron desde dos países muy importantes para los acontecimientos de la época, y su talante posee también algunos paralelismos sorprendentes que los acercan. Ambos fueron hombres comprometidos con cierto ideal que podríamos llamar humanismo, por encima de las ideologías dominantes en su tiempo. Odio las mitificaciones y las adoraciones gratuitas, pero tanto Kennedy como Camus poseen características de visión intelectual y personalidad que los convierten en hombres absolutamente destacados y admirables en muchos sentidos.

John F. Kennedy

Después de haber leído y visto bastantes documentos acerca de la presidencia de Kennedy, tengo la impresión, cada día más fuerte, de que su asesinato, junto con los de Martin Luther King (al que ya le he dedicado un post aquí) y su hermano Robert en 1968, supuso el punto de inflexión que marcó la defunción de una verdadera democracia en Estados Unidos y, por extensión, en todo el mundo. Sin mitificar sus logros y sin olvidar sus errores (como el desembarco en Cuba), la serenidad y la claridad de pensamiento que Kennedy demostró, al resistir las fortísimas presiones del complejo militar-industrial para entrar en guerra con la Unión Soviética, merecen la admiración de las generaciones que ahora vivimos y que, tal vez, hubiéramos muerto pocos años después del final de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de las tensiones de la Guerra Fría, el mantenimiento de la paz a toda costa y la protección de los derechos civiles y humanos que promovió Kennedy desde la Casa Blanca le marca como uno de los estadistas más destacados de todos los tiempos. Esa actitud enraizada en convicciones morales le granjeó la enemistad de un sinnúmero de fuerzas malignas y poderosas. Esas fuerzas no son de origen demoníaco, se trata sencillamente de entidades como la mafia, los sindicatos corruptos de la época, los magnates petrolíferos, la CIA, el FBI, el castrismo o los mismos dirigentes soviéticos. El hecho de que 50 años después aún sea imposible saber quién apretó el gatillo (y quién lo ordenó) añade aún más carisma a su figura y demuestra que se trató de una oscura conspiración, una conjura que consiguió torcer el curso de la historia.

Albert Camus no tuvo ningún poder directo en las decisiones gubernamentales de su país ni de Estados Unidos, por supuesto. Pero su figura se agranda a partir de su actividad política (por poco tiempo en el Partido Comunista francés y después como miembro de la Resistencia) y, sobre todo, periodística y literaria. El hecho de que su primera novela “El extranjero” (que también debería traducirse como “El extraño” o “El outsider”) sea uno de los libros más leídos por todos los jóvenes del mundo, o que ensayos como “El hombre rebelde” sigan aún casi extrañamente vigentes (como si se hubieran escrito ayer), demuestra el poder del pensamiento libre y su capacidad para mover espíritus en un sentido profundamente humano. Mientras que Kennedy pudo actuar directamente en política a partir de su formación académica, Camus influyó a través de la difusión periodística y literaria de conceptos básicos acerca del lugar de los seres humanos en el mundo, sobre el absurdo de la condición humana y la posibilidad de construir un mundo mejor y alcanzar la felicidad. Como amigo y adversario de Sartre, la importancia de Camus va ganando fuerza cuando comparamos las opiniones de ambos acerca de algunos acontecimientos clave del siglo XX. Camus fue, por ejemplo, el primer intelectual en condenar sin ambages la bomba atómica sobre Hiroshima, símbolo del nacimiento del mayor peligro para la humanidad entera: la posibilidad de nuestra destrucción total. Camus nos advirtió sobre la verdadera naturaleza totalitaria del estalinismo y la política soviética en Europa del Este. Frente a los juicios basados en las ideologías, que fueron uno de los mayores déficits del siglo XX, Camus siempre afirmó la primacía del ser humano como tal. En nuestra época de crisis brutal y ataques constantes a los fundamentos democráticos que convirtieron a Europa y Estados Unidos, durante un breve periodo, en sociedades más admirables e imitables que las demás, el legado de Camus sigue siendo un faro en medio de la tormenta.

