Un documental exquisito: Searching for Sugar Man

Cartel de Searching for Sugar Man (Jot Down)

 

Searching for Sugar Man es una película muy interesante. Adelanto que se trata de uno de esos documentales de nueva factura que han bebido en fuentes como Bowling for Columbine o Inside Job, entre muchas otras. Viene avalado por numerosos premios, entre los que destacan el de mejor documental en los BAFTA y los Óscar. En este caso, sin embargo, no se trata de un film de denuncia social o política, al menos de forma directa, sino de la historia real de un hombre al que se estuvo buscando durante muchos años y al que, felizmente, se encontró tarde, pero de un modo que supuso una epifanía para el encontrado y, sobre todo, para los buscadores. Su director, Malik Bendjelloul, ha conseguido trenzar una historia con dos líneas de narración opuestas y complementarias que mantienen siempre alto el suspense de la búsqueda del cantante misterioso, del artista perdido. Esta característica es la que le otorgan a este documental una factura algo extraña, a medio camino entre el documental y el film de ficción, lo que no es un aspecto negativo en absoluto.

Searching for Sugar Man es también la historia del éxito y del fracaso, pero más bien del fracaso aparente y del éxito íntimo. El ambiente y el sentimiento que predominan en el film es mostrar la importancia de las propias elecciones y de la fidelidad a ellas por encima de cualquier otra consideración. También es la historia de las inescrutables condiciones del éxito y de lo escurridizo que puede llegar a ser. También es la historia del talento que florece en las circunstancias más difíciles y que, sin embargo, no obtiene ningún reconocimiento o, al menos, no allí donde se espera. Es una reflexión sobre los recovecos del destino o, si no se cree en él, en la inescrutabilidad de la Naturaleza. Sugar Man es Rodríguez, Sixto Rodríguez, un cantautor de Detroit que publicó dos discos a principios de los años setenta que pasaron sin pena ni gloria por las radios de la época. Rodríguez casi no vendió un sólo disco en su país a pesar de que su talento resulta evidente nada más escuchar unas pocas notas y unas pocas palabras de sus letras. Todo en sus canciones aparece redondo, maduro, inusual, tiene el tono perfecto, una voz con carácter, influjo y capacidad para sugerir y evocar por encima de la superficie de cada tema. Y sin embargo, Rodríguez, olvidado en su propio país como un artista menor, o incluso como un proyecto fracasado de artista, alcanzó un gran éxito en otro país muy alejado del suyo en el que se convirtió en un icono de la lucha antiapartheid: Sudáfrica. Pero curiosamente, ese éxito permaneció desconocido para el propio artista durante casi 30 años y a pesar de todas las dificultades económicas y sociales que afrontaba en su propio país para sacar adelante a su familia, Rodríguez nunca recibió el dinero que esas ventas generaron. De manera misteriosa, aunque el film sugiere una velada acusación a uno de los antiguos productores de la mítica Motown. Fue sólo la búsqueda incansable de dos periodistas la que provocó una de esa raras epifanías de la vida real, una de esas raras ocasiones en las que puede hablarse de una realidad que al final resulta fiel a la justicia poética.


Quizás sea ese momento el que convierte a este film en una rara joya de verdad filosófica y de ejemplo vital. Porque el artista desconocido Rodríguez también resulta ser un ejemplo vital de fidelidad a sus principios y sus orígenes por encima de lo esperable en un ser humano. Un monumento al trabajo, a sus orígenes étnicos y sociales como mestizo hijo de mexicano y miembro de la clase obrera. Rodríguez resulta ser un héroe que podría haber sido trágico si no fuera por la breve epifanía de su reconocimiento tardío. Así lo afirmaban todas las historias acerca de su duro suicidio en el mismo escenario, descerrajándose un tiro en directo tras interpretar su ultima canción o prendiéndose fuego a lo bonzo en escena. Ambas muertes alimentaban una leyenda trágica que solo existía en Sudáfrica y podían ostentar el titulo de la mas trágica muerte de la historia del rock. Rodríguez podría haber sido incluso un hombre santo y un sabio de la vida cotidiana, de la vida real de los hombres más sencillos, aquellos que nunca sueñan con alcanzar el éxito. Porque Sugar Man se implicó en movimientos sociales y sindicales e incluso fue candidato a alcalde de Detroit. Durante décadas trabajó muy duramente en los trabajos de construcción más fatigosos para pagar su alquiler y sacar adelante a sus tres hijas, que ofrecen su testimonio en el film. Curiosamente, el documental deja en la oscuridad una serie de datos importantes, como el de quién fue la pareja de Rodríguez con quien tuvo nada menos que tres hijas. El film termina con el relato de la gira sudafricana de Rodríguez 30 años después de la publicación de sus discos, con ese reconocimiento tardío a su talento. En Sudáfrica, Rodríguez llena grandes salas de conciertos y es aclamado como lo que fue para los sudafricanos, sobre todo para los blancos afrikaners: un símbolo de la lucha antiapartheid, una demostración de que era posible pensar de modo diferente, más allá de los reducidísimos límites de la segregación social y la censura estricta que reinaban en la época de Willem Botha. Pero más allá del reconocimiento que merece todo artista genuino, la película termina con la constatación de la humildad de Rodríguez, que tras su gira sudafricana sigue viviendo en su vieja casa de Detroit después de haber repartido sus ganancias entre sus parientes y seguir sin recibir nada de las ventas de sus discos en Sudáfrica.

Como colofón, el documental ha tenido efectos secundarios beneficiosos: hace pocos días Rodríguez dio un concierto ante varios miles de personas en Barcelona. Una nueva y postrera ola de reconocimiento para un artista provocada por un buen film. Una historia redonda. Algunas reseñas del concierto han subrayado su mala afinación, su falta de voz, su actitud titubeante, la brevedad de sus conciertos. No estuve en el concierto, pero debo decir que los asistentes a estos conciertos, 40 años después de la publicación de sus discos, no pueden esperar encontrar al mismo hombre joven en posesión de todas sus facultades ni disfrutar de sus temas como si el tiempo no hubiera limado casi todas las aristas del hombre. Rodríguez ha sido, palmariamente, un hombre duramente castigado por la vida, molido poco a poco por las circunstancias. Actualmente, es un anciano enfermo que debe hacer esfuerzos para caminar hasta el micrófono. En esas condiciones, nadie debería esperar un concierto en plenitud. Otra cosa es que se ofrezca ese concierto como si el tiempo y los ásperos inviernos de Detroit no hubieran realizado su labor. Pero esa responsabilidad recae sobre otras personas.

En cualquier caso, Searching for Sugar Man es uno de los documentales más interesantes que he visto en los últimos tiempos. Buen cine totalmente recomendable y un nombre, el de su director Malik Bendjelloul, a tener en cuenta en el futuro.