Nelson Mandela: un héroe de nuestro tiempo

Tengo gran cantidad de temas sobre los que escribir, pero en estos momentos se impone dedicar unas pocas palabras a un hombre excepcional.

Nelson Mandela joven (Foto: Correo del Orinoco)

Cuando hace solo un par de días que ha muerto Nelson Mandela a los 95 años de edad (como ya se ha señalado en muchos artículos, una edad absolutamente inusual para un luchador por la libertad), ha habido tantos testimonios sobre su trayectoria y su legado, sobre una trayectoria vital tan amplia y rica (que incluye varios hitos capitales de la historia mundial del siglo XX), que resulta difícil destacar un momento en particular entre todos ellos. Tampoco habría por qué, pero siento cierta necesidad, absolutamente subjetiva, de hacerlo para encontrar una clave que le defina y fije su figura. En mi opinión, quizás el momento en el que quedó reflejada la calidad humana de Mandela de un modo más imborrable fue un instante de tremenda dificultad personal en el que expresó los ideales fundamentales que le inspiraban y señaló el camino a seguir para él mismo y para todos los sudafricanos negros oprimidos por el brutal régimen del apartheid. Ese primer momento estelar en la biografía del gran Madiba fue el alegato que pronunció el 20 de abril de 1964 ante el Tribunal Supremo de Pretoria, justo antes de ser condenado a cadena perpetua, donde explicó su visión de una futura Sudáfrica y por qué recurrió a la violencia (una violencia limitada) para combatir el racismo.

La explicación razonada de por qué el ANC recurrió al sabotaje para combatir el apartheid y su análisis de la sociedad sudafricana bajo la supremacía blanca nos revelan a un estadista en ciernes, un futuro presidente como después sería en realidad. En aquel discurso, Mandela no solo explicaba y defendía su estrategia de lucha, sino que señalaba el camino que debería seguir el país para lograr una convivencia pacífica entre las razas. Mandela recordaba lo evidente a una minoría blanca que era incapaz de ver a la mayoría negra como iguales. Recordaba que los derechos humanos habían declarado la igualdad básica de todos los seres humanos sobre la tierra, que la educación era un pilar básico del desarrollo social y económico del país, que las condiciones de vida de la mayoría negra impedían de facto disfrutar de una vida plenamente humana. Y afirmaba con rotundidad que estaba dispuesto a vivir y morir por ese ideal:

Esto, por tanto, es contra lo que lucha el ANC. Su lucha es una auténtica lucha nacional. Es una lucha de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y su propia experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.

Es curioso imaginar que esta afirmación puede confundirse con una forma de fanatismo. Estar dispuesto a condicionar toda nuestra vida y morir por un ideal ha sido una de las marcas del fanatismo del siglo XX. Sin embargo, el ideal de Mandela se nos presenta de modo tan evidente como una cumbre moral a la que todos deberíamos aspirar, que se transforma de inmediato en un imperativo ético.

Nelson Mandela en 1937 (Foto: Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El alegato de Mandela permaneció sin una respuesta acorde con su altura de miras durante mucho tiempo. Durante 27 largos años, Mandela permaneció en su celda de Robben Island reflexionando sin desfallecer para encontrar vías de solución, siendo la inspiración silenciosa de la toma de conciencia de su pueblo para lograr la victoria sobre un gobierno injusto. Tal vez uno de sus mayores logros fue no perder la esperanza de que, en esas circunstancias tan desfavorables, pudiera asistir en vida a la caída del régimen de apartheid. Solo en 1990, el entonces presidente de Sudáfrica, F.W. de Klerk, se atrevió a hacer lo que todos sus antecesores habían evitado por odio o por miedo o por ambos: liberar por fin a Mandela y comenzar negociaciones para derogar el apartheid e instaurar una verdadera democracia en Sudáfrica. Pocos años después, en 1994, Mandela sería elegido presidente y Sudáfrica comenzó una nueva etapa en su historia, una etapa aún llena de problemas y desigualdades, pero infinitamente más justa que la anterior.

Nelson Mandela es “un héroe de nuestro tiempo” en un sentido tan poco lermontoviano que yo no podía sino hacer este juego de palabras para resaltarlo aún más. Mandela fue antirromántico en el sentido original del término, Mandela fue antinihilista, Mandela poseía una esperanza ilimitada en la vida, Mandela tenía un sentimiento profundo de hermandad e identificación con las demás personas. Al contrario que Pechorin y muchos otros héroes literarios nihilistas posteriores, Mandela es un verdadero héroe de nuestro tiempo, con todas las letras, uno de los héroes, de los líderes, que necesitamos.

Para ver, leer y escuchar

Artículo de Nadine Gordimer en The New Yorker

Serie de audios sobre Nelson Mandela en la NPR

La noche temática (RTVE): Nelson Mandela, en nombre de la libertad