En estas últimas semanas he visto decenas de veces la breve filmación tomada por el aficionado Zapruder que muestra el brutal asesinato de John Kennedy, hasta el fatídico fotograma número 313 en el que su cerebro estalla ante su esposa aterrorizada; he visto varios documentales en los que aparece en numerosas reuniones familiares desde su adolescencia hasta su edad adulta y le he escuchado hablar en ruedas de prensa originales de la época respondiendo por sus decisiones en la crisis de los misiles de Cuba, sobre la guerra de Vietnam o el problema de Berlín Occidental. De Albert Camus existen, sin embargo, muchas menos imágenes y testimonios orales, y ninguna imagen del accidente de automóvil que le costó la vida (solo de su coche destrozado). Pero a pesar de las grandes diferencias, a pesar de la parquedad de las imágenes de Camus frente a la abundancia casi lujuriosa de filmaciones de Kennedy, sus vidas fueron existencias paralelas de dos hombres que actuaron y dejaron una huella imborrable en su tiempo. Dos seres humanos inmersos en la misma vorágine que supieron navegar a su través para dejarnos un legado indeleble. Precisamente ahora necesitamos líderes, hombres y mujeres, que puedan tener esa misma visión, aumentada por la experiencia y la comprensión profunda de la historia, que nos guíen a buen puerto a través de una tormenta igualmente oscura y, quizás, aún más decisiva.

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Aquí he recopilado algunos testimonios interesantes que nos acercan sus figuras y algunas de las frases más conocidas de ambos:

John F. Kennedy

John Kennedy

Programación especial de TVE en el 50 aniversario del asesinato

Algunas citas escogidas

“Los que hacen imposible una revolución pacífica, harán inevitable una revolución violenta.”

“La educación es la clave del futuro. La clave del destino del hombre y de su posibilidad de actuar en un mundo mejor.”

“Debe ser posible, a corto plazo, que todo estadounidense pueda disfrutar de los privilegios de ser estadounidense sin importar su raza o color. A corto plazo, todo estadounidense debe tener el derecho de ser tratado como le gustaría ser tratado, como a uno le gustaría que trataran a sus hijos.”

Albert Camus

Frases famosas de Albert Camus

Camus en France Culture:

Camus : l’Histoire au Présent (1)

Camus : l’Histoire au Présent (2)

Algunas citas escogidas

“Amo demasiado a mi país para ser nacionalista.”

“Cada vez que un hombre en el mundo es encadenado, nosotros estamos encadenados a él. La libertad debe ser para todos o para nadie.”

“Cualquier hombre, a la vuelta de cualquier esquina, puede experimentar la sensación del absurdo, porque todo es absurdo.”

“Hay una ambición que deberían tener todos los escritores: ser testigos y gritar cada vez que se pueda y en la medida de nuestro talento, por quienes se hallan en servidumbre”

“La libertad no es nada más que una oportunidad para ser mejor.”

“La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.”

“Me rebelo, luego somos” (El hombre rebelde)

“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”

“No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar.”

Soñar el sueño: Martin Luther King

El reverendo Martin Luther King

Hace unos días conmemoramos el 50 aniversario del histórico discurso de Martin Luther King en la Marcha sobre Washington. Pocas veces en la historia ha conseguido un texto alcanzar una categoría tal de fecundidad y permanecer en la memoria colectiva como este. Es un discurso bastante breve que no ocupa más de 6 páginas y, sin embargo, se estudia como un modelo en las universidades americanas y de medio mundo. Pero creo que fuera de estas instituciones, pocas personas, por lo menos en España, se han detenido un minuto a leer esas 6 cuartillas en las que están condensados pensamientos básicos. Desde un punto de vista literario, sus metáforas quizás no sean las más originales ni innovadoras, pero un breve análisis revela que giran sobre una sola categoría temática: la naturaleza. Luther King habla del agua, el viento, las corrientes, el cielo y el mar para ofrecer una visión muy concreta y comprensible de los conceptos, también extremadamente simples, que pretende transmitir. Nos dice, en esencia, que está dentro de la naturaleza, la planetaria terráquea y la humana, que todos los hombres son hermanos e iguales. Y por esa simple razón, todas las leyes discriminatorias, todas las resistencias a la igualdad, toda la represión y falta de reconocimiento de los derechos de los negros (sí, porque él utiliza sin eufemismos el término racial más definitorio: “Negro”, en inglés) son antinaturales y van contra los fundamentos mismos de la naturaleza humana. En ese contexto se instala su famoso sueño, el sueño de hermandad e igualdad al que su fe le dirige. Uno podrá o no compartir su fe y su credo religiosos, pero deberá estar de acuerdo, desde la perspectiva kantiana de que todo hombre lleva en su interior el fundamento moral, en que sus palabras se acercan tanto a la verdad objetiva como es posible en este planeta habitado por estos seres humanos que somos. Y su visión de ese sueño es una visión inspiradora, que da calor al alma, que anima a vivir y seguir luchando por esos principios irrenunciables, siempre desde la perspectiva de la no violencia, pues Luther King entronca con la tradición de Ghandi y rechaza responder con violencia a la “brutalidad policial”. Luther King no huye de definiciones directas de la violencia institucional como esta, ni de descripciones de la situación de los negros en los estados del sur donde hay leyes injustas, gobernadores injustos y sociedades injustas y segregacionistas. Ese sueño es el que inspira y alimenta la esperanza.

En la España de 2013, profundamente deprimida por la crisis económica, social y política que padecemos, quisiera que la lectura del discurso de Martin Luther King nos inspirara también a contagiarnos del entusiasmo que destilaba ese discurso y la multitudinaria marcha en la que se pronunció. Ojalá pudiéramos encontrar en el fondo de nuestra mente y recrear ese estado de animo y esa pasión colectiva para luchar por lo que es justo y necesario, contra una corrupción y un cáncer político que está destruyendo los fundamentos de una democracia posible. Ahora es necesario superar este desánimo permanente que es el mayor enemigo del cambio que debe sobrevenir para que consigamos reconducir la mala tendencia de estos tiempos, que es perder derechos en vez de ganarlos, que es aumentar la opresión en vez de disminuirla, que es intensificar la violencia desde las élites económicas hacia las clases desfavorecidas en vez de reducirla. Porque se ha roto el contrato social que parecía establecido e inamovible en las sociedades occidentales, sobre todo las europeas.

Cuando leo el discurso de Luther King aquí, por ejemplo, me cura de mi marcada tendencia a desconfiar del poder de un texto, literario o no, en el mundo que habitamos. Tras todas las convulsiones del siglo XX, la ironía e incluso el cinismo contemporáneo, el descrédito profundo de las ideologías, el cansancio de y la desconfianza en las revoluciones fallidas o secuestradas, las guerras mundiales, el holocausto y los genocidios repetidos: tras todo esto el texto, cualquier texto, aparece como un inerme bebé perdido en la selva virgen del mundo. Sometido a todos los peligros, el texto parece carecer de la mínima fuerza para afirmarse e incluso sobrevivir en ese mundo, menos aún para lograr ninguna repercusión. Y sin embargo, existen textos que rodeados por algunas circunstancias favorables consiguen no solo sobrevivir, sino adquirir la fuerza de un cataclismo natural. Precisamente como Luther King soñaba.

El Lorraine Motel, donde Martin Luther King fue asesinado

Durante todo el siglo XX, el debate acerca de la fuerza real de la palabra escrita y la literatura ha pasado por muchas vicisitudes. Uno de los más arduos defensores del poder del texto y la necesidad del compromiso social fue Jean-Paul Sartre. En su autobiografía Las palabras escribe sobre su tarea de escritor:

“Es mi costumbre y además es mi oficio. Durante mucho tiempo tomé la pluma como una espada; ahora conozco nuestra impotencia. No importa, hago, haré libros; hacen falta; aún así sirven. La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico”.

En un hombre tan combativo como Sartre, estas palabras parecen la constatación de un fracaso, pero el discurso de Luther King nos demuestra justamente lo contrario: incluso tras su temprana muerte a manos de un fanático, sus palabras permanecen y su sueño está a punto de hacerse realidad.

Durante todo el siglo XX, el arte, sobre todo la literatura y el cine estadounidenses, reflejaron la evolución del estatus social y la imagen de los negros americanos. Desde grandes novelas como las de Chester Himes, Harper Lee, Toni Morrison, Alice Walker o Elmore Leonard. Desde films plenamente racistas como The Birth of a Nation, pasando por películas en las que los negros representaban únicamente roles de chachas o jardineros, o los primeros roles de protagonistas afroamericanos como Sidney Poitier, hasta las películas de Blaxploitation o las originales visiones de Spike Lee. He aquí una pequeña selección de algunas obras imprescindibles.

OBRAS SOBRE CUESTIONES RACIALES EN EE.UU.

Sula de Toni Morrison (1973)

Loving Her de Ann Allen Shockley (1974)

Meridian de Alice Walker (1976)

The Birth of a Nation de D.W. Griffith (adaptación de la novela The Clansman de Thomas Dixon)

Hearts in Dixie de Stepin Fetchit

Hallelujah (1929, primer film sonoro con protagonistas afroamericanos)

Gone with the Wind de Victor Fleming, George Cukor y Sam Wood (basada en la novela de Margaret Mitchell)

Matar un ruiseñor de Robert Mulligan (basada en la novela de Harper Lee):

In the Heat of the Night de Norman Jewison con Sidney Poitier

Cotton Comes to Harlem de Ossie Davis (basado en la novela de Chester Himes)

Blaxploitation http://en.wikipedia.org/wiki/Blaxploitation

Jackie Brown de Quentin Tarantino con Pam Grier (adaptación de la novela Rum Punch de Elmore Leonard)

Do the Right Thing de Spike Lee

Mississippi Burning de Alan Parker

The Hurricane (Huracán Carter) de Norman Jewison